JORNADA DE REFLEXIÓN| ivars 2003

Jornadas de Reflexión

Sala El Ojo Atómico

(ENGLISH RESUME BELLOW)

Jornadas de reflexión es un proyecto en el que se intercalan algunas obras realizadas por entre 1998 y 2003. Utilizando la “Jornada de reflexión” del cercano 24 de mayo (día de inauguración de la exposición) el autor propone una reflexión de carácter parapolítico al margen de las circunstancias electorales. Se propone pues un ejercicio en el que las obras (dibujos sobre muro, audiovisuales, fotografía, instalaciones, esculturas, performance etc.) se reflejan de distintos modos, unas en otras, en un más allá que la suma de sus partes.

La autocrítica y la crítica social, lejos de la actualidad que nos ciega,  se aproximan en el filo discontinuo de esta exposición que adquiere carácter multidimensional como único camino viable para afrontar la complejidad del mundo que se presenta ante nuestros ojos.

Más que tratarnos con obras abiertas que permitan una mera yuxtaposición, las obras aquí reunidas (algunas presentadas anteriormente en contextos diferentes) generan radicales libres para que se favorezca su relectura y se atienda a los desarrollos eventuales y a la auto-organización que se generan en distintas circunstancias impidiendo la fijación del sentido (no su anulación, al contrario, favoreciendo su proliferación) y las explicaciones de carácter tecno-científico al uso y tan del gusto de los profesionales de la etiquetación confortable.

La intimidad y la universalidad se juegan en común en esta exposición que más allá o más acá de la privacidad y la globalización trata de encontrar algún tipo de lengua franca (no meta-narrativa sino inter-narrativa) que permita alguna alternativa a la actual lengua técnico-economicista que invade cualquier territorio humano o post-humano sin oposición alguna.

Distintos materiales atravesados por el mismo concepto y el mismo material atravesado por conceptos diversos es la aplicación de estas necesidades de bastardía, de recorrido de los intersticios, de ramificación del azar, de un arte que necesariamente ha de ocuparse de lo no dicho, de lo oculto frente a las simplificaciones de los eslóganes mediáticos que nos rodean y que sirven exclusivamente a intereses financieros.

Voluntad de fuerza contra voluntad de poder, generar alguna imagen del pensamiento que nos permita comprender que pensando como pensamos las consecuencias no son más que obviedades predecibles. Sólo la comprensión de la necesidad de una nueva manera de entender las cosas permite algún cambio; la autosatisfacción y el señalar con el dedo a los demás nos reconduce siempre por los mismos derroteros.

Jornadas de reflexión intenta ser material de paso, un material que pasa y un material por el que se pasa, uno más en este ejercicio nómada de problematizar las estructuras sedentarias y la alocada híper-movilidad coyuntural que nos acucian.

Jornadas de reflexión, trata como el asno de Buridán -que ha de decidirse entre dos caminos para poder comer-, de elegir el camino intermedio del camino intermedio (ese límite borroso e inaccesible) y al mismo tiempo comer alfalfa. No es fácil, pero quién dijo que esto lo fuera.

Jornadas de reflexión[1]

 (ENGLISH BELLOW)

En tiempos de absolutismo demencial con coartada democrática en los que simultáneamente a la globalización en ciernes se nos propone un blindaje no sólo para los carros de guerra, los coches oficiales o los contratos sino también para la ciudadanía en precario (cuando la hay), las áreas de conocimiento (cuando las hay) y la intimidad (siempre), Jornadas de reflexión trata de ser un espejo, un agujero espacio-temporal o un terreno de juego por el que transite, reaparezca o se ponga en evidencia la lucha íntima y por tanto extremadamente pública entre la voluntad de fuerza (de resistencia) y la voluntad de poder (de dominio).

