artículo: ¿»Nosotros»? La pregunta sin respuesta

¿Nosotros? La pregunta sin respuesta
Joaquín Ivars, profesor titular de la Universidad de Málaga y autor de El rizoma y la esponja

Este artículo trata de política, pero si nuestros dirigentes, que se mueven de manera habitual en el corto plazo, se toman paradójicamente su largo tiempo en formar gobiernos, me propongo, con el permiso de los lectores, imitar sus rodeos. Me acercaré al tema de fondo haciendo una turné por un algún paraje insospechado que prometo que más pronto que tarde nos llevará de vuelta a pensar en las actitudes y aptitudes de nuestros representantes. Es decir, voy a hacer una excursión metafórica bajo la canícula del hemisferio norte; es la manera que se me ha ocurrido de intentar desahogarme de los acontecimientos de estas últimas semanas sin que mi particular calentamiento global haga estallar los termómetros de mi entorno inmediato ni mis arterias cerebrales.
“¿Nosotros?” es de esa clase de preguntas de cierto calado que aunque no ocupe explícitamente nuestra consciencia -y por tanto no la tengamos en cuenta en nuestro día a día- no deja de acompañarnos desde que nacemos hasta que morimos; y es por eso que pertenece a esa estirpe de grandes temas que han rumiado pensadores de todo tiempo y condición para abordar esas profundas incógnitas psicológicas o filosóficas. El resto de personas, simples mortales, nos solemos formular algunas preguntas semejantes cuando nos vamos a dormir o cuando en medio de una borrachera nos ponemos intensos; si no estamos medio tajados o a punto de ser vencidos por el sueño, lo habitual es que nunca hablemos del “nosotros” en forma de pregunta. Cuando pronunciamos ese pronombre, solemos hacerlo como afirmación para referirnos a algún grupo humano que nos concierne o parece que nos define. (Claro que también es posible decir “nosotros, los seres vivos de este biotopo”, o que una pastora se refiera a ella misma y a sus ovejas como “nosotras”, o que una etóloga o un antropólogo hable de “nosotros/as” como animales o humanos de costumbres A o B…, etc.).
Pero no nos enredemos demasiado, hablamos de grupos humanos cuando entonamos el pronombre personal “nosotros” que nos reúne bajo su égida; y lo hacemos porque compartimos algún tipo de característica común. Y eso común que nos liga suele estar naturalizado hasta el punto de que ciertas especificidades las tomamos como normales o las sentimos normalizadas porque son las que configuran y dan sentido a nuestro grupo. Y entonces, lo que no es normal para nuestro grupo, o no incluimos en esa categoría, nos resulta ajeno; lo que no cumple o no se aviene a las normas del canon establecido de lo que somos se califica como anormal, anómico o anómalo, y se corresponde por tanto con lo que se sale de la norma o no concuerda con ella. Y así nos quedan enfrentados lo canónico (normalizado) con lo anómico (sin normalizar o fuera de la norma). Y de esas diferencias a la guerra de identidades “Nosotros, a muerte, frente a los otros”, no resta ni medio paso.
El calor aprieta, pero vamos con otra pregunta muy distinta antes de que se me averíe el ventilador. Charles E. Ives fue un compositor norteamericano de aquellos que forjaron la música clásica de EE.UU. y que nació en el último cuarto del siglo XIX y murió a mediados del XX. Su padre fue un inspirado e inquieto músico de banda, y la formación reglada (no musical) de su hijo tuvo lugar en la universidad de Yale. Ives consiguió beneficios económicos en el mundo de los seguros (su medio de ganarse la vida holgadamente) que le sirvieron para rodearse de un ambiente selecto; ganó el Premio Pulitzer de la música por una de sus sinfonías pero probablemente murió con un regusto amargo porque no obtuvo en su época un reconocimiento adecuado como compositor y su obra pasó un poco desapercibida por aquel entonces. Después de muerto, como ocurre en numerosas ocasiones, sus partituras fueron progresivamente rescatadas por distintos autores y directores de orquesta. En la actualidad, aunque Ives sigue sin gozar del estatus de las más afamadas carreras musicales, no es difícil encontrar sus composiciones en programaciones de diversas salas de concierto de todo el mundo.
Hablo de él, de Ives, porque me interesa destacar una obra un tanto extraordinaria por su simplicidad trascendente y por su enigmático título, The Unanswered Question (La pregunta sin responder o La pregunta sin respuesta). La composición consiste en una especie de vaivén o juego de preguntas y respuestas entre cuerdas, vientos de madera y metales produciendo una suerte de ambiente cósmico, sideral, que desencadena una fuerte sensación de soledad frente al infinito del Universo. En la mayor parte de interpretaciones que de esa obra hacen los expertos musicales y culturales, se habla de que ese diálogo entre los instrumentos, en ocasiones chirriante, abre paso a la desasosegante pregunta por el sentido de la existencia; cuestión que, efectivamente y por lo que sabemos, carece de respuesta, al menos de momento.
