Le dieron en el Sumial

Le dieron en el Sumial

Al abuelo Julián le dispararon y el bote de pastillas voló por los aires. Sus últimas dosis de propanolol se fragmentaron con el ¡Bang! y desaparecieron en el aire. Volvería a tener temblores y las arritmias cardíacas no le dejarían descansar. Los médicos estaban apresados en determinadas clínicas y a Julián solo le quedaba ese tarro con cincuenta y seis pastillas que había estado dosificando durante semanas. Con otros disparos le reventaron la silla de ruedas, la morfina para el colon y la dentadura postiza. Nadie reivindicó el atentado, pero el abuelo sabía quiénes eran los autores. Eran los de siempre, los había visto ponerse pieles de cordero para disimular pero nunca se había fiado de ellos; las garras y los cañones de sus pistolas siempre asomaban bajo el disfraz del que ahora ya podían prescindir. Además, unos días atrás habían atentado contra su nieto Julianito y contra su nuera. La pizarra del cole había saltado hecha añicos cuando esos desalmados dispararon contra las ventanas del colegio público. Pero no fue solo la pizarra. Los libros de texto, los lápices de colores, los ordenadores de todos los niños volaron en mil pedazos. Hasta los columpios cayeron destrozados por la metralla. A su nuera Elvira, después de que su marido Esteban se fuese a Alemania a buscar trabajo, la sorprendieron en el supermercado. Las alubias, el pan, los tomates y los cereales quedaron enterrados bajo escombros con olor a pólvora. Los asaltantes entraron en la tienda y destrozaron todos los víveres. Elvira no consiguió salvar nada de comida pero, al menos, consiguió escapar; no suelen disparar a las personas, solo a sus posibilidades. Los de siempre tienen un código: todos deben sucumbir por sus propios medios, la ruina sí es de su propiedad.

Ahora la casa de Julián está sitiada y las paredes recubiertas de balazos. Las líneas de teléfono y gas, y las conducciones de agua, fueron dinamitadas. Los vecinos se suicidan o muestran banderas de rendición, apenas aspiran ya a ser desalojados sin que el metal haya entrado en sus cuerpos. Es lo mejor para ellos, les dicen los de siempre. Irán a algún campo a redimir sus faltas, y dentro de unos años, cuando ya se hayan curado de sus vicios, podrán volver a existir en la “normalidad”. Salen todos en fila india con los dos brazos en alto, todos menos las madres de recién nacidos que solo alzan uno. Pero no Julián. Julián no sale. No él, ni tampoco Julianito ni Elvira, no lo consentirá. De pequeño vivió muchas cosas y no le alcanzó el olvido fácilmente. Julián sabe que aún tiene una opción. Él sí hizo el servicio militar, guarda recuerdos y un arma que sabe usar. Ahora, además de la falta de Sumial, existen otras razones para que le tiemblen las manos y el corazón se le acelere.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR