ROJO POR FUERA Y … | ivars, 2007

ROJO POR FUERA Y ROJO POR FUERA

(anactual)

 Una cronista del arte comentó sobre un trabajo que realicé en el año 2002 en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo que aquella obra adolecía de una cierta falta de actualidad. Venía a decir que, con la de cosas que pasan en el mundo, yo me dedicaba a tratar temas inactuales utilizando como eje de la exposición, titulada Ex-profeso, un aforismo: “HAY MÁS COSAS QUE HACER EN EL MUNDO QUE ESTAR TODO EL TIEMPO EN ÉL”; una especie de extrañamiento del mundo que no parecía acomodarse, más bien al contrario, a los fenómenos mediáticos del momento. Quizás la periodista tenía razón. Si el arte ha de tratar de la actualidad en los términos que parecen consensuados por el establishment artístico mi trabajo es inactual y, por tanto, poco artístico. Claro que eso de la actualidad quizás habría que revisarlo (Borges nos decía que la actualidad es un anacronismo). Y quién sabe si lo que vivimos es una especie de actualismo que se desliza superficialmente sobre las quimeras de lo urgente y no una verdadera actualidad que trata de entresacar lo importante de entre los fuegos de artificio mass-mediáticos que por su perentoriedad y su resplandor nos parecen insoslayables.

Rojo por fuera y rojo por fuera, la obra a la que hace referencia este texto, pretende ser fruto de la actualidad y no del presentismo.

La Sociedad Española de Neurología y otras instituciones necesitaban un evento artístico para llamar la atención sobre una dolencia que afecta a muchas personas de edad avanzada y que supone la segunda causa de muerte entre las mujeres: el ICTUS. El ictus engloba una serie de patologías cuyas consecuencias finales (para no extenderme en su descripción) son la falta de irrigación del cerebro (por isquemia o hemorragia) y las disfunciones motoras, sensibles, etc., que se derivan de ello, incluida la muerte, y que generan muchos sufrimientos en los pacientes y en sus familiares. La actualidad hoy día llama a las puertas del calendario ofreciendo días para la reivindicación de numerosos conflictos o demandas sociales. Pues bien, hay un Día del Ictus en España que se celebra el 7 de noviembre de cada año desde hace varios. Rojo por fuera y rojo por fuera no sólo es pues fruto del presente sino que además es una obra de encargo. En principio, nada más alejado de aquello que la periodista apreciaba/despreciaba en aquel trabajo de 2002. De modo que un artista al parecer poco interesado en lo actual y algo reconcentrado acepta ocuparse de un tema de actualidad y eminentemente mundano que además debe conseguir llamar la atención del público general. Seguramente, a los ojos de la cronista, un giro acertado.

 El ictus lo provocan: una cierta predisposición genética, la vida sedentaria, la alimentación inadecuada, la hipertensión arterial y sus desencadenantes, la arterioesclerosis y los suyos, el alcohol, el tabaco y demás tóxicos, el estrés, etc., Y uno puede tomarse estos factores predisponentes al pié de la letra y establecer, meramente, medidas contra ellos, o tratar estos factores como síntomas a su vez de algún otro estado de la cuestión no fácilmente perceptible o difícilmente asumible por nuestro actual estilo de vida. (Es decir, podemos actuar contra las causas finales o contra los síntomas, teniendo en cuenta que por causas finales y síntomas no sólo entendemos aquellos de naturaleza clínica). Igualmente, por ejemplo, en otro campo de análisis aparentemente lejano, la invasión de Irak de 2004 puede ser vista como el resultado de una multiplicación de factores más o menos inmediatos: las necesidades geoestratégicas, militares, comerciales, etc., de Occidente o las supuestas amenazas terroristas de Oriente, o que estos factores sean consecuencias de otro estado de cosas cuyo origen se encuentre más allá de las duraciones de los mandatos presidenciales o de las coyunturales guerras civiles que se fraguan en el mundo islámico y que, como las europeas, están a punto de salpicar en todos lados. Así, según parte del establishment del mundo del arte, hacer muñecotes sobre la guerra de Irak es actual y, por tanto, artístico; tratar temas en los que se cuestione qué hace que los hombres actúen como actúan, en la guerra de Irak o en cualquier otra de las terribles circunstancias actuales, no parece actual ni, por tanto, artístico.

Pero, no vamos a hacer caso ni de esa parte del establishment artístico ni vamos a certificar el giro deseado por aquella cronista.

Kierkegaard dividía a los hombres en dos tipos de desesperados: los que saben que lo están y los que no lo saben. El mundo hoy ya no se divide en clases sino en dos tipos de víctimas de la miseria. Por un lado, las víctimas de la evidente miseria física, económica, de escasez de bienes materiales básicos, es decir, aquellos que no consiguen superar el umbral de la pobreza. Y, por otro lado, las víctimas de la miseria psicológica que afecta a aquellos que aun viviendo en la abundancia, o precisamente por ello, somos diana de una daño psicológico que hace de nuestra cotidianidad un excelente caldo de cultivo en el que anida la insatisfacción profunda en forma de depresión o de angustia, independientemente del nivel de ingresos que tengamos. Y el “pecado original” en ambas versiones de la miseria parece referirse a lo mismo: o ser pobre o no ser suficientemente rico, respectivamente.