 En tiempos en los que la tanatología crítica se ha convertido en el arte principal de un nuevo cinismo que malentiende el igualitarismo haciéndolo cómplice de un perverso cortar de piernas en lugar de un medio para el crecimiento de todos, Jornadas de reflexión propone más allá o más acá de la reflexión una flexión en la que el yo espectacular se retuerza y se exprima en busca de la íntima-pública sabiduría oceánica en lugar de generar islotes de certidumbres que sólo conducen al éxito.

En tiempos en los que la política es reducida a la actualidad y en los que el pragmatismo se ha convertido en una retórica muy poco práctica en manos de los dominadores del corto plazo, Jornadas de reflexión se sitúa en el torpe marco de unas elecciones para reflexionar sobre la reflexión en un juego de espejos diferido donde apenas pueden producirse tenues destellos de luz, apenas visibles en este circo mundial en el que nuestros ojos ya sólo saben acomodarse a la ceguera del más difícil todavía, a la combinación de la estupidez y los efectos especiales.

 En tiempos de libertad paradójica en los que nunca ha sido más complicado sacar los pies del tiesto, no porque el tiesto sea rígido sino por un efecto óptico que nos hace creer que no tenemos pies con los que movernos fuera de él, Jornadas de reflexión quiere trazar mapas con estelas y generar sobre todo una autorreflexión, un auto-movimiento, para nadar en la inmensidad sin tener que recurrir a las falsas boyas, a las mentiras de las cartografías al uso o al espurio mar de una piscina climatizada.

 En tiempos en los que las opciones revolucionarias y antirrevolucionarias, progresistas e involucionistas se encuentran y confunden en la simplificación mediática, Jornadas de reflexión se tensa en un ejercicio de estupefacción en el que la fe se aparta y el descreimiento se hace un hueco en algún lugar donde la primera condición para cualquier cambio creíble es la revolución de uno contra sí mismo y donde la figura del inadaptado pueda considerarse como uno de los modos del pensar y no como la de un ser con voluntad de marginación y resentimiento. ¿Quién puede adaptarse a esto?        

MITIN-ANTI-MITIN[1]

Me propongo reflexionar sobre un cualquiera al que más que la reflexión le interesa la flexión. Ese cualquiera es “yo”. El yo es fruto de un programa socio-económico-cultural-histórico, es decir de un programa de conservación; un producto en conserva tanto como el Estado o la Banca, así que para hablar de ese yo quiero hacerlo desde ese “mí”, que no es “yo”, como nos dice Agustín García Calvo. Y me gustaría llegar a ese ti que está en ti, a esa intimidad que está en cada uno. Así que, el que va a hablar es “mí” y lo va a hacer del “yo”. Pero, que no haya confusiones, este “mí” es cualquiera, sólo que es el que tengo a mano, y este “yo” también es cualquiera, un producto que arrastramos y del que no sabemos desembarazarnos o al menos convivir con él. Pero a ese “yo” le voy a hablar como si no fuese mío, es decir con la distancia a la que se habla de lo ajeno, tan ajeno como a veces se encuentra uno a sí mismo. Y aunque por momentos parezca que hablo de otros, no ceso de hablar de ese yo bastante común al que quiero señalar con el dedo. Así que, el “mí” le va a dar un mitin al “yo”. Y por testigos, y quién sabe si cómplices, quisiera tener al par de ellos que hay en cada uno de nosotros.

 (Artistas sin fronteras)

Adivina adivinanza. La hora de los halagos parece haber terminado y empezamos a caer en la cuenta de que no lo hacemos tan bien como creíamos.

