MONOFRENIAS Y POLIFRENIAS | ivars, 2002

MONOFRENIAS Y POLIFRENIAS*

Revista  Microfisuras. Cadernos de Pensamento e Creación, nº 20, Vigo, diciembre 2002

… 

… no son los hombres los héroes de la historia, sino los ritmos e ímpetus del surgimiento y fin del mundo en donde figuran hombres.

                                                                                                      Peter Sloterdijk,

Extrañamiento del mundo, 1993

Introducción (privada)

Entre la metáfora y la hipótesis: padecer de monofrenia significa acercarse a la comprensión de las cosas desde algún presupuesto que las haga accesibles, entendibles: una axiomática, un prejuicio, un léxico último[1], en fin, una fe. Esta enfermedad mental, la monofrenia, no tipificada en los manuales de psiquiatría o de desórdenes mentales, mantiene relaciones de parentesco con otra enfermedad, no menos mental, llamada polifrenia, que tampoco aparece en las clasificaciones diagnósticas al uso. Padecer de polifrenia: atender a casi todo, no establecerse en casi nada, descreer. Patologías antagonistas, monofrenia y polifrenia, son al mismo tiempo enfermedades simbióticas: cada una vive de la otra y gracias a la otra. Cualquiera de ellas en solitario conduce a la verdadera locura, a la pérdida del sentido de la realidad, mientras que ritmadas producen una cierta enajenación, diríamos leve, que es el tratamiento de una tercera patología siempre a punto de manifestarse, la esquizofrenia (la llamada inteligencia dividida): ¿una separación caprichosa y estéril o más bien un esfuerzo de síntesis que acaba, por impotencia, en la locura?

Hay pues tres tipos de enfermedad grave -la monofrenia (en solitario), la polifrenia (en solitario), y una quizás menos grave pero más alienante (por pasar culturalmente menos desapercibida), la esquizofrenia- que se tratan con una cuarta enfermedad, monofrenia-polifrenia, que no es sino el vaivén entre las dos primeras (lo explicaremos luego).

Pero vistas así las cosas, ahora podríamos darle la vuelta. Existe una enfermedad original -la vida- no necesariamente grave, aunque muy difícil de sobrellevar, que consiste en la tensión ambivalente entre monofrenia y polifrenia, y que a menudo se trata -se rechaza- con enfermedades más fáciles como la monofrenia extrema, la polifrenia extrema o la esquizofrenia.

Presentamos pues, lo que en una clasificación simplista podríamos llamar patologías privadas, psicológicas. Pero hoy, sabemos bien que no existen los sistemas cerrados (sólo el planeta Tierra es, de momento, considerado un sistema cerrado y finito)[2]. Como quiera que nosotros, los humanos -aunque a veces tratemos de evitarlo- somos sistemas abiertos, pero igualmente finitos, vamos a practicar más agujeros en la membrana que supone toda introducción para que pasen a su través algunos relámpagos de complejidad.

Introducción (pública)

Las patologías privadas son una especie de quistes defensivos, y lo son en función de que existe un medio exterior (extrauterino)[3] que provoca miedo o, cuanto menos, extrañamiento. Pero este medio exterior se confunde -gracias a la cultura, al ambiente grupal- con el medio interior sin que sepamos bien dónde establecer los límites: el afuera está dentro y no sabemos localizarlo; y el adentro fuera, por supuesto.[4] Si extendemos los ejemplos vistos más arriba (monofrenia, polifrenia, esquizofrenia) a nuestros ambientes culturales, quizás no nos sintamos particularmente, privadamente, aludidos y podamos liberarnos del peso de la individualidad -aunque sea por unos momentos- compartiendo la carga con los otros, en lo público.

Ante la ruptura radical y por tanto inoperante que supone la esquizofrenia (véanse: sujeto/objeto, razón/locura, ser/no-ser, absoluto/relativo, vida/muerte, etc.) los tratamientos culturales han apuntado habitualmente a la superación sintética de los problemas construyendo metasistemas que nos caen encima por su excedente de peso o  que nos conducen a una cadena de metalenguajes que más que una aproximación a la sabiduría parece una huida -eso sí, elegante- de ella: una esquizofrenia diferida. Ante la operatividad ciega de la monofrenia o de la polifrenia, las soluciones culturales han consistido en la anestesia alucinógena inyectada en vena por el fundamentalismo o el goteo lento del suero opiáceo del cinismo; más de lo mismo.

