¿CUÁNDO HAY ARTE… | ivars, 2004

¿CUÁNDO HAY ARTE CUANDO HAY ARTE? ¿CUÁNDO HAY ARTE CUANDO YA NO HAY ARTE?[1]

 ¿Cuándo hay arte? Seguramente, para algunos esta pregunta, en los tiempos que nos corren, resulta inoportuna. Y no por el sujeto o el verbo, sino por el adverbio, que es de tiempo. Hace ya mucho que la figura ambigua del asesino-forense-sepulturero del arte viene ejecutando y certificando la muerte de un cuerpo-cadáver que parece resistirse. Y quién sabe si, a fuerza de insistir, se nos ha muerto ya la criatura y estas letras no pueden llegar a ser más que una elegía. Anticipo que, en mi afán de médico sin fronteras: lo dudo.

Pero, seamos aplicados y retomemos la pregunta como si no hubiese verdugos-destripamuertos-enterradores aplicándose en la burocracia de exterminio y de los certificados para conseguir ser los primeros en esta carrera mortífera. Más adelante, veremos si el cadáver es de atrezzo y sus ejecutores meros figurantes en la película de terror más largamente contada o si, por el contrario, es verdad que no estamos ante una saga de cine gore y realmente se nos ha descacharrado el invento para siempre. Si es así habremos de investigar cuál ha sido su última voluntad.

Es decir, suponemos que hay arte (en el sentido habitual del término) y la cuestión propuesta es cuándo. Así que, rebusco en mi memoria y recuerdo la primera vez que me encuentro esta pregunta. Fue en 1995: Maneras de hacer mundos, 1978, de Nelson Goodman. (Lo siento, ya sé que a veces ando retrasado.) Bueno, pues el bueno de Goodman, casi a la mitad del libro, se formula la dichosa pregunta, después de haber descartado que no existe arte no-simbólico y de comunicarnos que la pregunta ¿qué es el arte? es una pregunta equivocada. Según su razonamiento, no existe arte que no simbolice (un cuadro abstracto, que ni representa nada ni tiene en absoluto carácter representativo, expresa no obstante algún sentimiento o alguna otra cualidad, ya sea una emoción o una idea, y por lo tanto la simboliza) y por consiguiente, como otros símbolos, la obra de arte, puede funcionar en unos momentos y en otros no; es decir, no existe algo así como una esencia inmutable del arte que funcione “siempre” y “en todo lugar”. Y luego pasa a decirnos que las cosas operan como obras de arte sólo cuando su funcionamiento simbólico tiene determinadas características que necesariamente he de enumerar: densidad sintáctica, densidad semántica, plenitud relativa, ejemplificación y referencia múltiple y compleja.

He de decir, que en general y aceptando las matizaciones que el propio Goodman hace de sus tesis, estoy de acuerdo. Todo menos simplificar. Si algún lector tiene tiempo y ganas de encontrar Maneras de hacer mundos, le recomiendo entrar en faena y pelearse con el bueno de Goodman.

Pero, llevemos ahora la pregunta unos pasos adelante, aunque sin olvidar lo anterior, y podremos preguntarnos ¿cuándo hay arte cuando ya no hay arte? Es decir, si el arte está siendo –o, ya lo ha sido- sustituido por “lo visual” (ahora hablaremos de esto) y por lo tanto ya no existe, ¿cómo identificar ¿cuándo hay arte? si ya no lo hay? Más que una pregunta nos ha quedado un laberinto de cuestiones.

Veamos: “lo visual” y con ello los recién nacidos Estudios Visuales que en ARCO ’04 firman su primer acta de congreso (I Congreso Internacional de Estudios Visuales), nos proponen un abandono ya definitivo, una verdadera acta de defunción, del arte. No más arte, sino “lo visual” como objeto de estudio. Y sabemos que, si bien las primeras preguntas sobre este cadáver se formularon en el Viejo Mundo, ahora nos vienen -como tantas otras- en forma de doctrina incuestionable desde los popes sepultureros del Nuevo Mundo que están descubriendo América bajo sus propios pies y desde los adoctrinados de la Vieja Europa y del resto del ancho mundo imperializado. (Este, desde luego, no es un problema de cruces de charco, pero no es bueno olvidar que “original” es descubrir América en 1492 o vivir allí como un buen apache o como un verdadero ciudadano del mundo; hacerlo ahora, parece que está siendo una cuestión de mirarse el ombligo o de vuelos charter, según la orilla en la que nos encontremos). Que se haga doctrina de una cuestión compleja es propio de simples, y propio de simples es cortar por lo sano y creer que su hora coincide con la hora cero de algo, para lo que han de acabar con lo anterior. (El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Muerto el perro se acabó la rabia. Etcétera.). Aunque esto se da en contadas ocasiones en la historia y la mayoría de las veces se lee a posteriori. La complejidad es acumulativa y no restrictiva. Pero el utilitarismo crítico menos hábil, que sigue como un perro faldero los senderos de la simplificadora tecno-ciencia y del capitalismo reestructurado por el desarrollo informacional, se ha enredado en una extraña red de complejos e intenta sustituir la logo-cracia por alguna suerte de imago-cracia de la que aún esperamos ¿buenas noticias? (por supuesto por escrito: lo importante siempre habrá de ser, a partir de ahora lo que se escribe sobre lo que se ve –sea esto lo que sea- y no lo que se ve, se oye, se palpa, se huele…)

