LA RULETA VISUAL | ivars, 2003

LA RULETA VISUAL

Inédito. Acerca de los llamados Estudios Visuales

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Vivimos en un casino global gobernado de manera electrónica, nos dice Manuel Castell en su La sociedad red. La era de la información[i]. Y “lo visual” (el ahora campo expandido del arte), no sólo no escapa del riesgo sino que lo acelera, introduce mayores dosis de adrenalina y legitima la confusión en la que tras varias vueltas en el torbellino de cada jugada aparecen los ganadores.

Que Deleuze nos hablara de la prudencia, de extremar la prudencia (además de hacerlo de la ramificación del azar y del juego del pensamiento y del arte como agentes que realmente trastornan el mundo), parece no recordarlo nadie.

La ruleta visual a la que quisiéramos interrogar aquí no es circular; no consta de treinta y seis casillas divididas en rojos y negros ni en pares impares; no consiste en hacer rodar una bola en su superficie estriada; no descansa cada cierto tiempo. La ruleta visual (a la que llamamos así más por su capacidad para sugerirnos riesgo e incertidumbre que por su morfología y características funcionales) es una red; está compuesta por infinidad de nodos; establece flujos de imágenes en conducciones lisas; no para; como el Capital.

EL CAPITAL EN LA SOCIEDAD RED

Cuando la tecnología de la información y el capitalismo se reunieron simbióticamente (la reestructuración del capitalismo -tras la crisis del petróleo de los años setenta y el descalabro inflacional del modelo keynesiano después de varias décadas exitosas-, no hubiera sido la que es si no hubiera coincidido y estimulado la aceleración del desarrollo informacional) en la más alta, exitosa y depurada conquista del mundo, se originó la gran red en la que el poder de los flujos tiene prioridad sobre los flujos de poder,  y en la que la morfología social tiene prioridad sobre la acción social, como también nos informa el sociólogo mencionado.

Sabemos que una red es un conjunto de nodos interconectados (y un nodo, el punto en el que una curva se intersecta a sí misma) y que dentro de una misma red la distancia entre dos nodos cualesquiera es idéntica (y tendente a cero) y, por el contrario, la distancia entre nodos de redes distintas es desigual (y tendente a infinito). También sabemos que las redes son estructuras abiertas y con tendencia a la expansión sin límites y que integran nuevos nodos en función de su capacidad de compartir códigos de comunicación (algún tipo de lengua franca). El conexionismo, las redes neuronales propuestas por las ciencias cognitivas nos enseñan mucho al respecto y trasladados sus conocimientos a lo social se puede inferir que las sociedades estructuradas en red presentan un sistema muy dinámico y abierto capaz de innovarse (auto-innovarse) sin amenazar su equilibrio (auto-equilibrio). Es decir: miel sobre hojuelas para una economía capitalista basada en la innovación, la globalización y la concentración descentralizada.

También sabemos, incluso empíricamente podemos comprobarlo, que la morfología de redes, a pesar de su horizontalidad, ha supuesto una transformación en la reorganización de las relaciones de poder sustituyendo su verticalidad y su estratificación jerárquica por la noción de condensación del poder en los conmutadores que conectan unas redes con otras (por ejemplo: las condensaciones establecidas en espacios intermedios entre los medios de comunicación y los medios políticos). El poder no se disuelve en los flujos, se condensa inadvertidamente en determinados ámbitos y ya es imposible divisarlo claramente, como antes, allá en lo alto.

Si son los conmutadores los que poseen el poder y están emboscados en el dibujo de la red como si de un grafo más se tratara, son ellos los que de manera decisiva pueden operar estructurando, guiando y confundiendo a las sociedades. Su invisibilidad es su estrategia. Y constituyen el capitalista colectivo sin rostro (inclasificado e inclasificable) compuesto por los flujos financieros que dirigen las redes electrónicas.

Desaparecidas de los mercados las leyes de oferta y de demanda, desaparecida la mercancía (reducida a fantasmal en la aceleración de las redes) y forjada la independencia del dinero de los sistemas de producción real, se producen máquinas abstractas en las que las turbulencias y los movimientos impredecibles se enredan con la psicología de los agentes financieros; de este modo, el proceloso océano de deseos e intereses de las sociedades dando lugar a una meta-red de capitales gobernada por una lógica capitalista no humana que procesa la información aleatoriamente y cuyas operaciones se realizan electrónicamente. No hay hombres -el capital busca el capital- y si los hay son meras agrupaciones coyunturales, desde luego con voluntad de poder y permanencia, alrededor de ciertos flujos de dinero. El resultado neto de este juego electrónico (casino global) es cero: los ganadores pagan a los perdedores. Pero estos cambian (a veces ganan unos, a veces otros) y alteran la estabilidad de las empresas y consiguientemente de los puestos de trabajo, de los salarios y de las vidas particulares de familias e individuos.

Y en esta situación ¿quiénes suelen permanecer con alguna cuota de poder? Pues aquellos situados en las cercanías de la conmutación y que se auto-garantizan la capacidad de auto-compensación en las pérdidas y su existencia en la red de redes del capital. Es decir aquellos que tienen poder para jugar varias manos a la vez, los más interconectados, los más globales. Mientras los más débiles (parados, trabajadores, pequeños empresarios y aquellos desafortunados que no tienen más que un solo resorte que activar), segregados de esta circulación del capital en tiempo real y localizados y diferidos en su pequeña esfera laboral, están sujetos a la variabilidad del clima financiero y a los vaivenes caprichosos de los flujos electrónicos.

Ya no hay división del trabajo, hay una atomización difusa e inconexa en la que los átomos laborales ven circular el capital desde la grada sin apenas poder gestionar sus precarias pertenencias. Ya no hay acumulación expresa del capital, hay circulación vertiginosa y conexión extrema, y el capitalista sin rostro es aquél por el que los flujos de dinero pasan más veces. No es acumulación, es repetición, y la repetición proporciona sedimentos, claro.

LO VISUAL EN LA SOCIEDAD RED

La ampliación de lo visual desde el campo reducido del arte a otras esferas de lo visible parece mostrar mecanismos semejantes a los antes mencionados para la significación del capitalismo en la era de la información. Una vez superados o aparcados algunos debates, lo visual se nos propone como campo expandido del arte en el que el pensamiento va a escapar del logocentrismo y de sus caracterizaciones jerárquicas y elitistas para adentrarse en el pensamiento-imagen, la horizontalidad de la democracia visual y la creación colectiva. La multitud, el rizoma, la imagen como acontecimiento, los actos visuales y una nueva configuración en la producción del conocimiento, parecen estar quebrando la situación actual y dando origen a un nuevo paradigma desde el que hacer por fin efectiva la crisis de la representación y la afirmación de la cultura visual contra el sistema de protectorado de las prácticas artísticas. Los métodos y las herramientas están en proceso de desarrollo y es un motivo importante de reflexión para atisbar la posible, y probable, mimetización que puede estar fraguándose entre el capitalismo informacional y el nuevo paradigma propuesto de los estudios visuales.

 


[i] Nota bibliográfica: esta investigación está fundamentada en las relaciones entre el funcionamiento del capitalismo informacional y la sociedad red (estudiados por Manuel Castells en La era de la información Vols. 1, 2 y 3.

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