LÍMITES COMESTIBLES | ivars, 2000

LÍMITES COMESTIBLES

ARTE COMESTIBLE

Centro Andaluz de Arte Contemporáneo

Sobre el suelo del emplazamiento designado para llevar a cabo la acción se vierte una mezcla de chocolate blanco -previamente derretido al calor de los fogones- y  tierra formando una especie de argamasa incomestible. Una vez enfriada la masa se dibuja una línea discontinua con segmentos formados por barritas de chocolate envueltas en papel de aluminio el mapa de la delimitación territorial de Euskadi (País Vasco) según la cartografía política institucional vigente. Dentro de esa delimitación se escribe la palabra EUSKADI  deslizando el dedo sobre la mezcla de tierra y chocolate blanco. A partir de aquí se propone al público la ingestión de barritas de chocolate de modo que pudiesen desaparecer los límites. El chocolate blanco no será ingerido debido a su mezcla. Una vez hecha la invitación, los límites figurados y comestibles desaparecen en segundos en los aparatos digestivos de los comensales.

Se trata de proponer al público la idea de hacer desaparecer fronteras (sobre todo las dolorosas) mediante un acto social y lúdico. Y son las fronteras las realmente comestibles y no el territorio sobre el que se han dibujado ya que este último está tan mezclado con la tierra que se presenta casi como indistinguible de él.

El estriado de la Tierra mediante límites artificiales y convencionales (véase tal efecto en el diseño de los límites del territorio del Condado de Treviño) ha supuesto históricamente el nacimiento de infinidad de conflictos armados. Comer fronteras que han producido y aún producen tanto sufrimiento puede suponer un acto de reflexión –no acerca de la ingestión de un nacionalismo por otro- acerca del dolor producido por el empecinamiento identitario en actitudes no dialogantes y en la resolución de los problemas por el camino simplificador de la violencia. La forma azarosa del chocolate blanco mezclado con la tierra nos habla de un territorio liso, previo a la delimitación política, en el que la vida puede desarrollarse sin que sean necesarios los límites como expresión de cualquier tipo de segregación racial, cultural, política, social, económica, etc. La forma bien delimitada de las barritas de chocolate negro envuelto en aluminio nos habla de la estriación del territorio y de las muchas veces sangrientas consecuencias que producen. Tragarse los límites que producen dolor, digerir las barreras (heridas y cicatrices mal cerradas), hacer desparecer de modo simbólico las fronteras, es un acto lúdico en el que el juego de comer nos conduce a una reflexión sobre muchos aspectos de nuestro comportamiento social e individual. La decisión de comerse una de las barritas de chocolate es una decisión individual y comprometida cuando aún siguen sangrando los límites de Euskadi, porque no se trata de comer una frontera cualquiera, sino la que más dolor está produciendo cerca de nosotros. Unas fronteras de las que conocemos bien su lado sangriento, sus víctimas y sus asesinos de lado y lado aunque la asimetría de la barbarie y del poder estatal sea insultante para unos y otros. Y es con lo cercano con lo que podemos sentir más intensamente, pero no para quedarnos en un mero hecho de sentimentalidad más o menos catártica y compartida, sino para ser capaces de extrapolar este sentimiento a otro tipo de ámbitos. Es decir, cuestionarnos la rigidez de los límites y la estructuración de nuestro pensamiento en compartimentos estancos como modo simplificado de enfrentarnos a la complejidad del mundo que vivimos y así cuestionarnos las simplificaciones a las que voluntariamente estamos sometidos por indolencia o ignorancia.

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