700 CARACTERES | ivars, 2012

700 caracteres

Henry

Habían llamado a Urgencias para que atendiésemos a alguien tirado en la acera con síntomas de intoxicación etílica. Caía un sol injusto en la tarde de la fiesta mayor de agosto, mi primer día como médico. Cuando el conductor comenzó a mover la ambulancia, me percaté de que la conducía a empellones cambiando bruscamente de marchas, encendía todo tipo de luces, los limpiaparabrisas, los elevalunas, sudaba como un cerdo y tenía la cara y los brazos llenos de un extraño sarpullido. Estaba absolutamente borracho. Henry, un británico de unos cuarenta años, nos esperaba debatiéndose entre la vida, el coma y la muerte. No sé cómo llegamos. Le inyecté vitaminas para sacarlo de su estado, se cerraron un poco sus pupilas y, por un instante, balbució: “The wine was great”. Murió en el accidente de tráfico que pesa sobre mi conciencia.

(700 caracteres/139 agujeros)

Diego

Mientras la cotorra hablaba y hablaba, abrí el maletín, saqué el fonendoscopio y el tensiómetro y tomé la tensión al viejo. Las manos paralizadas -caídas sin fuerza sobre las rodillas- vueltas hacia arriba con las uñas muy largas y los vendajes sucios y sanguinolentos (de uno de ellos salía el tubo del suero que terminaba en una botella que colgaba del perchero, junto a una boina). Diego, sentado en un sillón, comenzó a proferir leves gruñidos y a balancearse hacia delante. Cada vez que se inclinaba, la cotorra y yo, sin dejar de hacer cada uno lo suyo, hablar y explorar, lo empujábamos hacia atrás para que no cayese de bruces. En un despiste, el viejo consiguió eludir nuestro empujón, llegar con su nariz a su mano derecha e introducir en uno de los orificios nasales una de sus largas uñas para rascarse y extraer un incómodo moco.

(700 caracteres/147 agujeros)

Yumiko

Nos llamaron sin muchas explicaciones desde un extraño lugar esotérico. Yumiko yacía postrada sobre un tatami y la rodeaban dos mujeres y un viejo que, de rodillas, acercaban sus manos al cuerpo de la joven. Las dos mujeres se levantaron cuando me vieron aparecer. Me acerqué a la muchacha y pregunté al más viejo qué había pasado. “Ha caído inconsciente, me dio a entender el anciano, nosotros no podemos hacer nada, por eso les hemos llamado”. Revisé las pupilas, la tensión arterial y concluí intuitivamente que había intentado suicidarse. Conseguimos reanimarla allí mismo, y me preguntó mi nombre. “Lucas, repitió la muchacha, déjame ir con mis antepasados”. “Tus antepasados pueden esperar, yo no”, le dije a la japonesa sin saber muy bien por qué habían salido esas palabras de mis labios. Me enamoré perdidamente de ella.

(700 caracteres/135 agujeros)

Sara

Nos había llamado una niña pequeña para que atendiésemos lo que parecía un infarto. Entré en el vestíbulo de un lujoso edificio y el conserje, con cara de circunstancias, me acompañó hasta el piso veintisiete. “Una antigua y oculta historia de amantes”, dijo. Yo no dije nada. Abrió la puerta una pequeña de unos nueve años, muy despabilada. “Soy Sara”, dijo, y nos condujo por varias estancias dándome toda clase de detalles sobre el enfermo. Llegamos donde estaba su padre, un hombre de unos cincuenta años. En efecto, parecía un infarto. Oí gemidos en otra habitación pero me dediqué a lo mío. Llamé para solicitar un traslado y le puse diacepán bajo la lengua. Pregunté a la niña si estaban solos. “Sí, dijo, mi madre casi no está”. Entonces se abrió una puerta y apareció una mujer de unos cuarenta, con lencería fina y síndrome de Down.