Así, podemos ver que las terapias de grupo (antiquísimas) -además de producir numerosos efectos secundarios- no han sido más que un reflejo de lo que individualmente ocurría; sólo que estos tratamientos al ser compartidos por muchos generaban la confianza de, al menos, no sentirnos solos, que no es poco. El refrán Mal de muchos consuelo de tontos, aunque en este contexto y en un mundo de comportamientos correctos suene un poco fuerte, parece no estar muy lejos de ser una buena aproximación a lo que hasta ahora ha ocurrido en el occidente laico. De este consuelo participan la disolución en los mass media y el encapsulamiento en el economicismo privado y seguro. Por su parte, las civilizaciones llamadas no avanzadas (no laicas) han seguido la tradición de la disolución en las jerarquías tradicionales y del encapsulamiento en las creencias religiosas. La carga, después de un breve descanso en lo público, nos vuelve a caer encima, en lo privado, porque ni médicos ni chamanes nos producen ya ninguna confianza.

Las simplificaciones heurísticas citadas en ambas introducciones (privada y pública), tienen sin duda numerosas excepciones que parecen confirmarlas; en éstas, podemos reconocer la complejidad de las situaciones históricas obviadas tan a menudo por el historicismo. Vamos a ver algunos ejemplos o contraejemplos sin ánimo alguno de ser exhaustivos.

Excepciones privadas (sobre los propios pies)

Han existido algunos ejemplares de la especie humana que no se han contentado con fundamentar sus acciones y pensamientos en la voz de los tabúes ni en hacer de sus deseos un revoltijo de caprichos. Nunca han sido mayoría. Estos individuos -no sujetos, no sueltos- han desarrollado su vida en la penumbra de sus condicionantes pero sin ser del todo condicionados y, desde algún rincón de sus mentes, han sacado lo que podríamos denominar voluntad de fuerza[5] para transitar la vida que les tocó vivir sin estar sometidos al yugo jerárquico y sin claudicar a los instintos de poder. Individuos en el margen de toda clasificación, heterodoxos (casi adoxos, al margen de la opinión), condujeron su existencia sin caer en la monofrenia de ninguna fe ni en la polifrenia del cinismo ni, por supuesto, en la esquizofrenia. De estos humanos raros -provenientes de distintas extracciones sociales, culturas y ámbitos geográficos-  pocas ciencias se han ocupado realmente; en todo caso, se han novelado las vidas de aquéllos de los que se tiene alguna memoria, contribuyendo a una mitificación espuria que los aleja de cualquier verosimilitud y, por tanto, del poder de ejemplificación. Esas narraciones hacen de un individuo que no se somete ni quiere someter un personaje o un loco. Pero, si atendemos a lo dicho en la introducción (privada), podemos suponer que estos hombres con voluntad de fuerza supieron sobrellevar sus vidas en circunstancias complejas haciendo caso omiso a las siempre fáciles soluciones que nos brindan las simplificaciones. Pensemos un poco y los veremos: en pie sobre sus propios pies. No citaremos aquí a ninguno y sólo pondremos el contraejemplo del poderoso Alejandro Magno cortando con su espada el nudo gordiano.

Excepciones públicas (superfrénicos, afrénicos y… pontoneros)

Sabemos que en este apartado tendremos que hablar de las excepciones a los casos simples (el integrismo y la disolución) pero también de aquellas a los casos muy elaborados -no debidos tanto a relaciones de número cuanto a la intensidad de sus excesos- (el hiperlogicismo y la mística).

