MOSCAS MUERTAS. i.e. | ivars, 2012

MOSCAS MUERTAS, i.e.

Conferencia inaugural Art Jaén. Catálogo Art Jaén 2011

Empezaré por una pequeña reflexión que retomaré al final, pero me gustaría que la conociesen de entrada: A menudo nos impide aplastar una mosca no su velocidad ni sus cambios de trayectoria, ni nuestra mayor o menor habilidad, y tampoco nos suele impedir hacerlo la “inmoralidad” del acto. Lo que suele impedirnos acabar con la dichosa mosca es la superficie en la que se posa (el pastel, la cabeza del niño, la herida, el vestidito limpio…)

Hace años, en una entrevista en televisión, decía un banquero famoso, de cuyo nombre no sé si quiero acordarme, que los artistas pasan todo el tiempo hablando de dinero mientras que los banqueros pasan todo el tiempo hablando de arte. Aunque los tiempos parece que apremian a lo contrario, voy a tratar de romper la fórmula ingeniosa de Mario Conde; sí, fue él. Así que, en estos minutos con ustedes, trataré de romper esa fórmula y hablaré de algunos asuntos del arte.

Durante esta charla podrán ver[1] el reflejo de algo más de dos décadas de trabajo que servirá de telón de fondo a algunas preguntas que me propongo compartir con ustedes. Dice Jorge Wagensberg que responder es un acto de adaptación y preguntar un acto de rebelión. Vamos pues a rebelarnos un poco, solo un poco.

Lo que están viendo a mis espaldas tiene que ver con una ocupación, y, por lo tanto, la primera pregunta será ¿De qué nos ocupamos cuando hacemos arte? No pienso aquí entrar en definiciones fundamentales sobre qué es arte. Lo dejamos para otra cita. Supongamos que ya compartimos un cierto consenso acerca de qué es eso que venimos llamando arte desde hace varios siglos y a partir de ahí podemos preguntarnos los artistas: ¿A qué dedico mis intenciones artísticas? Saber de qué se ocupa uno es importante, no creo que nadie de los presentes piense que se trata de un hacer por hacer. Y entonces les traslado una de mis máximas preocupaciones que no tiene que ver solo con el fenómeno artístico sino con la vida en general. Es una pregunta que podría hacerse cualquiera desde su ámbito profesional; es la pregunta por la especialización. En este caso concreto la especialización de los artistas, y cuando me refiero a la especialización me refiero tanto a los contenidos como a las técnicas, disciplinas, etc. Y entonces surge un nudo, un problema. Uno, o una, puede ser pintor de señoras estupendas y famosas, o escultora en hierro de formas abstractas, o grabador de paisajes, o grafitero antisistema, o grafitero de interiores, o artista lúdico relacional en internet, o acuarelista psicosocial, o fotógrafo de espíritus, o… etc. etc. etc. Es decir, uno, o una elige su trayecto, y entonces, uno o una, acotado su campo de acción, transita en línea más o menos recta, de manera más o menos progresiva, hacia el cumplimiento de un destino en el que se irán cubriendo objetivos y metas y en cuyo recorrido podrá aparecer alguna que otra sorpresa estimulante, un acontecimiento, que le hará ocasionalmente cambiar el rumbo o, por el contrario, indiferente a las perturbaciones, permanecer en lo que estaba.

Bien, esto es lo que ha solido acontecer. Y así, han venido sucediéndose los diferentes estilos artísticos, las predominancias de unas técnicas sobre otras y las diversas maneras de entender las cosas y las distintas maneras en que hemos hecho las narraciones de lo que nos ha venido pasando; narraciones que expresan los diversos modos en que nos contamos las cosas que nos pasan. La muerte del padre, la sustitución progresiva de unos estilos por otros, de unas técnicas por otras, la preponderancia de unos contenidos y unos temas sobre otros según la época, la década, el año, la temporada o el último minuto. Y a eso, nuestras ocupaciones, prestamos no poco tiempo y energías y los llamamos nuestros problemas, los nuestros.