Si nos pusiésemos a comparar la magnitud de las dificultades que entrañan ambas preguntas, la referida al “nosotros” y la formulada por Ives, podríamos decir que la expresada por el compositor nos viene demasiado grande y nos queda demasiado lejos. Así, lo más probable es que nos decantásemos por intentar responder a la del “nosotros”. La interpelación de Ives trataríamos de postergarla “transhumanamente” hacia otra época futura más allá de la actual, el Antropoceno (una era en que nuestro planeta es modificado, y deteriorado, por la mano de nuestra sublime especie).
Pero cuando pienso en ese plural, en esa primera persona del plural del pronombre del que vengo hablando, noto que el calor no solo aprieta más, sino que empiezo a sudar pese a la leve brisa que me proporciona el artilugio que cuelga del techo de mi estudio. Cuando me pregunto qué significa y qué implica aludir al “nosotros” me vienen a la cabeza súbitamente las muy conocidas, extravagantes y geniales taxonomías de Jorge Luis Borges que forman parte de El idioma analítico de John Wiltkins, en Otras inquisiciones (1925). En ese recomendable textito de apenas dos o tres páginas, el maestro argentino incorpora una supuesta clasificación de animales que se habría encontrado un tal doctor Kuhn en una enciclopedia china. Dice Borges: “En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.”
Si nos fijamos bien, Borges con ese ejemplo y otros que aparecen en el mismo texto evoca las maneras que los humanos tenemos de clasificar las cosas que observamos, pero también el modo en que nos clasificamos a nosotros mismos. El muy imitado pero inimitable escritor establece una alocada metodología de distinción de peculiaridades, y nos sirve en bandeja un juego de parangón con nuestros políticos: (a) los que son entre 60 y 80% de izquierdas (b) los pertenecientes a una banda, o a dos (c) los más irresponsables de entre todos los responsables (d) los fieles al monarca (e) los de pelos rastafaris (f) los nacionalistas pero no demasiado (g) etcétera (h) los que insultan sin gracia (i) los que juegan a videojuegos en las sesiones parlamentarias (j) los que jamás han roto un plato pero si le permitimos tocar la vajilla nos dejan sin ella (k) las más listas de la clase (l) ninguno de los mal pagados de este país (m) los que nos cambiarán la inclinación sexual a guantazos (n) los que nunca aciertan al votar…
Prometí que después del excurso volvería al tema, pero no aseguré que me recrease demasiado en el retorno. Lo siento, el calor aprieta y me induce a querer meterme pronto en la bañera con hielo a ver si así se congelan mis instintos más despiadados. A pesar de la insalvable dificultad de la pregunta del músico Ives, creo más factible que se consiga responder antes que la otra. Después de tantos siglos de pastores de hombres y representantes de la especie humana que se empeñan en hablar de un “nosotros” al que deben cuidar, las respuestas sobre lo común, o sobre el bien común, son tan insostenibles como la clasificación que emplea Borges en su parrafito. Esta especie no tiene arreglo, no sabemos o no queremos configurar un “nosotros”. Somos seres tan estúpidos como deliberadamente crueles, y nuestros políticos simplemente simulan que es posible responder a la pregunta sobre el “nosotros”; pretenden que nos traguemos sus cuentos sin desvelarnos que no son más que relatillos y fabulillas para ir haciendo pasar la Historia.
El aturdimiento que me produce el calor sofocante y la inoperancia observada no me dejan decir mucho más. Si alguien tiene una buena respuesta a la pregunta sobre el “nosotros”, que por favor nos incluya a todos y todas y nos la comunique cuanto antes. Por el momento, y si nadie proporciona una opción razonable, los hechos acaecidos en el parlamento español en las sesiones de investidura de este tórrido verano de 2019 nos conducen a tener que eludir la pregunta y afirmar sin más dilación que, de manera definitiva, ¿“nosotros”? es una pregunta sin respuesta; sobre todo cuando restringimos sensiblemente el grupo humano que debería acordar algo importante para nuestro futuro y “nosotros” se refiere, sin más, a “nosotros los de izquierdas”, por no meterlos en el grupo (i) de los animales de Borges: “que se agitan como locos”.

 

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