Lo que se nos propone es una ampliación del objeto de estudio. No el arte, eso es poco para mentes tan preclaras. Y esta es la coartada del crimen perfecto: el arte deja de ser objeto de estudio per sé. El nuevo modelo de “estudios” convierte el arte en insignificante, porque lo que adquiere significancia es aquello que lo recoloca dentro de una gran amalgama y lo estudia como una manera más de “lo visual”: los Estudios Visuales (propuestos en las universidades del otro lado del océano). Es decir, ¡¡¡El arte va a ser enterrado vivo!!!  porque no han conseguido matarlo. Sí, una cuestión de poder. Pero, como últimamente el poder anda emboscado en mil y una estrategias publicitarias de lavados de cara, pues ahora se nos presenta este entierro camuflado de lo artístico bajo las arenas movedizas y altamente manipulables de la multiplicidad, del rizoma, de lo multicultural, etc. mal entendidas o intencionadamente mal interpretadas. (No está de más recordar lo que nos dice Deleuze sobre la avispa y la orquídea: ellas hacen rizoma, la una con la otra, pero la abeja jamás se convierte en orquídea, ni la orquídea en avispa. Si no se entiende esto, no se entiende nada).

No se trata de defender aquí la pervivencia de algo por rutina o por nostalgia, se trata de: si la nueva herramienta que va a sustituir a la vieja no es mejor que ésta ¿para qué sustituirla?, ¿sólo porque algunos nos vendan en la teletienda que las ventajas de ésta son inconmensurables y colmen sus vanidades con la ingenuidad de los teleadictos? Si la religión es sustituida por la telepredicación, la política por la telepolítica, la ciudad por telépolis y la ciencia por la teletécnica, y todos sabemos que se están constituyendo junto al peligro de la simplificación, ¿hemos de tragar con lo tele-visual a expensas de uno de los escasos frentes -no de poder- de resistencia y fuerza que nos quedan? NO.

Que el “¿cuándo hay arte?” al uso en los últimos tiempos se haya convertido en una cuestión de marketing (y que como sabemos cualquier estrategia de mercadeo apunta en la dirección de la simplificación de la recepción y uso del producto por parte del consumidor) no ha de suponer necesariamente un abandono del arte, sino una reacción en forma de sacudida que, como a perro que le quitan pulgas, lo sanee de comportamientos mendaces y estupideces. (Las perturbaciones constituyen una oportunidad si sabemos aprovecharlas). Las redefiniciones grandilocuentes y los cambios aparentes de metodologías quedan vistosos, aún en esta era de fin de los Grandes Relatos, pero lo importante son los verdaderos microrrelatos complejos que aumentan la capacidad de articulación del mundo y sus microenlaces, y no la simple visión “ampliada” –paisajística- del mismo. De nada sirve ampliar si no se sabe qué hacer con lo ampliado (Blow-up, dixit). No se ha ampliado la democracia (al contrario se ha restringido por despolitización), se ha ampliado el consumo. Es el ejercicio del diario rigor vital lo que aporta soluciones, y no la debilidad pusilánime en forma de metadiscurso que conduce a connivencias con los más espurios intereses que siempre suelen hacer salir la mierda de la simplificación a flote. ¿Está la inteligencia sólo en la mirada receptora o puede haber algún rastro de ella en lo que la mirada constructora expone ante los ojos?

Afortunadamente las arenas movedizas que hemos citado antes (la multiplicidad, el rizoma, etc.), son eso: movedizas y, por tanto, re-pensables. Y espero que en esta película de cine gore de la que hablábamos antes, los figurantes –asesinos-forenses-sepultureros- sean tragados por estas arenas para siempre y el arte, sin complejos, sea devuelto a la superficie y pueda airearse a los cuatro vientos en lugar de someterse a los designios de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.

Así que, como también nos dice Deleuze: que cada uno empiece por hacer su cama.


[1] Escrito en 2004 para el número ¿Cuándo hay arte? de la publicación QHYA.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies