MATERIAL DE PASO | ivars, 2000

“Material de paso (0,0015)” en Joaquín Ivars. Material de paso (Cat. de exposición), Fundación Picasso y Área de Cultura. Ayuntamiento de Málaga, 2000

Quizá la pasión, el estado de pasión, consista en esto: plegar la línea del afuera, hacerla susceptible de ser vivida, saber respirar.

Todos aquellos a quienes ha entristecido la muerte de Foucault pueden tener esta alegría: que esta obra tan grande se haya interrumpido con una invocación a la pasión.

GILLES DELEUZE Conversaciones

MATERIAL DE PASO[1]

Un viejo chiste: Un automovilista al que se le ha fundido una luz de intermitencia de su coche. Una vez sustituida la lámpara le pide a un viandante que le ayude a comprobar si funciona el intermitente cuando conecta el interruptor, ¿funciona? El peatón, dispuesto a ayudar, responde: ahora sí… ahora no… ahora sí… ahora no… ahora sí… ahora no…

Solemos hablar del ser y del no-ser, de la vida y de la muerte, de la presencia y de la ausencia, etc. Y da la sensación de que funcionan… ahora sí… ahora no… ahora sí… ahora no…  Es decir, atribuimos funcionamiento al ser y ausencia de funcionamiento al no-ser; funciona la vida y la muerte es el cese de esa función; la presencia nos predispone a atribuirle alguna función y la ausencia parece privarnos de ella. Víctimas y verdugos del monoteísmo, de la monogamia, de las dedicaciones exclusivas en nuestras profesiones, de las profesiones de fe en cualquier aspecto de la vida, de la fidelidad a una coherencia de estrechos límites: somos productos del mito de la Unidad. Amasando seguridades mono con el aglutinante del miedo nos hemos convertido en el mono sapiens del que hoy nos jactamos. Y todas estas monomanías que hasta ahora –al menos en gran parte de Occidente- nos parecían eficaces para el porvenir del género humano empezaron, hace ya tiempo, a generar síntomas de ansiedades y angustias no justificables en la clínica/búnker  que nos hemos construido para ahuyentar la abrumadora complejidad del mundo.

Menos ingenuos que el peatón del chiste y sabiendo que el ahora sí… ahora no… ahora sí… ahora no… es una función compleja con la que señalar nuestros cambios de dirección, empezamos a barruntar que la definición del hombre, del homo/mono sapiens, es una falacia. El hombre, de algún modo no existe siempre o, al menos, estamos hechos tanto de existencia cuanto de inexistencia. Funcionamos como tales humanos de manera intermitente. Lo que solemos llamar hombre es un devenir discontinuo, oscilante, más o menos rítmico, de algo que se nos escapa.

Que la luz circula de modo discontinuo dentro del cerebro parece no ser una aproximación inverosímil a lo que en nuestras mentes sucede. Que la percepción de la realidad funciona en nuestras cabezas y en nuestras sociedades de modo similar a la corriente alterna, al parpadeo o al latido cardíaco tampoco parece conducir al absurdo. Comprobar que los vaivenes de determinación–indeterminación o definición-indefinición nos dificultan y enriquecen mucho la vida –por su complejidad-, haciéndonos bailar cada día sobre terrenos más movedizos y frágiles, tampoco parece tener visos de enfermedad mental alguna en distintos grados de morbidez. Cuando las personalidades esquizoides se generalicen y puedan compartir vivencias con sus semejantes la monofrenia será una enfermedad.

Pero aceptar esto no nos va a dejar indemnes. Vamos a pagar caro el reconocernos mucho más frágiles de lo que pensábamos aun cuando esto nos conduzca a ser menos dóciles y más libres. Vamos a pagar un alto precio por reconocernos en un devenir humano nunca consumado. Vamos a pagar (algunos ya lo pagan o lo pagaron) por dejar de lado la boba in-tranquilidad del mono sapiens para abismarnos en la in-tranquilidad de un esquizo sapiens con el alma llena de agujeritos negros en los que condensar las multiplicidades que nos rodean y de agujeritos vacíos por donde filtrar los destellos de luz de esas mismas multiplicidades.

¿Y qué tenemos?: una Multiplicidad de agujeros hiperllenos e hipervacíos danzando entre nuestras mentes… entre nuestras vidas… entre. Ese será nuestro territorio, nuestro suelo, nuestro cielo: superficies deslizantes y discontinuas en las que un desliz inteligente será el modo de desplazarse, superficies hechas a cada paso de baile, cartografías del instante, secuencias de luz y de oscuridad entre las que reconocer lo posible y no lo meramente visible. Y todo esto de modo generalizado, no encapsulado en las mentes de artistas al borde de la psicosis, intelectuales ahítos de mundanidad o marginados hartos de psicotrópicos.

Pero dicho lo anterior –vislumbrando el vértigo y la aceleración, atisbando el futuro de oscilación y multiplicidad-, y llovido lo que nos ha llovido, extrememos la prudencia. Dicen los expertos en tráfico rodado que en los días de lluvia suele haber menos accidentes –los conductores aumentan la prudencia de sus decisiones-, pero, los que hay, a menudo, son mortales. De eso se trata, dejemos que llueva, hagamos agujeros en el paraguas de la seguridad, dejemos entrar la luz del cielo, convoquemos el caos y luchemos contra la opinión, pero bien armados, preparados para un mundo de contingencias y contratiempos (hermosa palabra de connotación funesta). Aligeremos el lastre de nuestra fidelidad al miedo y el de nuestra coherencia demasiado cargada de herencias. Hagamos leves pero precisos nuestros movimientos. Construyamos, descubramos, el móvil. Aceleremos en los días de lluvia pero con todos nuestros sentidos desarreglados y paradójicamente alertas. No queremos perdernos nada excepto nuestra propia muerte y de esta siempre se dice que nos la perdemos de todos modos. Decía Canetti “Los pesimistas tienen razón. Los pesimistas son superfluos”. Que la pista se mueva no significa que no podamos danzar, sólo significa que tenemos que prestar más atención y ser más ligeros, más listos. A veces con el paraguas roto –por los cuernos que nos pone la vida o por los del diablo que llevamos dentro- y calándonos hasta los huesos, el arma ligera que nos proteja puede ser que… no nos importe. Y que no nos importe puede conseguirse si comenzamos a pensarnos, sentirnos, material de paso. Quizás el problema no es que tengamos un yo o que pretendamos tenerlo; seguramente el problema es que le damos demasiada importancia y que lo consideramos una estructura definitiva y no un devenir autoirónico –un intermitente que funciona aunque no esté encendido en algún momento preciso- al que podemos dotar de poros increíblemente lúcidos, penetrables por la luz de el otro, y lunares extremadamente hermosos con los que apuntar los besos de la vida.

El prefijo esquizo está quizás demasiado unido a términos como psicosis, manicomio, peligro social, falta de percepción de lo real, etc. y, aunque es un término que me produce simpatía por esa misma razón, puede que sea mejor sustituirlo por el más aséptico multi. Parece que existen multimentes. Mentes capaces de redistribuir sus funciones produciendo salidas en apariencia iguales a otras más simples pero dotadas de un alto grado de densidad vital. Multimentes que funcionan a intervalos, con ciertos ritmos o intermitencias, sugeridos por la complejidad de cada momento y por las irrenunciables capacidades de juego y riesgo, signos inequívocos de los más inequívocamente humano. (Dice Edgar Morin que mientras la vida cotidiana genera cretinos vulgares, la universidad, con su especialización, genera cretinos de alto nivel).

Pero sentirnos, pensarnos, material de paso, aunque nos aligere del peso de prejuicios y dogmas, no nos exime de responsabilidades. Somos material de paso pero tenemos funciones que cumplir… como cualquier material. Si nuestras mentes están dotadas para intentar enfrentar la complejidad del cosmos, el artesano cósmico, figura cara a Deleuze, es uno de nuestros devenires irrenunciables… inevitables. Componer para entender, crear para saber, construir para conocer, son tareas de este artesano que atiende a los más complejos fenómenos universales y a los mínimos detalles de nuestra no menos compleja vida cotidiana.

El arte, como herramienta especialmente dotada para la composición compleja, para la construcción de modelos de comprensión, articulado mediante múltiples estrategias, es uno de esos lugares comunes desde los que se puede tener una vista privilegiada. Y la artesanía cósmica, esa navegación para cartografiar instantes, puede estar hecha de pequeñas puntadas, de hilvanes con los que ir conjugando las superficies de nuestras velas (aunque no nos queden bordadas). Quizá con una intermitencia, un ritmo, podamos llegar a conocer, reconocer, nuestras mentes esquizoides. Mirar a todos lados al mismo tiempo sin sentir el mareo del navegante poco experimentado que sólo es capaz de vomitar con cada cambio de dirección y no lo es para adaptar sus mecanismos de equilibrio aprovechando la fuerza del viento con cada cambio de rumbo.