Cuando algunos hombres decidieron ser individuos, dejaron de pactar con los tabúes (casi siempre de origen económico) que regulaban las pautas de conducta del grupo. A estos hombres poseídos por algún delirio de insumisión se les comenzó a castigar en nombre del grupo para terminar, a menudo, siendo víctimas del destierro o del sacrifico. Cuantos más hombres independientes (dicho esto con todas las limitaciones) aparecían, más coercitivamente se imponían las reglas del tabú que pasaron de tener un origen económico y de supervivencia a constituirse en el fundamento de las oligarquías: el poder aislado en su propio poder. Los ritos, en principio cohesionadores para la supervivencia del grupo, se transformaron en meros símbolos adecuados sólo para la autoperpetuación de los poderosos. Esta carrera simbólica hizo carrera en la Historia de los pueblos creyentes: las monofrenias que nos alcanzan el presente, una minusvalía (aunque fuese politeísta). Pero en ciertos lugares la monofrenia comenzó a estar mal vista; algunos individuos empezaron a extender, gracias a una singular mutación (Grecia), un extraordinario virus que acabaría, después de aislado y manipulado, por determinar la eliminación de las monofrenias[6]. Este virus, que fue llamado Razón, fue bien recibido en los terrenos abonados por el poder (ya se sabe, si no puedes con el enemigo únete a él), proporcionándole a éste un instrumento muy eficaz para su legitimación (qué mayor Razón que la de Estado).[7] De este modo, la razón aniquiladora de la sinrazón también hizo una gran carrera en la Historia de los pueblos (la carrera cogió especial carrerilla en los acelerados dos últimos siglos) hasta conseguir hacerlos laicos, descreídos e hiperválidos (esto último pensaban aquellos que padecían una minusvalía por exceso generadora de esta mera plusvalía económica que también nos alcanza el presente). Y es así cómo, la Razón, la gran aniquiladora de las monofrenias, dio origen a la salvación: la polifrenia que nos alcanza el presente y que se resuelve en… ¿superfrenia?. La hipermovilidad alocada es su fruto, una forma hiperlógica y mundana de enajenación.

Sin embargo, antes de que esta pandemia se extendiese por todo Occidente, algunos pueblos de Oriente[8] cayeron en la cuenta de que los lenguajes míticos o argumentativos no conducían más que a una cadena de cadenas, a metalenguajes de metalenguajes que impedían la liberación de los hombres[9]. Esta mutación, también muy antigua, hizo carrera pero no tanta y sólo se desarrolló en algunos puntos concretos del planeta, aunque de manera precaria. Sin embargo, a pesar de las dificultades, contagió a individuos o grupos más o menos aislados en forma de lo que se dio en llamar Mística. Si la Razón fue un virus aislado y manipulado, la Mística no corrió distinta suerte. La negación de las apariencias se convirtió en dogma y fueron muchos los llamados místicos[10] que se alejaron a los desiertos, que se subieron a piedras solitarias o que se encerraron en celdas infligiéndose castigos corporales: iban en busca de un estado de conexión con el Absoluto que los evadiese de los engaños de esta grosera existencia. A diferencia del virus de la Razón, que pretendía la dominación del mundo, el virus místico tenía escasa penetrancia pues no hacía proselitismo, o apenas, y la violencia descargada era sólo privada. Tachados por los lógicos de pre-lógicos o pre-racionales (mágicos), los místicos fueron cada vez más aislados tanto por aquellos que pretendían hacerse con el dominio de las cosas como por su íntimo empeño de alejamiento del mundanal ruido (insoportable les resultaba el eco de sus propias tripas retorcidas por el ayuno). El resultado fue la hiperquietud y el desapego radical de las cosas de este mundo -¿afrenia?, otra enajenación.

La Razón y la Mística pudieron haber sido buenas excepciones públicas, abiertas y ritmadas entre sí. Quizás lo hicieron durante algún tiempo en algún lugar, pero cuando fueron manipuladas y aisladas se convirtieron en exclusivas; otra vez, más de lo mismo.