Sin embargo, en esas maneras que tenemos de contarnos las cosas que nos pasan, hemos dejado muchos cadáveres, propios y ajenos (cosas sin aprender y cosas que denostar) y nos hemos enredado en muchos falsos problemas. Lo que damos en llamar Arte Contemporáneo, hace mucho tiempo que a mi juicio ha estado enredándose en falsos problemas y se ha cargado de falacias y opiniones establecidas sólo por el hecho de que bastante pasivamente las hemos recibido y las hemos practicado. Y esta dedicación exhaustiva (a determinados problemas que suelen ponerse de moda o que “nos sientan tan bien” y que se erigen en asuntos exclusivos de nuestros quehaceres) quizá no nos deja tiempo, ni aire, para dedicarnos a otras cosas más sustanciosas que necesitamos, aunque sólo sea para abrir un poco de espacio a nuestro alrededor y evitar la asfixia. Nos hemos especializado en nuestros problemas y acaso no seamos capaces de ver otros. Uno o una enciende una cerilla que nos conviene y todos vamos detrás de su exigua luz como zombis; uno o una ve al rey desnudo y todos nos ponemos las gafas obsesivas de ver reyes desnudos en cada recodo del camino. Y terminamos trabajando en algún tipo de franquicia estilística que alguien puso en marcha (con el riesgo que tiene poner algo en marcha) y los demás no hacemos más que pagar por la franquicia, por la “concesión”, y recibir cierto reconocimiento social y económico cuando el talento, el contexto de intereses cruzados y las circunstancias lo permiten.

No hace tanto tiempo abundaban los debates encendidos entre la abstracción y la figuración, un debate que ahora se nos antoja hasta pueril. ¿Y sobre la desmaterialización del arte? ¿Nos acordamos aún? Si hoy día vendemos el aire de nuestras acciones y el documento de nuestros excrementos ¿qué queda de aquel debate? Y del apropiacionismo que iba a redimirnos de la capitalización de los originales y de la autoría ¿qué queda? ¿Qué queda de la hasta hace muy poco vitoreada consigna del artista como etnógrafo?

Y, ahora, en este momento, ¿en qué consisten nuestros debates actuales o qué queda de los restos de debates hace tiempo interpuestos? A continuación pongo algunos ejemplos de debates o de afirmaciones asumidas con naturalidad pero quizás poco sustantivas o no suficientemente conectadas. En todo caso, se trata de especies de campos semánticos en los que, como decía, invertimos no pocas energías. Expongo, pues, un listado de ejemplos de manera un tanto exhaustiva. Discúlpenme la retahíla:

lo metafísico/lo físico/ la producción de lo inmanente/el acontecimiento/la obsolescencia/la permanencia, etc.

lo participativo/lo colaborativo/lo relacional/lo representativo/las poéticas de la individualidad, etc.

autor/productor/no autor/genio/héroe/creador/autoría múltiple, etc.

institución/ no institución/lo alternativo/lo marginal/sistema/antisistema/desde dentro/ desde fuera, etc.

producción/postproducción/no producción/metaarte/artesanía, etc.

lo biopolítico/lo político/lo metapolítico/el compromiso/ las micropolíticas/activismo, etc.

lo local/lo global/la identidad/lo popular/ la cultura de masas/el norte/el sur/el este/el oeste, etc.

el silencio/la comunicación/el espectáculo/la emboscada/ el camuflaje, etc.

lo arbóreo/lo rizomático/lo vertical/lo horizontal/las jerarquías/las redes, etc.

lo determinado/lo indeterminado/la verdad/las versiones/la ironía/la ficción, etc.

lo canónico/lo anómico/lo expandido/lo restringido/las tácticas/las estrategias, etc.

lo tecnológico/lo virtual/lo real/lo biotécnico/lo científico/lo artificial, etc.

la ideología/la antideología/el pragmatismo/el utilitarismo/la responsabilidad/la irresponsabilidad, etc.

lo auténtico/lo inauténtico/la copia/el original/lo único/lo múltiple/el simulacro/lo reproductible, etc.

lo sedentario/lo nomádico/el viaje/la contemplación/las fronteras/las fugas/lo histórico/lo geográfico, etc.

Y… aún: el contenido/la forma/el concepto/el percepto/el significante/el código/ lo narrativo/el discurso/la obra, etc.

y etc., etc., etc.

Y dentro de cada uno de esta especie de campos semánticos, que a menudo terminan convertidos en campos de concentración sintácticos, cabe la misma atomización o pulverización en pequeñas parcelas de oposición de unos contra otros encastillados en posiciones definidas con un marcado carácter cartesiano, es decir: o esto o lo otro. La conjunción disyuntiva “o” toma el mando y se hace cargo del asunto.