 Meemos culpas y salpiquemos. Después de la última profecía: la era posmediática (aún no habíamos terminado de ser posmodernos y mediáticos cuando ya estamos en otro asunto), no podemos seguir escuchando las alabanzas de los artistas/flautistas de Hamelin que encandilan, no a las masas sino -lo que es peor-, a aquellos pensadores que, en lugar de crear conceptos e identificar valores (si no universales, al menos endo-consistentes o mínimamente complejos), pagan franquicia por las ideas de otros para establecerse en las boutiques de moda proponiendo valores virtuales de temporada. Las tendencias e hiper-especializaciones, los blindajes, nos rodean y es difícil escapar de ellos -incluso inadvertidamente se cuelan en nuestras mentes adormeciendo cualquier posibilidad de vigilia y pretendiendo tomar el mando como en una especie de cumplimiento de la división del trabajo-: ciberarte, arte activista, post-apropiacionismo y simulacro, arte del cuerpo, arte de la identidad o de la otredad, arte del género y del trans-género, arte frívolo, arte doméstico, arte de lo cotidiano, arte de club, arte mestizo, net art, arte filosófico o metafísico o místico, meta-arte, arte relacional, arte de… El mayor logro del Sistema: divide y vencerás.

 La flauta de la que aquí me ocupo, no creo que me vuelva a ocupar de otras, (es cansado y de muestra bien vale un botón) esta flauta, digo, una de las que ahora suena más fuerte, es un eje alrededor del cual gira el monopolio multinacional de la simplificación amplificada de la siguiente cantinela:

todo pensamiento artístico hoy día o es político-social-denunciante-metairónico-festivo o no es artístico o no es pensamiento o no es actual.

 No nos dejan alternativa a esta disyuntiva ni nos permiten abrir algún resquicio a la complejidad capaz de relativizar el aparatoso apellido de este arte. Cuando el apellido puede con el nombre se produce un cisma, pero el ecumenismo mediático aún nos mantendrá unidos mucho tiempo, cosidos en los lomos de las publicaciones o en los salpicados de píxeles.

Cada vez, en fin, que uno de estos flautistas señala con su flauta el trayecto de los culpables y el territorio de la inocencia  (culpables son todos aquellos que utilizan lo obvio como medio y no como fin, inocentes los que desbrozan de complejidades el camino a golpe de machetazo radical), cada vez que el flautista señala con su flauta, digo, no persigue sino hacernos la vida más fácil aclarándonos, en pos del bien común, dónde están y quiénes son los malos de esta fábula-mundo. Estos bandoleros que se echan encima de los malvados con sus alforjas llenas de consignas, suelen cabalgar a lomos de mulas ciegas que les encaraman a lo más alto para desde allí dictar las normas (siempre, por supuesto, que estas normas no parezcan tales sino eslóganes seductores que el lector iniciado descubre como un acertijo y que le distinguen con el status de espectador inteligente, y concienciado). Las fronteras quedan claras -el enemigo bien identificado, siempre afuera- y se establece un apresurado paterismo intelectual hacia la tierra de los iluminados desde la que nos arengan: ¡Compañeros. Pensemos juntos, hablemos más, colaboremos! Buen rollito… y tal.

 Los autollamados operadores estéticos (algún alma sucia los llama asistentes sociales) y sus mulas de carga, no son malos chicos sino unos tontos muy listos, que es una de las cosas que se lleva.  Ya quisiéramos tener como artistas las mentes a pelo de los verdaderos asistentes y agentes sociales que realizan activismo real y no enfundados en monos de operadores estéticos de medio pelo. Y, por supuesto, nada que objetar, sin embargo -excepto que se le llame arte-, a lo que podríamos llamar inspección cultural: las denuncias reales, desde la inteligencia de sus acciones, de los tejemanejes del sistema negocio/ocio/cultura. Ya se decía que cuando todo es cultura de…(lo que sea), nada lo es; lo mismo con el arte. Así que, detrás de estos flautistas -quién sabe si delante con un silbato inaudible pero alucinógeno- las ratas económicas y ciertos profesores y críticos de arte forman una extraña comitiva a medio camino entre la procesión sacra y el carnaval. Estos bien nacidos abren paso a -y se abren paso entre- las masas por los lugares, y sobre todo los manidos no-lugares del arte, entonando sus motetes o chirigotas, según se tercie, y deleitando con sus ingenios (sus erudiciones de archivo, sus copias y sus refritos mediáticos, sin más) todos los oídos limpios urbi et orbe.  Pero los acomplejados ante la complejidad del mundo, saben que estos obispos laicos o estas reinas del carnaval en serio, lo que jamás harán será hacer vibrar su intimidad ni ponerla verdaderamente en juego con esa complejidad; su plumero no es sino para limpiar el Mundo del Capital (que capitaliza sus talentos) y por tanto no puede vérseles:  siempre afuera, siempre rojos… es un decir. Como siempre: se trata de hacerle el favor al pueblo de que te haga el favor de permitirle hacerle favores, e-t-c (e tutti contenti).

