INTERTOPÍAS | ivars, 2008

INTERTOPÍAS

(vivir, pensar, en los huecos)

Un desamparado proceso de investigación y una exposición seguramente errónea

 

DEL DESAMPARADO PROCESO DE INVESTIGACIÓN[1]

En unos momentos en los que invocar la utopía humanista para la solución de los problemas de creciente complejidad que nos acucian parece un tanto ingenuo y humano, demasiado humano; y, en unos momentos en los que invocar la utopía post-humanista cuya faz nos es desconocida y a menudo se nos presenta como monstruosa o inhumana, demasiado inhumana, tratar de pensar una utopía “intermedia y móvil” es una tarea casi imposible.

Sin embargo, no podemos dejar de intentarlo. Si la utopía es en origen social y casi siempre se ha planteado como un telos, una teleología en la que encontraremos conocimiento y bienestar en un más allá temporal y espacial, quizás cabe la tarea de repensar ese topos no en un lugar futuro sino en aquellos lugares móviles que hemos ido dejando vacíos entre nuestros más evidentes afanes. Aquellos huecos que no han sido cubiertos por el Proyecto Moderno definido por la especialización, la diferenciación, la racionalización instrumental o la mercantilización; es decir, en la medida de lo posible, al margen del mainstream de la Modernidad que como tantas apuestas humanas fue tan mal interpretada como mal usada por todos aquellos que la utilizaron a manera de máscara ideológica para encubrir los intereses más espurios. Jaula de hierro.

Pero, tampoco la atomización del anti-Proyecto Postmoderno ha sabido proponer otra utopía sustitutiva más allá de la del relativismo vacuo y supuestamente emancipador del “todo vale” en el que nadie, salvo los desdichados aprovechados de siempre, realmente encuentra consuelo. La banalización subsiguiente a la bienintencionada actitud postmoderna de liberación de la jaula de hierro moderna ha tenido consecuencias catastróficas. La superficialidad inteligente y crítica ha sido malinterpretada por unos y rentabilizada por otros, todos amantes del Blockbuster y del best seller. Utopía del presente perfecto: Jaula de oro. El espectáculo ha vencido y todo aquello que queda fuera de la combinación de obviedad y efectos especiales -el mainstream de la postmodernidad de más bajo perfil-, es reducido a la inexistencia.

Si en la malinterpretación triunfante y capitalizadora del proyecto moderno la solidificación de sus propuestas impedían la articulación con otras visiones que no fuesen las de la ciencia, el universalismo, el progreso, el crecimiento, etc., en la malinterpretación y rentabilización grosera de las actitudes postmodernas la licuefacción o gasificación de sus propuestas impiden de manera casi absoluta cualquier tipo de definición de posibilidades o trayectos que no pasen por el mero efecto collage o la yuxtaposición arbitraria de fenómenos más o menos relevantes.

Nos dice Sloterdijk que el hombre es el animal que se predice, y parece que de eso no cabe ninguna duda; pero una cosa es que se prediga y otra muy distinta que cumpla lo prometido. El humanismo ha predicho mucho y ha cumplido parte de su agenda, pero aquello de lo que más trataba -“la Humanidad”- ha quedado cada vez más desdibujado y postergado. El conjunto de seres humanos jamás ha conseguido ponerse de acuerdo en definir, más allá de afanes colonizadores (universalistas pero fundamentalmente eurocéntricos), qué es eso que solemos llamar Humanidad. Y en esa tarea inconclusa, parece que irremediablemente fracasada, de establecer un “nosotros” (tarea hoy además arrinconada por las biopolíticas y las políticas del multiculturalismo), las diversas corrientes ideológicas han ido dejando estelas de negligencias y compromisos vergonzantes que sólo han servido para empeorar las cosas. Ni el nosotros universal se ha cumplido ni parece que los mosaicos multiculturalistas y biopolíticos puedan constituirse en solución sustituta.

