“¿NOSOTR@S? O APROVECHAMOS EL SHOCK O… “

¿Nosotr@s? O aprovechamos el shock o…

Joaquín Ivars, profesor titular de la Universidad de Málaga

“¿Nosotr@s?” es de esa clase de preguntas de cierto calado que aunque no ocupe explícitamente nuestra consciencia en el día a día, no deja de acompañarnos desde que nacemos hasta que morimos; y es por eso que pertenece a esa estirpe de grandes temas que han rumiado grandes pensadores de todo tiempo y condición. El resto de personas, simples mortales, nos solemos formular algunas cuestiones semejantes cuando nos vamos a dormir o cuando en medio de una borrachera nos ponemos intensos; si no estamos medio tajados o a punto de ser vencidos por el sueño, lo habitual es que nunca hablemos de ‘nosotros’ en forma de pregunta. Cuando pronunciamos ese pronombre solemos hacerlo como afirmación para referirnos a algún grupo humano que nos concierne o que parece que nos define (raza, nación, equipo de fútbol, etc.). Aunque también es posible decir “nosotros, los seres vivos de este biotopo”, o que una etóloga o un antropólogo hable de “nosotros/as” como animales o humanos de costumbres A o B…, o que incluso desde el universalismo de la Ilustración se hablase de “nosotros los seres humanos” (algo que luego ha caído en desgracia porque quienes enunciaban ese ‘nosotros’ era el varón, blanco, heterosexual, burgués, etc.). Confieso que para mí esta pregunta constituye un bucle, una especie de fantasma que me acompaña y que me hace repetir argumentos, algunos ya referidos en otras ocasiones.

Pero no nos enredemos demasiado, hablamos de grupos humanos cuando entonamos el pronombre personal ‘nosotros’ que nos reúne bajo su égida; y lo hacemos porque compartimos algún tipo de característica común. Y eso común que nos liga suele estar naturalizado hasta el punto de que ciertas especificidades las tomamos como normales o las sentimos normalizadas porque son las que configuran y dan sentido a ‘nuestro’ grupo. Y entonces, lo que no es normal para nuestro grupo nos resulta ajeno; lo que no cumple o no se aviene a las normas del canon establecido de lo que somos se califica como anormal o anómalo, y se corresponde por tanto con lo que se sale de la norma o no concuerda con ella. Y así nos quedan enfrentados lo canónico (normalizado) con lo anómico (sin normalizar o fuera de la norma). Y de esas diferencias a la guerra de identidades y fratricidas no resta ni medio paso.

Charles E. Ives fue un compositor norteamericano del que me interesa destacar una obra un tanto extraordinaria por su simplicidad trascendente y por su enigmático título, The Unanswered Question (La pregunta sin responder o La pregunta sin respuesta). La composición consiste en una especie de vaivén o juego de preguntas y respuestas entre cuerdas, vientos de madera y metales produciendo una suerte de ambiente cósmico, sideral, que desencadena una fuerte sensación de soledad frente al infinito del Universo. En la mayor parte de interpretaciones que de esa obra hacen los expertos musicales y culturales, se habla de que ese diálogo entre los instrumentos, en ocasiones chirriante, abre paso a la desasosegante pregunta por el sentido de la existencia; cuestión que, efectivamente y por lo que sabemos, carece de respuesta, al menos de momento.

Si nos pusiésemos a comparar la magnitud de las dificultades que entrañan ambas preguntas,  la referida al ‘nosotros’ y la formulada por Ives, podríamos decir a bote pronto que la expresada por el compositor nos viene demasiado grande y nos queda demasiado lejos. Así que lo más probable es que nos decantásemos por intentar responder a la del “nosotros”. La interpelación de Ives trataríamos de postergarla “transhumanamente” hacia otra época futura más allá del actual Antropoceno (la era actual en que nuestro planeta es modificado, y deteriorado, por la mano de nuestra sublime especie).

Pero confieso que además de esas derivas, cuando me pregunto qué significa y qué implica aludir al ‘nosotros’ también me vienen a la cabeza súbitamente las muy conocidas, extravagantes y geniales taxonomías de Jorge Luis Borges que forman parte de El idioma analítico de John Wiltkins, en Otras inquisiciones (1925). En ese recomendable textito de apenas dos o tres páginas, el maestro argentino incorpora una supuesta clasificación de animales que se habría encontrado un tal doctor Kuhn en una enciclopedia china. Dice Borges: “En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.”