Ante estas dos enajenaciones muy elaboradas, la Lógica y la Mística, hemos de pensar que germinaron otro tipo de actitudes, fruto de la tensión entre ellas, que se manifestaban de modo diverso en cada una. La Razón siempre tuvo entre su soldadesca algunos traidores que sentían que perdían algo con el éxtasis de la dominación, la técnica, y que, de manera no colegiada pero sí pública, comenzaron a socavarla ya desde los inicios de su triunfo. También entre los místicos aparecieron traidores que añoraban algo más que el ruido normal de sus tripas;  ellos sintieron el desconsuelo de que estar a salvo del mundo, cuando no hay mundo, no conducía más que al éxtasis de la disolución: la afrenia; pues si no hay nada que inteligir para qué queremos la inteligencia. Es así cómo los traidores, los pontoneros que trazaban puentes camuflados entre diversas causas, se nos convirtieron en los predecesores más interesantes de lo que llamamos nuestro tiempo. Somos descendientes de la traición[11], quizás la única tradición que nos merezca la pena conservar.

Debido a la necesidad de disimulo, los renegados de aquellas causas -que tampoco se querían echar en los brazos de la opuesta- empezaron a ir y a venir de un lado a otro y a sentirse más a gusto en la construcción de sus puentes que en las orillas alógica de la Mística o hiperlógica de la Razón. Después, parecieron descubrir que los puentes son estructuras demasiado fijas, tendentes  a la estabilidad, y comenzaron a practicar el salto de un lado a otro del flujo. Aquello que en principio era brusco, sincopado y muy descoordinado, fue intercalándose con un movimiento más tenue, un mecido suave. Comprendieron que el ritmo y la danza, a pesar de las asincronías, las improvisaciones y los errores en los pasos de baile, podían ser algo que aprender de los entretenimientos del vulgo.

El vaivén (privado-público)

La mejor herencia dejada por aquellos bailarines de la mente es que estar todo el tiempo en el mundo nos impide verlo y que estar todo el tiempo fuera del mundo nos deja sin materiales de construcción. Estas idas y venidas suponen vivir la tensión de los extremos recorriendo sin parar -pero no alocadamente- el trayecto que los une/separa, sin intentar ninguna síntesis meta y sin romper el contacto con la realidad (cualquier cosa que ésta sea). Este vaivén no es ninguna fe ni tampoco descreimiento; nada sabe de trascendencia ni de inmanencia; su ahora es su siempre y su siempre es su ahora. Nada más. No tiene lenguaje concreto (está más allá del logos, no más acá) porque sabe que el lenguaje es la trampa y si lo utiliza es para deshacerse de él (el lenguaje como cazador, cebo, trampa y víctima). No opina, sólo construye en el silencio de las paradojas. Todos lo practicamos, lo sepamos o no, lo valoremos o no.

Cuando en la introducción privada se aludía al vaivén entre la monofrenia y la polifrenia -enfermedad leve- como terapéutica de enfermedades graves, también se aludía a la posibilidad de ver en ella a la enfermedad de origen, la vida. Que la vida sea la enfermedad de origen y su tratamiento resulta paradójico. No podíamos llegar a menos. El vaivén[12] (entre los extremos de la monofrenia y la polifrenia, entre el uno y lo múltiple, entre la globalización y la fragmentación, entre el fundamentalismo y el descreimiento, entre lo privado y lo público, entre lo continuo y lo discontinuo, entre el sujeto y el objeto, entre lo temporal y lo eterno, entre orden y caos, entre Lógica y Mística…) es algo que no resuelve. La resolución del problema se fundamenta en la idea de problema. No hay problema si no hay dualidad[13]. El lenguaje, el logos, no atiende más que farragosamente a los estados intermedios; como mucho, de manera clara, sólo al estado central: el de equilibrio. Pero el vaivén recorre todos los puntos del trayecto sin nombrarlos, sin definirlos, sin fijarlos en tal o cual nombre, pues sabe que estos nombres son estaciones simplificadoras en las que nos apeamos del tren en marcha, fundamos un territorio y meamos por las esquinas para que nadie nos perturbe la paz (mundana o extra-mundana). Las formas del vaivén son infinitas, jamás se vuelve al mismo sitio. Cada movimiento implica alguna variación, aunque sea infinitesimal, que produce una desviación del eje de movimiento y, a poco que esto ocurra, se recorrerá/construirá gran parte del plano vital. La cartografía será trazada por las estelas de polvo o de espuma dejadas en los diversos avatares. Pues bien, esa cartografía -ese plano- no sirve, en rigor, a nadie. No viene nadie detrás[14] y el que ejecuta el movimiento no lo volverá a recorrer jamás; los intersticios entre las estelas son su tarea, su devenir. No hay estaciones que identificar en este mapa ni próxima parada. No hay nombres que poner, no hay señales, sólo queda el rumor de un vibrato, de algo que se mueve y se roza con lo demás. Apenas nada; y, sin embargo, tanto.