 ¿Veremos el final de estas actitudes en un futuro próximo? ¿Veremos el entierro de la sardina correctamente incorrecta o el paso del resucitado que camina sobre la miseria? ¿Veremos el día final de este carnaval y esta cuaresma?

Una cosa es profetizar la era posmediática como si estuviese a la vuelta de la esquina y otra desespectacularizar a los pobres del mundo… Los buenos/malos chicos, que nos movilizan las conciencias con el exclusivo imperio de lo obvio, no nos dejarán caer -gracias a su híper-especialización en el reporterismo de denuncia (artistas sin fronteras) – en un abandono del progresismo. Bienvenido, sin embargo, todo el trabajo documental de cientos de buenos reporteros gráficos y escritos que nos informan y nos alertan de las atrocidades cometidas en el ancho mundo sin ponerse medallas al mérito de las bellas artes y sin usufructuar la miseria de los otros. Los media se utilizan para el anuncio o la denuncia, en eso estamos, no hay más rastros que seguir por ahora ¿o sí?. Y uno ya no sabe si tirar la primera piedra o seguir poniendo la misma.

 Resulta curioso observar cómo se ha conseguido la fusión arte-vida: los políticos (y vendedores de cualquier tipo) adquieren su imagen desde el conocimiento y la creación surgidos en los terrenos artísticos y del pensamiento; su look resulta de sofisticados estudios de imagen y de psicología de la percepción o de la sociología o de la antropología… El arte, por su lado, va adquiriendo –cada vez más- la simplificación de los eslóganes mediáticos proporcionados por la publicidad y las encuestas que los políticos (y vendedores de cualquier tipo) tan bien han sabido financiar y gestionar. Qué suelen ser las revistas especializadas sino encuestas de opinión (a veces explícitamente con sus listas top) para saber por dónde van los tiros y no tener que deambular por nuestros propios vericuetos. El tiro bien fijo, como los de las mulas, ya lo decíamos antes. Eficacia del binomio arte-vida, ¿quién da más?.

 Hay contradicciones inevitables, pero no todas lo son. Bajo la gran pantalla -en etnicolor para algunos, como si la técnica del mestizaje no perteneciera ya también al terreno de lo evidente-, el manto del ecumenismo mediático que nos cubre a todos, las escaramuzas continúan y… ¡que no nos falten! Algunos pensamos que cualquier arte amparado en un apellido, está negando su función -que no es concreta-, desatendiéndola y cobijándose en el instrumentalismo (del bien común y del beneficio propio inmediatos), como la ciencia-técnica más reduccionista. No rechazamos las evidencias, las usamos, pero deberíamos pensar que hay más cosas que hacer en el mundo que estar todo el tiempo en él. (Estar todo el tiempo en el mundo nos impide verlo y alejarnos definitivamente de él nos deja sin materiales de construcción). La denostada conciencia de culpa así como la nostalgia del Todo que ahora sabemos Múltiple parece que nos reclaman de nuevo pero, más que para infligirnos un simple autocastigo o sumirnos en la esquizofrenia, lo hacen para apremiarnos a recuperar cierto estado de vigilia que nos ayude a escapar de la hipnotización del éxito canalla y del río revuelto donde los que más pescadillas cogen son los que tienen más amiguetes sujetando su red. Pero la red de complejidades es tan grande que no hay especialidad que la abarque, sólo caben aproximaciones a sus intersticios desde el pensamiento y el juego del arte transformados en construcción, pero ni uno ni otro saben de especialidades; otra cosa es que sean forzados o que se dejen manipular. Esto incluye a las ciencias y a toda actividad con verdadera potencia de creación. Y excluye el rentabilismo del interés,  fijo o variable. No nos gustan las hipotecas. Las especialidades son necesarias, pero no deben erigirse en absolutismos metodológicos.  Pues ¿qué es una hipoteca?, un trueque mediante el que te afincas y a cambio pagas. El conocimiento, es una hipoteca, te afincas en tu área y pagas con ignorancia el resto de tu vida. El conocimiento es insular, nuclear, atómico, progresivo. Y desprecia los intersticios. Sin embargo son esos intersticios los que son interesantes. La sabiduría antigua se trataba con ellos. La sabiduría es intersticial, oceánica, molecular, acumulativa. Y lo que ahora de manera rimbombante  llamamos Paradigma de Complejidad no es más que el reconocimiento de que no es suficiente el conocimiento. Necesitamos de la sabiduría, esa que se introduce en los lugares comunes porque sabe que desde allí es desde donde se tiene una vista privilegiada.