Si nos fijamos bien, Borges, con ese ejemplo y otros que aparecen en el mismo texto, evoca las maneras que los humanos tenemos de clasificar las cosas que observamos, pero también el modo en que nos clasificamos a nosotros mismos. El muy imitado, pero inimitable escritor, nos sirve en bandeja un juego humorístico de parangón con nuestros dirigentes políticos: (a) los que son entre 60 y 80% de izquierdas (b) los pertenecientes a una banda de corruptos, o a dos (c) los más irresponsables de entre todos los responsables (d) los fieles al monarca (e) los de pelos rastafaris (f) los nacionalistas pero no demasiado (g) etcétera (h) los que insultan sin gracia (i) los que juegan a videojuegos en las sesiones parlamentarias (j) los que jamás han roto un plato pero si le permitimos tocar la vajilla nos dejan sin ella (k) las más pijas y listas de la clase (l) ninguno de los mal pagados de este país (m) los que nos cambiarán la inclinación sexual a guantazos (n) los que nunca aciertan al votar…

Después de pensarlo un poco más, a pesar de la insalvable dificultad de la pregunta del músico Ives, me he convencido de que resultará más factible que se consiga responder a su pregunta antes que a la otra (la del ‘nosotros’). Después de tantos siglos de pastores de hombres y representantes de la especie humana que se empeñan en hablar de un rebaño al que deben cuidar, las respuestas sobre lo común, o sobre el bien común, son tan insostenibles como la clasificación que emplea Borges en su parrafito. Esta especie parece no tener arreglo, no sabemos o no queremos configurar un plural incluyente. ¿“Nosotr@s”? es, pues, de momento, una pregunta sin respuesta; sobre todo cuando restringimos sensiblemente el grupo humano que debería acordar algo importante para nuestro futuro y se refiere, sin más, a “nosotros los parlamentarios o ideólogos de aquí o de allá”, por no meterlos directamente en el grupo (i) de los animales de Borges: “que se agitan como locos”.

Un caso raro, extravagante, de ‘nosotros’ se establece en El factor humano, (ese libro de John Carlin hecho película, Invictus, por Eastwood, que habla de Nelson Mandela y del partido de rugbi utilizado como símbolo para unir a dos grupos raciales bajo la misma bandera; en esa historia, un tanto efectista al estilo de las producciones norteamericanas, se trata el tema que abordó el mandatario sudafricano para reunir a las personas en un objetivo común más allá de los inveterados prejuicios que les separan. Y parece que con mayor o menor intensidad, y a pesar de bastantes asuntos aún por pulir, la cosa al menos no acabó en una guerra civil; que no es poco, dadas las circunstancias. Es decir, ¿se produjo un ‘nosotros’ inesperado, insospechado, tan solo unas semanas antes del épico evento? Desde luego las consecuencias de un virus no pueden compararse a un mundial de rugby en ningún aspecto, pero sí a una guerra civil, o mundial, si seguimos así.

Cambiando de tercio, pero sin alejarnos demasiado, quizás podemos comparar una pandemia, con el peligro de una guerra o con un shock planetario. Y entonces quizás nos encontremos con una disyuntiva: O aprovechamos el shock… o el shock volverá a aprovecharse de nosotros. Naomi Klein publicó en 2007 La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, un libro que, entre otros de la autora canadiense, ha servido para enfocar los problemas desde otras perspectivas; en él detallaba como los Chicago Boys, escuela de economistas ultra-liberales norteamericanos encabezados por el inefable Milton Friedman, experimentaron con el shock que se produce en las poblaciones después de una catástrofe y que es aprovechado por los dirigentes para implementar medidas impopulares; y esto ocurre porque el sistema inmunitario del pueblo queda absolutamente debilitado y atemorizado por el riesgo de males aún mayores; en esas circunstancias las poblaciones optan siempre por la seguridad antes que por la libertad. ¿Estamos en esas?. (Después del libro vino un documental muy fácil de entender y que está al alcance de cualquiera que tenga conexión a internet). Creo que en estos días, meses ya, de la pandemia, muchos hemos pensado en las aportaciones de Klein igual que hemos buscado al nonagenario Noam Chomsky para que nos recuerde que “estamos ante otro fallo masivo y colosal del capitalismo neoliberal”. Y a fuerza de ir más lejos en el tiempo y sin quitar méritos a nadie, sino intentando reunir energías y sumar esfuerzos, también nos ha venido a la mente La sociedad del riesgo: en camino hacia otra sociedad moderna, un libro del sociólogo alemán Ulrich Beck; alguien que más allá de fórmulas como la de la Modernización reflexiva (en compañía de A. Giddens o S. Lash) o con propuestas más o menos acertadas, supo ver de qué tipo de mundo veníamos y cómo nos íbamos a tener que jugar el porvenir de las generaciones venideras.