El vaivén es privado y tanto su intensificación como su extensión producen una vibración de la intimidad que lo convierten en verdaderamente público, responsable.

Después de siglos de avance de la Razón que avanza acelerada, dominadora, práctica, normativa, progresiva… grosera ¿no estamos empezando a oír su murmullo? ¿no se está convirtiendo ella misma en rumor después de acallar su propio griterío? ¿no está reclamando la voz de aquélla mística que no se quiera exclusiva? ¿no quiere bailar con ella? ¿no es ahora más… razonable? No hay que mirar a otro lado -aunque sepamos que algunas personas en algunos lugares del mundo esto lo supieron y lo mantuvieron, lo saben y lo mantienen, como no podía ser menos, en sigilo[15]-, está aquí, ahora.

Ya hemos pagado en Occidente[16] la pena del dominio (y en Oriente la pena del dominio del dominio, pero ése es otro largo tema), su vocerío ensordecedor. Podemos ahora, después de bajados los volúmenes, oír aquello que latía tenuemente en nuestros corazones; escuchar el íntimo rumor, el vibrato que nos hace cómplices de nada en concreto, de la nada discreta, del ritmo de estar aquí por algún tiempo y luego marchar; prestar atención al material de paso –nosotros, todos, todo- que transmite vibraciones (en forma de ADN o de versos, de vasijas de barro o de caricias, de matemáticas o de sufrimientos) como el diapasón que resuena y que no se detiene en monofrenias ni en polifrenias, en esos trucos del lenguaje. La verdadera inteligencia[17] nunca es truculenta, ella sabe que fue el gran truco de los dioses y no se enfada por esto.

El vibrato[18] (ni privado ni público)

Seamos verdaderamente prácticos y… hagámoslo ex profeso y ex-profesos:

HAY MÁS/ COSAS QUE HACER/ EN EL MUNDO/ QUE/ ESTAR TODO EL TIEMPO/ EN/ ÉL

Oligofrenia (íntima)[19]                                 joaquín ivars

 

 

 

 

 


* Publicado en el N° 20 de Microfisuras. Cadernos de pensamiento e creación, Vigo, Microfisuras, 2002.

[1] Usamos, no interpretamos, el concepto utilizado por Richard Rorty en Contingencia, ironía y solidaridad (Barcelona, Paidós, 1996)

[2] Esta consideración es más de carácter económico-ecológico que gnoseológico.

[3] El gran quiste uterino, nuestra primera defensa, estalla para que nosotros salgamos de él, pero en cierto modo no cesa de recordarnos aquella protección prima. Estos dobles mensajes maternos que nos expulsan y nos retienen son considerados a menudo -junto a la figura del padre ausente- por los expertos en psiquiatría, como una de las causas de la esquizofrenia.

[4] Padecemos de poliquistosis. Somos quistes llenos de quistes, todos ficticios. La  complejidad de nuestro ambiente es tal, que cualquier intento de aislacionismo se nos antoja, más que inverosímil, estúpido. Pero, por otro lado, si no nos enquistamos, nos disolvemos en el quiste gigante de la cultura: todo el interior es un afuera; otro mecanismo de defensa es no tener ningún mecanismo de defensa. Podríamos establecer un tratadillo del quiste (o si se prefiere de las cajas chinas), pero bastante patología estamos ya usando.

[5] Peter Sloterdijk nos habla de la “voluntad de fuerza” en oposición a la “voluntad de poder” niestzchiana. Para aquél la voluntad de poder sería algo así como la pérdida de la fuerza, el último estertor de la impotencia. (Cf. El pensador en escena. El materialismo de Nietzsche, 1986).