Decía Edgar Morin[2] hace ya unos años, que mientras los medios de comunicación generan cretinos vulgares, la universidad, por su especialización, genera cretinos de alto nivel, es decir gentes que saben muchísimo de casi nada. Este asunto creo que, además, tiene que ver con un asunto de dominación. Veamos. La especialización crea dos especies de dominadores. La primera especie es la de los especializados, que al dominar su parcela de conocimiento se hacen con un saber que es un poder. La segunda especie es la de aquellos que controlan a los especializados, a saber, aquellos que dominan ámbitos de poder globalizado o generalizado por los que necesariamente han de pasar los conocimientos especializados; algunos ejemplos son: la economía, la política, los medios de comunicación y las diferentes alianzas que entre estos se producen.

Parece que me estoy desviando de mi intención inicial: hablar de arte. Pero no lo creo. Preguntémonos otra vez la pregunta que hice al principio: ¿De qué nos ocupamos cuando hacemos arte? Si nos preguntamos acerca de la especialización artística, veremos que en más ocasiones de las que uno quisiera (aunque no siempre), la especialización nos conduce a un cretinismo de alto nivel, somos excepcionalmente buenos en una micro-parcela del saber y del hacer. La siguiente pregunta que se me presenta es: Cuando hacemos esto ¿estamos dejando de cumplir con una de las dimensiones fundamentales del arte que, a mi juicio, es la de interpretar lo que nos pasa y expresarlo? Es decir ¿Somos capaces de afrontar los asuntos humanos instalados, subidos, en esta o aquella atalaya epistemológica? Y mi primera respuesta es que en algunas ocasiones sí somos capaces. Existen y han existido autores que trabajando especializadamente han sabido trascender su especialidad y dotar su obra con altos grados de densidad semántica, de significados amplios y profundos que han logrado implicarse en la totalidad de los asuntos humanos. Pero también hay que reconocer que en la inmensa mayoría de los casos, la especialización ha terminado produciendo orejeras que no dejan ver en otras direcciones y apenas si han servido para destacarnos como dominadores de bajo nivel sometidos absolutamente a los dictados, al dictum, de la política, la economía o la comunicación, por ejemplo, sin tener ninguna visión de conjunto que ofrecer para contrarrestar su dominación. Y no estoy diciendo que la política, la economía o la comunicación encarnen el mal, simplemente digo que su visión que no es homogénea (hay diversos modelos dentro de cada una de ellas), sí es totalizadora en el sentido de que infiltra todas y cada una de las actividades humanas. Y también digo que hay muchos intereses e interesados detrás de esas visiones que conocen y practican el adagio: divide y vencerás. Divide al otro, divide lo otro, pero, claro, tú mantente unido.

Ulrick Beck, un sociólogo que ha escrito entre otros libros La sociedad del riesgo, se hace también preguntas acerca de la especialización en todos los órdenes de la vida: Así, en su libro escrito junto a Anthony Giddens y Scott Lash, titulado Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno), Beck se pregunta por este asunto:

[…] ¿Y por qué no habrán de encontrarse nuevos terrenos fértiles al atender a lo opuesto, es decir, a la especialización en interrelaciones, a los entendimientos contextuales y a la comunicación entre fronteras? […]

[…] ¿No es un tanto aburrido, un tanto insuficientemente complejo, interpretar siempre la desintegración del mundo antiguo en “códigos binarios”? ¿No es hora de romper este gran tabú de simplificación sociológica y, por ejemplo, investigar la síntesis de códigos, buscar dónde y cómo se están produciendo hoy estas síntesis? ¿Es de verdad descartable, […], la combinación de arte y ciencia, de tecnología y ecología, de economía y política, una combinación que tenga como resultado algo que no sea ni lo uno ni lo otro, una tercera entidad, todavía desconocida y aún por descubrir? ¿Por qué debe ser concebida y desarrollada la propia ciencia, que todo lo transforma, como si fuera ella misma intransformable? […][3]

Esta última pregunta podríamos parafrasearla así:

¿Por qué debe ser concebido y desarrollado el arte, que todo lo puede transformar, como si fuese él mismo intransformable?

Planteada la pregunta como acto de rebelión trataré de dar ahora una respuesta como acto de adaptación:

Si el dilema es el Todo o las partes, dedicarnos a partes especializadas según nos han enseñado (sobre todo desde los éxitos científico-técnicos de los siglos XVI al XIX y sus consecuencias en las escuelas técnicas de especialización napoleónica que nos llegó hasta el siglo XX) es una opción. Dedicarse a las partes, es una opción que algunos han manejado inteligentemente, han sabido trascender su especialización, tal y como decíamos antes, para evitar la dominación de los globalizadores (economía, política, comunicación, o sea, el mundo de la gerencia de los asuntos humanos). Es una buena opción si queremos y sabemos trascender nuestro pequeño reino de taifas y ocuparnos libremente desde ese pequeño territorio, con amplitud y profundidad, de los asuntos que nos atañen sin ceder ni un ápice de soberanía. Pero sabido esto, si el interés lo centramos en el Todo, ¿qué podemos hacer?

El asunto parece inconmensurable, querer enfrentarse al Todo produce la sensación de que podemos pretender asumir una responsabilidad fuera del alcance de nuestras fuerzas. Una tarea titánica que solo algunos pretenciosos se atreven a acometer. Sin embargo, creo que no es así. Enfrentarse al Todo es mayormente una cuestión de ánimo, de intención, de, como decía, un modo de libertad que no quiere ceder nada de su soberanía, de su legítima  libertad de interpretación y actuación. Enfrentarse al Todo, no significa dominarlo todo, ni conocer todo absolutamente. Enfrentarse al Todo puede significar encontrar o restablecer aquellas conexiones o relaciones ocultas que se hayan entre las cosas, entre los acontecimientos, entre las formas aparentes de la realidad que se nos muestra o que se nos vende, o puede significar encontrar espacios no transitados por las lecciones aprendidas en la exhaustiva parcelación del saber que nos hace ignorantes e incapaces, ciegos, frente a aquello que no controlamos. Enfrentarse al Todo, no significa, según mi criterio, subirse a ninguna atalaya sino bajar a pie de tierra. Enfrentarse al Todo puede significar asumir el avance sin necesidad de dominación, puede significar adentrarse en la complejidad del mundo sabiendo, intuyendo, que el mundo es bastante semejante a sí mismo en muchos y diferentes territorios; que el mundo, que los problemas, que las disciplinas que tradicionalmente lo han abordado desde diferentes posiciones de combate son más parecidos de lo que pensamos. Que el mundo se parece más a sí mismo de lo que nos han contado y hemos creído. Que el mundo es más autosemejante de lo que nos han dicho siempre. Que enfrentarse al Todo de entrada parece más realista que hacerlo frente a las partes que no son más que un corte arbitrario que nosotros hemos hecho sobre la realidad. La realidad de un cuerpo no es una radiografía  o un TAC, la realidad del ser humano no es un test psicológico, la realidad de la Tierra no es una prospección geológica. Eso lo sabemos. Organizar nuestros saberes, en libertad, sin las restricciones de contorno que imponen la dominación y los dominadores es una tarea que el arte está en condiciones de abordar. El carácter del juego del arte, como nos diría Hans George Gadamer[4], lo posibilita como herramienta privilegiada para restablecer esas conexiones ocultas, construirlas, ensayarlas, y así poder dotar de sentido a la razón sustantiva para que no siga secuestrada bajo el mandato de la razón instrumental. Y que el juego… la alianza con el azar, el juego del arte con sus infinitas posibilidades puede ayudarnos a conseguir una mejor comprensión del mundo y, por tanto, de sus propias posibilidades. En palabras de Gilles Deleuze: Hay que considerar la obra en su totalidad, seguirla más que juzgarla, recorrer sus bifurcaciones, sus estancamientos, sus ascensos, sus brechas, aceptarla, recibirla entera. De otro modo no se comprende nada.[5]

Ese modo de mirar la obra es, a mi juicio, el modo más interesante de mirar el mundo. Recibirlo entero, sin diseccionar en partes que resultan de amputaciones más o menos arbitrarias, incluso la artística lo es. No estamos diciendo que la atalaya sea el arte, sino que, muy al contrario, nos bajemos de ahí y vayamos al encuentro de otras cosas, de otros mundos, pero sin que nadie nos marque o nos imponga el camino ni nadie nos diga en qué casilla debemos instalarnos. Y espero que no se interpreten estas palabras como la presentación de una solución, espero que se interpreten como preguntas que rodean a la pregunta  ¿de qué nos ocupamos cuando hacemos arte?