 Hacer vibrar nuestros micro-fascismos y nuestras miserias, nuestros propios intersticios, con aquellos que nos parecen ajenos, convierte la intimidad en algo público y desamparado, como un arte que quisiéramos bastardo debiera hacer para evitar que se le apellide con ciertas tonterías inteligentes: esas argucias halagadoras que sobre todo ponen a salvo a sus autores con exposiciones de beneficencia, ¿quién beneficia a quién? En estos tiempos en los que la ciencia parece haber caído en manos de la tecnología, la filosofía en las de los manuales de autoayuda y el arte en manos del negocio del ocio o de la asistencia social ¿qué más halagos nos quedan?

 Las flautas que aquí estamos tratando suelen tener -además de un agujero solo- gran repercusión en dos foros muy distintos:

  1. En aquellos países en vías de desarrollo que tan necesitados están del ánimo del primer mundo contra las tiranías locales. Operativamente estas flautas son eficaces como bonitos despertadores. ¡Gracias! Sin embargo, seguimos prefiriendo a los activistas reales; ya se decía de la Iglesia y sus campanarios… lo de predicar y dar trigo.
  2. En aquellas mentes concienciadas del primer mundo que no se atreven a pensar más allá de sus intranquilas narices -por si el fracaso se las rompe- y las tranquilizan pensando en cómo ser buenos y dar cuenta de las atrocidades que se dan allá (en todos los ordinales que no sean el de su primer mundo).

Cuando en las llamadas civilizaciones avanzadas, toda revolución deviene un kitsch de lo obvio (el estribillo de los derechos humanos con distintos arreglos musicales para exportarlos en forma de graciosas cantinelas a los desheredados de la Tierra), se agradece el silencio y la parsimonia, la contención mediática, de aquellos que sin prisas ni aspavientos realmente cambian las cosas, sencillamente, porque se ocupan de lo oculto. Parafraseando a Bachelard, no hay más arte que el de lo oculto, es decir lo no dicho; lo desvelado pertenece a otros ámbitos. Pero lo oculto, no es aquello que quedó escondido en algún lugar en algún tiempo; lo oculto es aquello que aún no está, y en crearlo… se tarda. Sin embargo, los que tienen prisa, los aceleradores de la Historia, algunos historiadores o críticos, vienen recurriendo a la muerte del arte desde hace tiempo sin advertir que lo que se les ha muerto son las plantillas, las rejillas y las reglas, es decir las herramientas metodológicas con las que se acercan a este fenómeno y no parecen dispuestos a modificar ni un milímetro sus convicciones. Y por tanto, toda anomalía que no cubra las expectativas de esta tanatología queda curiosamente herida de muerte por estos brutos.