[6] Se podría argumentar que este virus es también origen de monofrenia, pero el caso es que su monofrenia es la eliminación de las monofrenias. Cosas de los monos frénicos y tal…

[7] No digamos la fatal alianza establecida entre este virus y las monofrenias oficiales cristiana o hebraica, esas paranoias que también nos alcanzan el presente. No nos falta de nada.

[8] Occidente ya no es un lugar, es un estado mental. Nos dice Giacomo Marramao: El País crepuscular (Abendland) tiene una identidad inexorablemente parcial, asediada por la angustia del difuminarse los contornos, del horror al abismarse como retorno al gran vientre asiático, al mundo de lo improductivo y de la seducción. ( “Política y secularización” en Otra mirada sobre la época, Murcia, Colección de Arquilectura, 1994, p. 137).

[9]  Ver estos temas tratados por S. Pániker en Aproximación al origen (1982) y Filosofía y mística (1992).

[10] Existieron, por supuesto, otro tipo de místicos: excepciones de las excepciones. Hablamos de ellos más adelante.

[11] Nunca serán suficientemente numerosos ni grandes los monumentos a la herejía, al transfugismo, a la deserción o a la apostasía.

[12] Ver en Verdad y método (Salamanca, Sígueme, 1988) de H.-G. Gadamer el concepto de vaivén, el arte como transformación del juego en construcción.

[13] Un miembro de la audiencia le preguntó: ”Dr. Suzuki, cuando usted utiliza la palabra realidad, ¿Se está refiriendo a la realidad relativa del mundo físico o a la realidad absoluta del mundo trascendental?”. Cerró los ojos y adoptó esa actitud característica que algunos de nosotros llamamos “hacer el Suzuki”, y en la que nadie podía asegurar si estaba en profunda meditación o completamente dormido. Tras pasar aproximadamente un minuto en silencio abrió los ojos y dijo: ”Sí”. (Recuerdos de Alan Watts citados por Mr. Humphreys en su obra Budismo Zen).

[14] Cualquier niño sabe que no se puede poner un columpio detrás de otro; a lo sumo pueden moverse en paralelo, nunca en serie.

[15] No han pasado, como nosotros, de la Vulgata (el best seller de la palabra de Dios) a la Divulgata (el best seller de los best seller: los semanarios y revistas del corazón de la cultura y los diversos cánones y rankings).

[16] “Oriente” es el precio de la primacía, lo que se ha perdido [en Occidente] con la decisión de transformar el mundo. El sentimiento de carencia hace que surja en el mismo logos el deseo de choque con el a-logon, el impulso por llegar continuamente al naufragio. (G. Marramao, Opus cit., p.136).

[17] Ésta [la inteligencia] no es algo que esté ligado al sujeto como una propiedad privada, sino algo que irrumpe como un desafío y una revelación. Puede que las limitaciones de esa vieja y obtusa ilustración se hagan rápidamente visibles en este contexto: a saber, como las limitaciones derivadas de la tentativa de circunscribir la inteligencia a los términos de una propiedad subjetiva, libre de riesgos, erigida sobre un determinado centro estático, en lugar de comprender que ésta sólo se pone en funcionamiento como magnitud procesal y dramática –más allá de la ilusión individual de la propiedad que ha distorsionado todos los aspectos de la vida en la modernidad. Nietzsche descubre la inteligencia como la virtud del viajero y del “psiconauta”, como un rasgo del navegante,… (P. Sloterdijk, Opus cit., p.136).

[18] A falta de un término más adecuado, utilizamos uno musical: el vibrato. Los cuerpos sonoros son cuerpos vibrantes, oscilan entre sus extremos sin cambiar de forma aparente pero transmiten su estado. Preferimos esta abstracción musical a la posibilidad de utilizar términos manidos y a la de hablar de una razón que devenga extra-mundana o de una mística que devenga intra-mundana.

[19] Gracias a la inteligencia de muchos autores conseguimos disfrazar la escasez de la nuestra. Hemos citado aquí a algunos de ellos y no a Gilles Deleuze. Él está en cada espacio vacío, entre todas las palabras, que descomponen este texto.

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