(700 caracteres/146 agujeros)

 Antón

Comenzaba la temporada taurina y nos llamaron para asistir a un famoso torero que había caído con ocho amigos desde el tercer piso en el ascensor del hotel Palacio. Cuando llegamos, no éramos los primeros -varios medios de comunicación ya estaban allí y tres ambulancias se nos habían adelantado. No vi al matador. Me indicaron un hombre que padecía del corazón y que yacía en un sofá de uno de los salones. Antes de llegar a él, en el hall, una joven con la pierna rota y la rodilla abierta y sangrante tocaba una trompetilla. El ambiente había tenido que ser muy festivo. Cuando encontré a Antón lo vi muy pálido, pero no enfermo. Le tomé la tensión, pedí una camilla y lo llevamos a la ambulancia. En el traslado al hospital, le pregunté por su corazón. Antón respondió gimiendo: “¡Ay! ¡Ay, mi Maruxela! ¡Ay cuando mi muller se entere! ¡Ay!”.

(700 caracteres/151 agujeros)

Carlota

Nadie en los círculos políticos sabía nada de ella, ni en las organizaciones no gubernamentales, ni en los movimientos estudiantiles o juveniles. Los activistas de extrema izquierda no la conocían, y ninguno de los sindicatos, ni los más radicales, la contaban entre sus afiliados. No pertenecía a ninguna asociación de víctimas del terrorismo ni de inmigrantes. No colaboraba con Amnistía Internacional ni se sabía que tuviese estudios universitarios reconocidos. Tampoco se había vinculado a ninguna secta ni profesaba religión alguna. Un día se presentó en comisaría y puso una denuncia: por genocidio y crímenes de lesa humanidad. Se mareó, según nos dijeron los policías que la atendieron, pero no tuvimos que suministrarle nada ni trasladarla en la ambulancia; fue solo un vahído. Únicamente cansancio, del alma.

(700 caracteres/125 agujeros)

Rita

Volvíamos a la ambulancia llevando en la camilla a una mujer que, con las aguas rotas, se nos había desmayado. Era de madrugada y el barrio no podía estar más solitario. Cuando abrimos el portón trasero, encontramos a un tipo rebuscando con una linterna entre los medicamentos. Sin salir del vehículo, sacó una navaja y masculló con los dientes apretados: “Suban aquí cabrones y denme tranquilizantes”. El conductor se encaró y el tipo le desgarró la camisa. “Tranquilo, ahora te los doy, pero esta mujer está pariendo”, le dije. “¡Súbanla y ya vámonos, pero me los van a dar!”, gritó él. La mujer se despertó alterada, “¿Ya llegamos?” preguntó. “No puta, cállate, y tú matasanos, ven y dame lo mío”, dijo el yonqui. “Comience por su hijo, doctor”, dijo Rita. La sirena sonó, y el yonqui, temblando, alumbró con la linterna la cara de Rita.

(700 caracteres/145 agujeros)[1]

Manuel

Desde la casucha de un barrio de pescadores trasladamos a un hombre enjuto al que acompañaba su hijo, un joven moreno y alto. Hacía tiempo que estaba desahuciado por los colegas -eso decían los papeles-, pero nuestro deber era trasladarlo al hospital para detener las melenas, las hemorragias intestinales que cada vez se daban más a menudo. A pesar de su debilidad, dio muestras de lucidez cuando le pregunté por su nombre para comprobar su estado de consciencia. “Manuel”, dijo. Luego habló de agujeros y geranios, de Mircea, elefantes y avestruces, de tucanes callados y topos dorados, de gusanos y madalenas, de vecinas y de su querida negra, de la playa de las conchitas blancas y de papá Augusto. “Tu padre está delirando”, le comenté al joven. El hijo respondió: “No delira, está haciendo un resumen para usted, señor doctor”.

(700 caracteres/139 agujeros)


[1] N. de Manuel: Rita tiene más agujeros que Yumiko y Carlota, pero todos deben ser preciosos.

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