 Una revolución hoy por hoy no consiste en señalar que el rey está desnudo (tanta credulidad puede haber en verlo desnudo como en verlo vestido), sino en ayudar a generar miradas discriminadoras e imaginativas… Decía Dewey que “la imaginación es el principal instrumento del bien, […] el arte es más moral que toda moralidad. Porque esta última es, o tiende a ser, una consagración del statu quo. […] Los profetas morales de la humanidad han sido siempre poetas aun cuando se expresaran en versos libres o en parábolas”. Hasta aquí Dewey. Sabiendo que la imaginación es también el mejor instrumento del mal (desde las torres gemelas y la publicidad subliminal a la tortura china, de la Inquisición al FMI o a la bolsa, de los paraísos fiscales al terrorismo de estado…) deberíamos considerar las palabras de Dewey y utilizar esta moralidad de la que él habla como herramienta para una ética que no puede ser sino íntima, ni siquiera privada.

 ¿Quién no es consciente de que el mercado es la represión por otros medios, de que tan reprimidos quedan con él los que viven en el mundo del consumo histérico como aquellas víctimas mayores que no tienen nada que consumir? ¿Quién no percibe esta perfecta simbiosis de miseria, psicológica y física? ¿Quién no suscribiría hoy que, si la macroeconomía es el mejor camuflaje de la guerra y la guerra el mejor camuflaje para la macroeconomía. –y las víctimas se cuentan por centenares de miles en los países subdesarrollados-, los supermillonarios son también criminales de guerra? ¿Bill Gates? ¿Quién no se da cuenta de que cada vez que miramos por la Window -yo cuando escribo esto- utilizamos un arma mortífera? De todo esto hay que hablar – más bien gritarlo-, sin duda, pero en el ágora, en la plaza pública lo más mas-mediática posible, sin correcciones ni políticas ni formales, sin poéticas, sin requerimientos de atención artística ni rendimientos vergonzantes, sin activismo pero con eficacia activa, en fin, sin interés ni autoría. Sin embargo, el arte callado y bastardo (por cierto, proponemos “callado” y “bastardo” como adjetivos, no como apellidos porque estos son pedigríes para perros o bozales críticos), el arte bastardo digo, ese que deja nuestra intimidad a la intemperie, esquiva pudorosamente la actualidad de las desgracias por anacrónica, e inevitable, y se ocupa de las actualidades posibles; entre otras, la de ver cómo conseguimos que nuestra voluntad de fuerza, de resistencia (íntima), algún día, deje de estar sometida a nuestra propia voluntad de poder (pública). Quizás somos unos sentimentales sin conciencia; o quizás, conciencias insensibles. Pero, a pesar de que muchas de nuestras narices están ya rotas (no se preocupen que la sangre es de atrezzo), todavía nos queda algo de olfato, aunque no tan bueno como el del morro de ciertos cánidos.

 El que pretenda ver en estas palabras un cierto modo de dimisión o cierto colaboracionismo con el estatu quo es que no tiene ni idea de lo que nos estamos jugando. El progresismo, la negación del involucionismo, social, laboral, político etc, necesita recargas simbólicas y teóricas que nos aseguren autoridad, sobre todo moral, contra las autoridades del neoliberalismo, pero estas recargas simbólicas y teóricas pierden toda su eficacia en el momento en que sirven de jueguecitos moralizantes de lo evidente, de la superficie, y dejan de ocuparse de los sustratos profundos del ¿por qué estamos como estamos? Colaborar en esta tarea de recarga es urgente, pero por favor que no sea a cambio de éxitos personales y legitimaciones desde el propio statu quo. Hay muchos anónimos trabajando en la recarga, seamos uno de ellos. Y en el arte ocupémonos de lo que no sabemos, que para eso estamos.