En el desarrollo de un Ictus parecen intervenir algunos factores genéticos, pero la mayoría de los factores exógenos tienen que ver con ¿por qué llevamos la vida que llevamos?. La miseria psicológica no es sólo un estado de la mente, tiene consecuencias físicas, y el ictus es una de ellas. ¿Por qué tomamos alcohol y otros tóxicos y drogas del modo en que lo hacemos? ¿Por qué sufrimos estrés? ¿Por qué nuestra alimentación es cada día más absurda? ¿Por qué cada día hay más obesos y más anoréxicos? Si quisiéramos tratar literalmente (diríamos sintomáticamente) el ictus, sólo saciaríamos las necesidades puritanas de aquellos que han hecho de su vida una adicción a lo saludable, como compensación de aquella insatisfacción profunda de la que hablábamos antes, y esgrimiríamos una campaña de deshabituación al uso. Pero si queremos hacerlo desde algún lugar que nos empeñamos en ignorar (la racionalidad no instrumental, p. e.), quizás el ictus nos resulte un epifenómeno más de esta vida adicta al progreso insostenible y al fetichismo del crecimiento. Deleuze nos hablaba de la pequeña salud y de la gran salud, es una elección.

No vamos a decir aquí que el capitalismo neoliberal constituya la causa del ictus cerebral, del infarto de miocardio o de la diabetes, no. No vamos a ser simplificadores. Pero sí vamos a decir que gran parte de los sufrimientos físicos y psíquicos que padecemos tienen que ver con nuestro modo de contarnos las cosas que nos pasan (p. e., que la economía debe ser el discurso organizador de nuestras vidas) y que nos lleva a vivir la vida que vivimos (p.e. buscamos la riqueza porque, si no es la solución de todos los problemas, al menos es un buen método para ignorarlos). El capitalismo neoliberal, heredero directo de las escuelas neoclásicas de economía, ha encontrado su nicho idóneo -después de la caída del muro de Berlín y de encontrar un aliado perfecto en las tecnologías de la información- en el mundo occidental (todas aquellas democracias y autocracias  de mercado, estén en la parte del mundo que estén); es decir, allí donde la ausencia de ideologías, certezas y creencias, ha abierto las puertas al único imperio de la operatividad y del dinero. Esto ha supuesto que el dinero se haya convertido en una especie de Ur-lenguaje que no deja indemne ninguna de las esferas de la vida y que haya hecho de la globalización financiera su máxima consigna. Y, derivado de este estado de cosas, el consumo ha venido a dotar de identidad al hombre hasta el punto de llegar a definirnos por aquello que consumimos más que por cualquier otra característica o actividad que desarrollemos. De modo que en esta Zero Option (este Fin de la Historia de Fukuyama and Co.) parece que no caben alternativas al capitalismo neoliberal triunfante y descarado o a su versión tímida y edulcorada de la Tercera Vía. Y si la enorme diversidad del mundo ha de ser traducida al lenguaje económico, sin excepción, nos encontramos ante una brutal simplificación -esta sí- a la que no nos es difícil atribuir, si no toda,  gran parte de aquellas miserias de las que hablábamos antes.

La complejidad creciente del mundo y de la vida (y la brutal simplificación a la que son sometidas por los intereses espurios del mercado económico y político) demanda actitudes complejas. El arte es una herramienta compleja que brinda la posibilidad de articular fenómenos muy diversos de forma inteligente sin necesidad de producir colapsos fatales. Quizás en él podemos ensayar esa manera de articular las diferencias sin que brote sangre de nuestras arterias o sin que palidezcan nuestros cerebros en la pasividad de lo ya dado. La circulación mundial de todo tipo de entes y fenómenos es el pan nuestro de cada día y nos demuestra minuto a minuto que todo se relaciona: que nos atasquemos en un embotellamiento, que se produzca un black out, que nos sobrevenga un ictus… Depende de nuestras actitudes que de estos sucesos devengamos víctimas o que aprendamos a manipularlos sin que ello nos produzca secuelas de por vida. Es lo que tenemos, de nada sirve lamentarse y de mucho menos encogerse de hombros. Y no invocamos la complejidad para evitar el conflicto, quizás se trata de intentar ver las diversas caras del conflicto que necesariamente se presenta cada vez más complejo (y taimado).

Y la actualidad solicitada por la cronista creemos, siempre lo creímos, que puede ser articulada no como mero sustrato de un actualismo ramplón sino fundamentalmente como punto de apoyo de análisis de aquello que se esconde entre y bajo los islotes de lo evidente y como recordatorio de que quizás lo más grave que nos ha pasado es que nos ha pasado muy poco, es decir, que apenas hemos cambiado pese a los muchos siglos en los que hemos sido duramente aleccionados con las diversas doctrinas del humanismo. Un humanismo que, por cierto, y pese a sus errores fatales, acertaba al no hacer de la muerte un suceso humillante, bien al contrario. Después de todo de algo hay que morir y, una vez puestos, por qué no de un ictus mejor que en una guerra. El problema, ya lo decíamos, ya nos lo decía Deleuze, es “cómo nos contamos las cosas que nos pasan”, incluidos los mayores sufrimientos, clínicos o críticos. Rojo por fuera y rojo por fuera ha querido hablar de estas cosas que parece que son un afuera reiterativo y rojo, o ¿un adentro, reiterativo y rojo?: un nosotros íntimo, un yo público.

Porque afirmar todo el azar, hacer del azar un objeto de afirmación, sólo el pensamiento puede hacerlo.

Y si se intenta jugar a este juego fuera del pensamiento, no ocurre nada, y si se intenta producir otro resultado

que no sea la obra de arte, nada se produce.

Es pues, el juego reservado al pensamiento y al arte, donde ya no hay sino victorias para los que han sabido jugar, e

s decir afirmar y ramificar el azar, en lugar de dividirlo para dominarlo, para apostar, para ganar.

Este juego que sólo está en el pensamiento, y que no tiene otro resultado sino la obra de arte,

es también lo que hace que el pensamiento y el arte sean reales

y trastornen la realidad, la moralidad y la economía del mundo.

 

Gilles Deleuze, Conversaciones

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