Nos dice también Deleuze:

“Porque afirmar todo el azar, hacer del azar un objeto de afirmación, sólo el pensamiento puede hacerlo. Y si se intenta jugar a este juego fuera del pensamiento, no ocurre nada, y si se intenta producir otro resultado que no sea la obra de arte, nada se produce. Es pues, el juego reservado al pensamiento y al arte, donde ya no hay sino victorias para los que han sabido jugar, es decir afirmar y ramificar el azar, en lugar de dividirlo para dominarlo, para apostar, para ganar. Este juego que sólo está en el pensamiento, y que no tiene otro resultado sino la obra de arte, es también lo que hace que el pensamiento y el arte sean reales y trastornen la realidad, la moralidad y la economía del mundo.”[6]

Fin de la cita.

Ramificar el azar, jugar por jugar no por competir ni dominar esta o aquella parcela del saber o del poder, es el juego; no una respuesta, sino un juego real, arriesgado, para intentar transformar la realidad, la moralidad y la economía del mundo desde la práctica artística que nos ocupa.

 

La segunda pregunta que pretendo compartir con ustedes es la que hace referencia a ese binomio tan de moda en nuestros días que es el que forman arte y política. Una pregunta, sin duda, relacionada con la anterior porque se trata de una especialización. Veamos. Hoy en día parece que, en gran medida, el arte internacional o es político o no es interesante, salvadas algunas excepciones. Y no seré yo quien niegue esa dimensión sociopolítica del arte. Está ahí y ha aparecido siempre en las mejores obras que se han realizado a lo largo de la historia. Pero la pregunta que quiero compartir con ustedes no trata de una dimensión, de una de ellas, sino que la pregunta trata acerca de un arte que se dimensiona exclusivamente en lo político o lo social y que frecuentemente adolece de un actualismo que parece abandonar lo importante porque va detrás de la cerilla encendida de lo urgente.

Dos de los temas que más y mejor han atravesado los últimos decenios han sido formulados como preguntas: el problema del “nosotros” explícitamente planteado por Foucault pero también por Habermas, Rorty, Sloterdijk y tantos otros; y la pregunta sobre “cómo nos contamos las cosas que nos pasan” de Deleuze que ya mencioné antes, pero también formulada por Debord, Mac Luhan y tantos otros. Estos dos problemas no son equivalentes pero tienen mucho en común y son de gran importancia para el futuro de nuestras democracias.

El arte socio-político parece querer tratar del nosotros y contarnos las cosas que nos pasan, y a eso no se le puede poner ningún obstáculo, es de las intenciones más legítimas, a priori, que uno puede encontrar.

Pero me asaltan varias dudas acerca de su validez cognoscitiva y de sus prácticas expresivas. Las dudas son de tipo epistemológico, de tipo ético, de tipo profesional o deontológico y de tipo íntimo-sentimental. Permítanme compartirlas.

De entrada, se trata de una especialización, y ello conduce, según mi punto de vista y como ya supondrán ustedes por el análisis anterior, a una cierta posibilidad de hacer del ser humano un ser unidimensional, tan unidimensional como algunos economistas sugirieron cuando cifraron al “homo economicus”, el hombre cuyos actos están siempre regidos por la racionalidad de factores económicos, como paradigma del ser humano. La unidimensionalidad socio-política del ser humano, como la económica, o la artística, o la científica, es una opción tan arbitraria como lo es el corte sobre la realidad del que hablaba antes. Es decir, el arte especializadamente socio-político me suscita dudas epistemológicas. Dudas sobre su validez para la comprensión de los problemas humanos. Estas dudas se suscitan fundamentalmente en el concepto de especialización: Arte especializado, arte político en este caso, que abandona otros modos y contenidos del arte para aplicarse exclusivamente en la detección, en la denuncia y en la solución de problemas que en la mayor parte de los casos implican de manera primordial a nuestro carácter de ciudadanos.  Este carácter aplicado del arte, me deja con muchas dudas sobre si lo que hacemos es lo que tenemos que hacer, o si deberíamos ir más allá de las constataciones y de las obviedades en busca de la producción de un conocimiento complejo que nos ayude a repensar mejor quienes somos “nosotros” y “cómo nos contamos esas cosas que nos pasan”. Y además, y como segundo aspecto de esta duda, este tipo de arte suele lastrarse con una segunda especialización, una especialización en el presente, un cierto presentismo y un cierto actualismo que raramente cuestionan las causas profundas de por qué nos pasan estas cosas que nos pasan a nosotros o a otros: guerras, miserias físicas y psicológicas, dominación, corrupción, etcétera, etcétera.