La historia de las relaciones entre arte y política se corresponde con una sucesión de fracasos, algunos de ellos vergonzosamente exitosos. El arte casi siempre ha ido a remolque de los devenires políticos e ideológicos, y su filiación -más a menudo de lo que a algunos les gusta reconocer- ha sido eso, una filiación ideológica que comprometía su independencia para cumplir unos deberes que provenían de intereses de diverso cuño y de los que recibía como recompensa todo tipo de prebendas y parabienes. Las Grandes Ideas siempre produjeron su Gran Arte (véase eso que llaman Historia del Arte) y éste siempre reprodujo o representó aquellas. Casi siempre, esas ideas grandes se correspondieron con un cierto humanismo de carácter religioso o laico (incluso sus versiones más transgresoras) y han tratado de exportar sus doctrinas en forma de cristianismo o socialismo urbi et orbi (a Roma y el mundo, nada más imperial). Incluso cuando el cinismo neoliberal reclama por enésima vez la “mano invisible” del mercado como solución a nuestros problemas (o en nuestros días la “mano visible” del Estado para reparar la maltrecha “mano invisible” del mercado), el arte sólo ha sabido esgrimir las viejas ideas humanistas para llevarse ambas manos a la cabeza en un gesto tan espectacular como inane o acompasar ese cinismo de manera descarada con un tinte escéptico y cool que argumenta: no hay nada que hacer, nada escapa del juego de la rentabilidad, juguemos, pues, mejor que nadie. Aunque, desde luego, ya sabemos que este “jugar” es falso. De lo que se trata es de ganar (como en la Bolsa); nada parecido al riesgo.

En esta aparente tarea romántica, prometeica, encomendada al arte de mostrarnos el futuro, cuando casi siempre ha ido a remolque de las ideologías dominantes, hoy se produce una gran paradoja. La liberación conseguida en la vida por la audacia de ciertos fenómenos artísticos ha servido para que la vida que vivimos ahora adelantase al arte por la derecha a la velocidad del rayo. Y hoy, el arte, más desvalido que nunca, trata de encontrar su validación poniéndose a la misma altura, tratando de alcanzar la estúpida velocidad de la que la vida más “occidental” hace gala. El arte al remolque de la vida. ¿Quién iba a pensar esto hace unos años? Y si no se sigue esta senda, la de un arte sobreidentificado con el sistema persiguiendo la estupidez vitalista y kitsch que recorre nuestras calles y espacios comerciales, nuestros medios y nuestras políticas de baja estofa, nuestras… entonces, entonces, entonces…

Hay que pensar más y hacer menos. Dos parecen ser las tareas que nos ofrece el presente: una, la de rebajar la trascendencia y la esencialidad de aquella “grandeur” humanista e ilustrada que posterga o difiere el beneficio o el placer por un quítame allá esa vida eterna (sagrada o histórica). Dos, dejar de perseguir el alocado movimiento insomne que perturba a las sociedades actuales fragmentadas en tribus sectarias que argumentan su “diferencia” con fundamentos biológicos o culturales del tipo que sean y terminan por no entenderse con alguien que no comparta su biología. Ni la grandeur universalizadora de la modernidad ni el particularismo cultural nos han traído la solución. Ni la totalización ni la hiperfragmentación.

Se trataría de encontrar un poco en el aquí y el ahora, y otro poco en un cierto futuro con minúsculas, las dosis mínimas de satisfacción que nos eviten, al menos, experimentar la vida como un absoluto sinsentido. Una pragmática del instinto.

No todos los espacios ni ritmos han sido recorridos (entre otras cosas porque tanto la visión prometeica de la Modernidad como la división proteica de la Postmodernidad han dejado muchos escenarios sin reconocer, muchos espacios sin explorar). Esos espacios intermedios ¿pueden ser pensados, reconsiderados? Hay síntomas de que realmente están siendo atravesados con mayor o menor fortuna por muy diversos individuos y de muy diferentes maneras sin encastillarse en ningún dogma omniabarcante ni en ninguna esencia particularista incomposible. No son ya necesarios ni el estilo ni el no-estilo. La búsqueda de un espacio/tiempo intertópico que aquí se plantea es el de los espacios tiempos intercalares; esos espacios han existido siempre, pero pocas veces han sido considerados como espacios donde la utopía pueda tener sentido: una intertopía.

Este desamparado proyecto se basa precisamente en esos modos de la transversalidad que parecen configurar una especie de arquetipo humano (y no humano) que presenta múltiples caras. Lo llamaremos pretenciosamente “interhumano” o más irónicamente “inútil transversal”. No es un estilo, no es un no-estilo, insistimos; se trataría de un encadenamiento de posturas a favor de… “nosotros” los “interhumanos” que no queremos ser arrastrados por la fuerza incontenible del mainstream ni quedar en los márgenes del arroyo. Estamos en ello.