 Trstornar la realidad no consiste simplemente en hablar de la actualidad; como nos dice Deleuze hay que “afirmar y ramificar el azar”, lo demás son sólo carreras. (Kassel STOP Venecia STOP Basilea STOP Chicago STOP Johanesburgo STOP Estambul STOP Sao Paulo STOP… Terra Mítica). Si el arte tiene algo que ver, no con el futuro, sino con la profecía de lo inmanente ¿para qué nos sirven los artistas de la actualidad trascendente?

 La verdadera inteligencia -a diferencia de la simple astucia- no quiere ser truculenta, ella sabe que fue el gran truco de los dioses y procura no engañarse. Como nos dice lúcidamente Peter Sloterdijk parece una venganza de la Historia que nosotros los igualitaristas tengamos la tarea de hacer distinciones. Así que, aunque algunos lo intentamos, nunca seremos suficientemente inteligentes ni suficientemente bastardos. Y aunque lo parezca, Rojo por fuera y rojo por fuera ¿qué es? no es un acertijo, pero este texto, que no lo parece tanto, quisiera serlo. Nuestros mayores solían decirnos que no estaba bien señalar a los demás con el dedo, pero es que ahora, cuando intentábamos cerrar otra vez el puño, el corazón se nos ha quedado tieso. Veo el dedo revolverse contra mí mismo y no doy crédito… igualito igualito que los bancos.

 Adivina adivinanza. A mí me parece sólo “material de paso” así que voy a pegarme unos carteles peripatéticos del alcalde de mi ciudad, Málaga, su Concejala de Cultura y un servidor, y a tomarme unas cañas con vosotros. Gracias.

 …

ENGLISH VERSION

[THE DAYS BEFORE THE ELECTION[2]

In times of a crazy absolutism with a democratic alibi in which, simultaneously to a budding globalization, armour plating is suggested not only for tanks, official cars or contracts but also for a citizenship in dire straits (whenever there is any), the fields of knowledge (whenever there are any) and intimacy (always), The Days before the Election intends to be a mirror, a spatio-temporal hole or a playing field in which the intimate and thus exceedingly public struggle between the will of strength (to resist) and the will of power (to subdue) can travel, reappear or be put forward.

In times in which critic thanatology has become the mainstream art of a new cynicism that misunderstands egalitarianism by making it a depraved leg-cutting accomplice instead of a means for everybody’s growth, The Days before the Election proposes, further beyond reflection or more over this way, a press up in which the spectacular me will writhe and squeeze in search of the intimate-public oceanic knowledge rather than creating rocky isles of certainties that can only drive to success.

In times in which politics is reduced to present time and in which pragmatism has become a not too practical rhetoric dominated by the short-term controllers, The Days before the Election takes place in the clumsy setting of the election to reflect on the reflection in a deferred mirror game where faint glimmers of light can scarcely happen, are scarcely visible in this world circus in which our eyes can do nothing else than getting used to the blindness of what is even harder to believe, to the combination of stupidity and special effects.

In times of paradoxical freedom in which it is more complicated than ever to revolt, not because one is unable to but rather because of an optical illusion that makes us believe that we do not have the means, The Days before the Election wishes to trace maps with trails and generate a self-reflection, a self-movement, to swim in the vastness without having to resort to fake buoys, to the lies of ordinary surveys or the spurious sea of a quiet swimming pool.

In times in which the revolutionary and anti-revolutionary, progressive and regressive options meet and become confused in the media simplification, The Days before the Election is tensed in a stupefaction exercise in which faith is set aside and unbelief has a place somewhere, in a place where the first condition for any credible change is to stand against oneself, and where the role of the misfit may be considered as another way of thinking and not as that of someone with the will of exclusion and resentment. Who can get used to this?]

 

 

 

 

 

 


[1] Escrito para la acción del mismo título en el Ojo Atómico el 24 de mayo de 2003 con motivo de la Jornada de Reflexión de las elecciones municipales.

[2] The Day before the Election is called in Spain “Jornada de reflexión“ (Reflection Day)


[1] Texto utilizado como nota de prensa para la exposición Jornadas de reflexión en la sala El Ojo Atómico en mayo de 2003

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