En segundo lugar, las dudas éticas. Las dudas éticas surgen cuando se producen recompensas a las detección, denuncia y resolución de problemas que nos atañen como ciudadanos. Recompensa socio-económica para aquellos artistas que se han especializado en la denuncia de los males y los malos del mundo. Es bien sabido que muchos decimos que la recompensa social, institucional, profesional, sentimental, etc. tiene que ver con una cierta acumulación de capital simbólico. Pero es raro el caso en el que ese tipo de recompensas simbólicas no terminen también germinando un cierto rédito económico. “Hay que comer” dicen, como excusa generalizada, aquellos que fundamentan sus ingresos económicos, en ocasiones emolumentos desmesurados, en la miseria y los problemas de los demás.

En tercer lugar, pero absolutamente relacionado con las dudas anteriores, me encuentro con dudas profesionales. Estas dudas profesionales aparecen cuando uno ve las acciones artístico-políticas participando del entramado institucional/empresarial con el fin de ejercer las labores de detección, denuncia y resolución de problemas reales o simbólicos o ejerciendo estas labores en el espacio físico y mental alternativo, marginal,  desde donde se dice encarar estas tareas con una irreductible autonomía. Dudas que están fundamentadas en que las instituciones y los espacios alternativos tienen multitud de vasos comunicantes y sabemos perfectamente que el inicio de carreras en el espacio alternativo busca finalmente el reconocimiento en el espacio institucional y empresarial con los consecuentes parabienes para sus protagonistas. Esta comunicación entre ambos tipos de espacios tiene consecuencias diversas y connotan la posible legitimidad del arte político entre una cierta ingenuidad y un cierto cinismo rentable.

Y, por último, las dudas sentimentales surgen cuando muchas veces uno ve su intimidad, y la de muchos otros, socavada por el aplastamiento que produce lo colectivo. El yo arroyado por el mainstream de lo relacional, por ejemplo, o de la puesta al servicio de lo comunitario de valores y valías individuales -somos tan poca cosa-, que en muchos casos son aniquilados por las circunstancias políticas, las presiones sociales o las necesidades mediáticas.

Sin embargo, también tengo que decir que, existen honrosas excepciones que confirman la regla de mis dudas. Existen artistas que se mueven en el ámbito del arte socio-político tratando de ampliar las dimensiones del ser humano, despreciando los réditos simbólicos, sociales y económicos, apartándose de las tentaciones institucionales y empresariales porque consideran que su actividad así lo exige y solicitando para la individualidad del ser humano un espacio libre de consignas masificadoras. Pero, como digo, son excepciones, yo diría que son excepcionales en el más digno sentido de la palabra y por lo tanto destacan sobre un fondo de prácticas que parecen confirmar mis dudas acerca de la conveniencia del arte político-social tal y como se practica en nuestros días.

Sirva esta aproximación a la especialización del arte político como ejemplo para la reflexión sobre el asunto de la especialización en general. Podríamos hacer prácticamente lo mismo con cualquier otro modo de hacer y saber que basa sus fundamentos en lo establecido canónicamente dentro de especialidades que están a punto de reventar en todas direcciones. Y claro que uno puede estar equivocado en estas apreciaciones. Les recuerdo la reflexión que hice al principio.

A menudo nos impide aplastar una mosca no su velocidad ni sus cambios de trayectoria, ni nuestra mayor o menor habilidad y tampoco nos suele impedir hacerlo la “inmoralidad” del acto. Lo que suele impedirnos acabar con la dichosa mosca es la superficie en la que se posa (el pastel, la cabeza del niño, la herida, el vestidito limpio…)

Si pensamos la mosca como el arte que se posa en diversas superficies, sean estas las que sean, tratando de obtener algún nutriente, tendremos que ser muy cautos para no aplastarla sin más ni más. Siguiendo con el ejemplo anterior, el del arte socio-político, si la mosca se posa, sobre las desgracias humanas, habrá que tener cuidado de no manchar esa superficie más de lo que ya lo está. Discutir sobre la conveniencia del arte político, por ejemplo, no puede conducir a tratarlo como algo que deba ser aplastado, ni mucho menos. Será mejor repensarlo y tratar de ver qué posibilidades de ampliación y profundidad contiene y tratar de salvarle de estropicios a él y al pastel, a la cabecita del niño, la herida, o el vestidito limpio de las gentes que nos rodean.