Tres (podrían ser más pero quizás no menos) son los conceptos filosóficos que podrían sustentar a este inútil transversal, ese ser móvil del espacio  intermedio que no garantiza más que, paradójicamente, su posición de desequilibrio, su tendencia cierta a romper la tranquilizadora equidistancia reformista. El primero de ellos es el del jugador-constructor que retrata Gadamer en Verdad y método o Deleuze en su Lógica del sentido. Gadamer nos habla del arte como transformación del juego en construcción y nuestro interhumano (artista/ espectador creativo) correspondería a ambas características, la del homo ludens (Huitzinga) que a través del movimiento de vaivén genera espacios de construcción o solidificación más o menos revisables; y Deleuze, nos perfila un candidato a estas tareas del juego que sabe que para jugar su juego en cada jugada ha de reinventar las reglas. La segunda figura que se incorpora a nuestro tipo sería la del ironista definido por Richard Rorty en Contingencia, Ironía y Solidaridad. Este ironista, mejor, este autoironista, sería aquel cuyo comportamiento no deja dudas al respecto: prácticamente no cree en nada y mucho menos en su propio léxico último (ese sistema de creencias que cuando llega la hora de definirlo o defenderlo las argumentaciones cesan y se convierten en un mero “porque sí”). Su mundo está hecho de redescripciones continuas que hacen de la contingencia una forma de vida y que huye de las esencias como el gato del agua. El tercer personaje conceptual, utilizando la terminología deleuziana, sería la del “ritornelista” (disculpen el palabro). El ritornelo, figura musical, se establece desde un eje provisional (una cancioncilla, un ritmo repetitivo) trazado por el miedo a la oscuridad. Cuando el miedo se debilita un poco la luz hace posible trazar un territorio (“transportable y neumático”) en el que el ritornelista establece sus agenciamientos, sus márgenes de seguridad y sus comodidades. Pero el territorio siempre será ampliable, sus pequeñas seguridades pronto se hacen insuficientes y ha de buscar en otro lado. La desterritorialización se abre paso entre las fronteras de la seguridad y el espacio liso (oceánico) se presenta como la conquista de un ser-más-amplio.

No es este el lugar para desarrollar más los trayectos de esta investigación desamparada, pero los espacios están ahí, podemos verlos y apreciarlos y hacer de esos huecos el topos de una intertopía. O despreciarlos y seguir intentando cosechar en los espacios yermos por el pisoteo recalcitrante de la modernidad o en los mosaicos alocados del aventurerismo postmoderno. Aunque sólo sea por dejar en barbecho aquello que nos dio ciertos frutos, merece la pena intentarlo. Aunque sólo sea por refrescar la tierra bajo nuestros pies y hacerla productiva de otro modo, merece la pena intentarlo.

DE LA EXPOSICIÓN SEGURAMENTE ERRÓNEA

Esta que aquí se cataloga es una exposición que da lugar al texto anterior y al texto presente. Pero también es fruto de ellos. Que el pensamiento artístico sólo se reduzca a un juego de formas es algo que nunca ha sido muy creíble (cuánto aparato crítico ha necesitado el arte más autónomo para ser comprendido, para hacerse comprender; cuántas palabras ha necesitado cualquier arte para resultar cercano). No parece haber duda de que la forma informa. Pero de ahí a que se pueda producir un proceso productor de formas visuales al margen de lo que el lenguaje verbal produce hay un abismo. Los compartimentos estancos sólo son herramientas para entendernos, simplificar un poco y entendernos (como este texto, como esta exposición). Pero más allá de ellos, sabemos que todo es más complejo. Texto y obra desamparados y seguramente erróneos.

El vaivén entre lo que uno “se figura” y lo que uno “verbaliza” sustenta esta exposición (una entre las miles de versiones posibles). Trazaremos caminos entre las obras que ya trazan caminos y quedarán huecos entre ellas. Trataremos de abrir sendas, negociaremos con el contexto, nos argumentaremos –impotentes- en nuestros textos. Pero siempre quedarán huecos entre en los que aún es posible respirar un poco. La obra, un poco de vida al margen de la obra, no estará en las obras sino en los huecos que quedan entre ellas. Vivir es proporcionarse huecos entre los territorios que siempre delimitamos. Ahí fuera. Y respirar un poco.

Una exposición es siempre errónea porque su valor no reside en el acierto, sino en la incertidumbre que consiga provocar. Querer comprender a todos pero no recocerse en nadie. No insistamos verbalmente en el error, lo mejor es comprobarlo in situ. Y luego, mudarse.

La coincidencia ha hecho que la península italiana y la isla de Cerdeña hayan sido testigos de la búsqueda de algunos huecos últimos en los que parar a pensar un poco y producir entre amigos algunas obras muy contextualizadas en las que el texto se manifiesta de otro modo.


[1] Todo verdadero proceso de investigación sufre algún tipo de desamparo. No porque no exista nadie que quiera ampararlo, sino porque ése es su destino.

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