Que el material de paso esté hecho de pequeñas maniobras no quiere decir que no se esté ante un sistema. El problema de los sistemas nunca ha sido su enunciación, sino su rigidez y cierre. Si un sistema se entendía como algo estructural y programático, hoy día, con maniobras más humildes pero más ágiles, podemos sentir sistemas flexibles y abiertos, hechos con estrategias de adaptación a los cambios del medio y al propio devenir.

Que las vanguardias históricas (frente al estreñimiento de sus predecesores) fueron un vómito necesario –por algún lado había que encontrar la salida- no creo que pueda ponerse en duda. Que al arte no le quedaba más remedio que hacerse un lavado de estómago y destripar sus mecanismos, pues claro. Que después de esos vómitos en escopetazo se perdió la flora intestinal y comenzaron a producirse diarreas, evidente. Y ahora ¿qué? Poco a poco, menos pretenciosos pero más ambiciosos, queremos aquellos intestinos vacíos con unas flora y fauna (de conceptos, estrategias, materiales, etc.) más ricos para digerir el mundo complejo que nos toca vivir. El intestino (no lo olvidemos: ese pliegue convertido en tubo), como el pensamiento, como el arte, como la ciencia, como nosotros, también es material de paso; transitable, permeable, poblado por microorganismos que le ayudan en sus funciones, bien irrigado, flexible, móvil, selectivo, condensador, propulsor, receptor, evacuador, abierto: material de paso.

Ya lo dije en otra ocasión: Pensar el límite, como se piensa el vacío virtual de un intestino. Ni ocupado por una mierda blanda acomodaticia a su contenedor, ni ocupado por el fruto de un estreñimiento pertinaz que angula y rectifica la natural curvatura de las entrañas. ¿Existe un hiato pensable entre lo que llamamos pensamiento sólido y blando?

La idea de material de paso supone el uso del arte como identificador y creador de ritmos y funcionamientos similares sobrevolando acontecimientos diversos: ese bucle de materiales atravesados por conceptos diversos y conceptos atravesados por materiales diversos intentando resolver la complejidad técnica, matérica y conceptual con la máxima capacidad sintética que requiera cada caso.

Resulta a estas alturas cansino comprobar la estulticia de aquellos que siguen aún defendiendo técnicas particulares, exclusivas conceptuales o las insuperables virtudes expresivas de tal o cual material: ¿desestimar el grabado calcográfico por obsoleto, pensar que la fotografía es el arma cargada de futuro, adorar al becerro de oro de la electrónica?, ¿no utilizar recursos del minimal, del expresionismo o del ciberarte por creerlos demasiado caracterizados, demasiado atávicos o demasiado fríos?, ¿pensar que hoy el asunto del arte es el meta-arte, la geo-política, el arte social, el retrato, la composición o la naturaleza muerta?, ¿aplaudir a la instalación en detrimento del dibujo o a la pintura en detrimento de los nuevos medios?, ¿aborrecer del uso del texto en las artes plásticas?, ¿dar a la contención o a la frivolidad un valor sobreañadido por sí mismas?, ¿impedir la entrada de puntos de vista científicos o filosóficos?, ¿recomendar a los artistas que no se hagan pajas mentales cuando la crítica se masturba con sus creaciones?: monofrenias. Es todo demasiado complejo como para continuar desde el arte una historia que la ciencia más reduccionista o la filosofía más cartesiana ya han abandonado. O aumentamos la capacidad de acomodación de nuestra mirada y logramos ver lo que subyace o sobrevuela lo visible, lo enunciable, lo mensurable –investigamos y construimos que pasa más allá (parafraseando a Bachelard, no hay más arte que el de lo oculto)- o seguimos chapoteando en océanos de opiniones que sólo nos miden, nos enuncian, nos miran.

Si reconocemos que la porosidad del pensamiento es el medio natural por donde circula nuestra vida…, si pensamos las ideas como piedras de paso en un arroyo en el que ellas mismas van redondeando sus cantos…, si fragilizamos nuestros peldaños haciéndolos de espejo y ascendemos levemente por ellos…, si dejamos de encogernos de hombros para así dejar de encoger nuestro espíritu…, si navegamos sin marearnos a bordo de todos esos barcos que somos cada uno…, si crecemos por intercalación…, si multiplicamos nuestros ojos sin dividir nuestra mirada. Si… entonces… ya veremos. Hoy por hoy… material de paso.

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