Sin embargo, y a pesar de todo lo dicho, creo que existen superficies que se merecen el aplastamiento, aunque las moscas seguramente no se merecen nuestra torpeza a la hora de convivir con ellas. Para terminar les leo un cuento que se titula Moscas muertas.

Moscas muertas

Cuando leí que Godard había dicho que todo niño es un preso político no me di cuenta. Años después recordé un cruel juego infantil al que solíamos jugar a finales de los años sesenta y principios de los setenta en las aulas de un colegio de agustinos.

Entonces comenzaba cierta apertura del régimen -los castigos corporales en el cole habían disminuido- y el Concilio Vaticano II había introducido los aires pop en las iglesias: versiones de The Beatles para la Santa Misa y coloridos collages para los murales ecuménicos de trabajos de religión, por ejemplo. Sin embargo, algún capón o algún tortazo aún se le escapaban a algún cura o a algún somatén, esa guardia paramilitar que se encargaba de las clases de “política” y de las de educación física.

En las tardes de la última primavera, ya con el calor metido en las aulas, solíamos cazar las moscas que se colaban en clase para distraer, tópicamente, a casi todos los compañeros. Una vez cazadas en el aire a golpe de mano con la habilidad fruto del duro entrenamiento les quitábamos las alas y las hacíamos bailar su propia danza fúnebre por encima del pupitre. No era la mosca en el papel engomado de Kafka, pero se parecía. Durante un rato observábamos sus atormentadas evoluciones antes de meterlas en medio del libro de texto más gordo que teníamos. Sus horas acababan de un certero y estruendoso cierre del tocho que las aplastaba dejando un minúsculo hilillo de sangre a su alrededor. Despachurradas sobre los párrafos o sobre alguna foto de “nuestro tiempo” solíamos dibujar a su alrededor un pequeño rectángulo a modo de nicho con una cruz sobre uno de sus lados. Este conjunto de esquelas mortuorias (a veces poníamos debajo un melifluo R. I. P. con caligrafía inglesa) conformaban un cementerio que durante meses se exhibía entre los compañeros como trofeo de caza; todos competíamos contando el número de bajas causadas entre aquellos insignificantes dípteros.

Cuando leí la frase de Godard no caí en la cuenta. Hace pocos días, leyendo un artículo de una desvencijada periodista barcelonesa, titulado no sé qué de las moscas recordé los hábitos cinegéticos de mi infancia.

El libro en el que aplastábamos las moscas, aún vivas, estaba repleto de adoctrinamiento político; por ejemplo, las leyes orgánicas del Estado que el caudillo, Francisco Franco, había proclamado para legitimar su tiranía durante más de treinta años. Formación del Espíritu Nacional era el título del libro de texto y también el de la asignatura mediante la que aprendíamos a ser buenos españoles. Aprendimos mucho en esas condiciones.

El cementerio de la Formación del Espíritu Nacional es una prueba empírica de la sabiduría de la frase de Godard: “Todo niño es un preso político”. Qué no daría yo ahora por abrir aquellas páginas, “desenterrar” aquellas moscas, hacer de mi culpa un ejercicio de memoria histórica, y lanzarlas al aire en algún lugar cercano al Mediterráneo por ver si alguna milagrosa brisa marina convierte su sal en alas, se las devuelve, para que incordien nuestras vidas de nuevo y, sin embargo, dejen de revolotear en mi conciencia.


[1] Proyección de las obras del autor

[2] En MORIN. E., Introducción al pensamiento Complejo. Gedisa, Barcelona, 1995, p.31: ”Mientras los medios producen la cretinización vulgar, la Universidad produce la cretinización de alto nivel.”

[3] BECK, U., GIDDENS. A., LASH., S. Modernización reflexiva, Alianza, Madrid, 1997, p. 41

[4] GADAMER, H-G., Verdad y método. Sígueme, Salamanca, 2003

[5] DELEUZE, G., Conversaciones, Pre-textos, Valencia, 1995, p. 139.

[6] DELEUZE, G., Lógica del sentido, Paidós, Barcelona, 1994. p. 80

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