Por tanto, en la generalidad de territorios la inmensa mayoría de ciudadanos conocemos de modo más o menos académico, cinematográfico, periodístico o intuitivo lo que nos viene pasando desde hace siglos, y cómo todo ha ido empeorando en los últimos cincuenta años debido a decisiones tomadas en las esferas del poder global más alto y las élites con menos escrúpulos. La vida en el planeta (humana y extrahumana), gracias a los salvavidas que continuamente se lanzan al neoliberalismo, se está degradando máximamente al mismo tiempo que cobramos mayor consciencia de lo que pasa y por qué nos pasa (seremos los más lúcidos del cementerio). Desde luego hay diferencias de interpretación, muchas, y a menudo nos parecen insalvables, pero el diagnóstico, o mejor dicho, el pronóstico, nos augura que así no podemos seguir, que los sistemas directivos “democráticos” en los que hemos venido depositando nuestra confianza o nuestras esperanzas nos conducen al mayor de los desastres si no les echamos una mano, si no les ayudamos, vehementemente, a rectificar. (Respecto a esta falta de expectativas razonables, algunos llaman a nuestra época “Sociedad de la Postconfianza”, y posiblemente que no se equivoquen).

Ahora, con su permiso y reunidas algunas fuerzas, me permito recordar cuatro parrafitos que escribí hace tiempo, corría 2009, dos años antes del 15 M y un año después de lo de Lehman Brothers:

[…] Nuestros enemigos son grandes, no pequeños. Lo que se necesita para superar la miseria psicológica y física que se vive es encontrar aliados entre aquellos que comprenden que la humillación y la injusticia es lo peor que se puede hacer a un ser humano;  y eso, humillación e injusticia, es lo que nos han traído estos modos de gobernar el mundo. Por tanto, más allá de ideologías y creencias, debemos acrecentar la fuerza con el número de implicados en unos procesos que no deben tener vuelta atrás. Los enemigos, los grandes, lo saben bien, es antiguo: divide y vencerás. Si no percibimos lo que nos une por debajo de lo que nos separa no tendremos remedio.

[…] Nuestra potencia de combate simbólica o física es pequeña, de momento. La realidad es compleja y dura, tozuda, y por eso deberemos ejercer en la realidad aquello que abre caminos a un futuro de dignidad y justicia. Y para esto los aliados son imprescindibles, todos los posibles, el máximo de cuerpos y mentes que puedan alinearse con estas causas. No valen las exclusiones de los que podrían pensarse como pequeños enemigos; son sólo enemigos en apariencia y en la mayoría de los casos enemigos inconscientes, aturdidos, engañados. Decíamos: los enemigos verdaderos son grandes, muy potentes y muy conscientes.

[…] O realizamos una inversión del pragmatismo para ponerlo a nuestro favor (ya estuvo demasiado tiempo a favor de aquellos que tenemos en contra) o seguiremos clamando en el desierto. Y el pragmatismo nos dice que vayamos proponiendo (además de elaborando y revisando conceptos teóricos para alcanzar la formulación de propuestas sistematizadas y realistas) acciones a corto plazo con la seguridad de que los posibles aliados no encontrarán motivos para dejarnos solos.

[…] Sólo con infinidad de aliados, personas no humilladas, dignificadas, se podrán dar otros pasos. Necesitamos un pueblo que se sienta pueblo, no masa; pero si empezamos con discursos de exclusión, lo único que conseguiremos será la exclusión generalizada de todos por los de siempre.

Al releer esas líneas once años después, y si coincidimos en el pronóstico y no queremos seguir en el bucle, la pregunta que resta es: ¿Qué más hace falta para que nos pongamos en marcha y comencemos a constituir de una vez un ‘nosotr@s’ que nos reúna con el fin conseguir un mínimo de condiciones vitales dignas (salud, educación y justicia social) más allá de las diferencias insustanciales que nos separan?

Dentro de un rato saldré con mi hijo Miguel de 13 años a dar un paseo de una hora, como está establecido. Espero que me queden con él muchos paseos libres de condicionantes sin tener que avergonzarme por no haber luchado por su futuro cuanto estuvo en mi mano y cuando las cosas aún tenían alguna posibilidad de enmienda. Lo dicho: O aprovechamos el shock, o el shock volverá a aprovecharse de nosotros. Hay vida más allá de los balcones, pero está visto que hay que ganársela, a pulso.

 

 

 

 

 

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