BURGENLAND | ivars, 2008

Burgenland

No habría que decirlo porque ni fonéticamente son iguales: Burgenland no es la tierra de las hamburguesas como Austria no es la tierra de los canguros -se venden muchas camisetas advirtiendo de esto último en el país natal de Hitler, de Freud, de Wittgenstein y de la Sacher Torte. Me invitaron como representante español, de una forma un tanto alambicada a través del Ministerio de Cultura y la Universidad Complutense, a participar durante diez días en Burgenland en un work shop. Todos los allí reunidos éramos artistas procedentes de los distintos países de la Unión Europea.

El Cessey Müller es una finca rural en medio de la nada austriaca donde algunos artistas de cierta edad, arrinconados por el sistema y por sus propias peculiaridades, se habían montado diversos modos de ganarse la vida sin demasiado esfuerzo. Treinta años antes, algunos habían sido partícipes del Accionismo vienés. (Varios de ellos, con grandes jarras de cerveza en la mano y alrededor de esos platos de carne guarnecidos con puré y col que repetían durante las cenas, me dieron a entender que toda la parafernalia, la movida ritual y sangrienta  de los accionistas, tenía como verdadero objetivo follar lo más posible con las mejores tías -el carismático protagonista, el gran chamán, tenía derecho de pernada y luego ellos, componentes del corifeo, penetraban los restos orgiásticos que su líder les dejaba). Otros de aquellos viejos rockeros eran músicos, pintores o escultores. Todos provincianos profundos pero con ínfulas universalistas. Enrarecidos por el aire y las picaduras de los mosquitos del lugar, y pasadas las ilusiones de juventud, se refugiaban de las convenciones de la actualidad artística pero organizaban saraos internacionales para seguir existiendo. En realidad, algo muy extendido por todo el mundo, el uso de lo internacional para salvaguardar cierto estatus local. Uno de ellos, un músico melenudo y pretencioso, organizaba, junto a un ex –accionista y un escultor, actividades de estancia y talleres para conseguir ayudas económicas y rebañar los cuartos que les permitían sufragar su vida entre los muros rurales de su defensiva autoestima.

Cuando fui a Oslip, el municipio donde se encontraba la residencia para artistas, supe que la subvención principal del taller provenía de la mismísima Unión Europea. El lema del encuentro, Diversitat und rivalitat, no estaba mal, había sido propuesto por una eurodiputada del lugar y trataba un tema polémico. Yo propuse realizar 25 columpios, uno por país, que serían colgados del techo en forma de círculo. Así lo hicimos: Los asientos eran frágiles rectángulos de espejo sostenidos por robustas cadenas. En el revés de cada rectángulo se podía leer el nombre invertido, en caracteres lingüísticos nacionales, de cada uno de los veinticinco países allí representados. Y en el suelo sobre el que pendían los columpios, dispuse un lecho circular de espejos rotos. En esos fragmentos se quebraba la visión especular de los nombres de los estados. Una metáfora un tanto barroca pero de apariencia más bien minimalista. La titulé Europe’s Swing y obtuvo cierto éxito de crítica y público en la tierra de los castillos[1].

Las atenciones superficiales a los artistas y la grandilocuencia del discurso europeísta enmascaraban el carácter fundamental de un negociete entre amigos. Los viejos austriacos rentabilizaban la inversión de años de experiencia artística y vital desperdiciada en los oníricos márgenes del sistema.

Las condiciones reales eran duras a pesar de junio: climatología desapacible, mosquitos que hacían un largo viaje desde el Neusiedler See para chuparnos la sangre y la moral, comida rápida y bruta en el desayuno y almuerzo y comida lenta y redundante para la cena. Y una habitación desaliñada y terriblemente húmeda que me provocó accesos de fiebre durante varios días. Pero el trabajo y el contacto con gentes diferentes y artistas de otros territorios (nunca pensé conocer de un golpe a personas de Lituania y Chipre, de Estonia y Hungría, de Estonia y Bélgica…) logró que el meeting resultase estimulante y siniestramente “eurovisivo”[2]. Al menos, fue lo suficientemente extravagante como para auto-convencerme de tratar el asunto con cierto humor y divertirme lo máximo posible -una decisión mucho más inteligente y amable que la de caer en una malsana, y seguramente infructuosa, retahíla de quejas. Mi alojamiento lo compartía con un escocés de exquisitos y agresivos modales británicos, un letón electrónico y un par de estudiantes chinos, gordo y flaco, estudiantes en Alemania. Los chinos habían sido contratados por muy poco dinero para tocar sus violonchelos en las composiciones de un maltés, un portugués, una italiana y una danesa.

En una de las ocasiones en que decidí volver al apartamento a dormir un poco para reponerme del cansancio, las bobadas de la organización y la fiebre, abrí la puerta y vi en el salón donde dormían los chinos al chino flaco que, sentado a lo buda, movía su mano bajo una manta. Mi presencia no tuvo ningún efecto, el movimiento continuó. Supongo que lo miré estupefacto durante centésimas de segundo (estas cosas nunca duran más de eso, aunque parezcan eternas). Perezosamente, disminuyó el montículo que formaba la manta sobre su mano agitada en la entrepierna. Atravesé el salón y me dirigí a mi habitación tratando de contener la risa. Al pasar por delante del chino flaco, me saludó con su mano recién liberada y me dijo “hola” en un español muy conciliador. Al menos, tuvo la delicadeza de no decirme “Choca esos cinco”.

El fin de fiesta del taller, cena y velada, fue solemnemente organizado en la misma sala en la que colgaban mis columpios. La eurodiputada, tras su discurso, repartió caramelos sin azúcar con el anuncio de su próxima candidatura en el envoltorio. Un crítico de arte dio una conferencia infumable sobre el tema del work shop. Otros euro-técnicos hablaron sin que nadie les prestara la más mínima atención -estábamos ya todos muy atentos a la llegada de un menú sorprendentemente distinto al habitual. El “genio” de abultada melena y maneras pretenciosas había organizado una velada musical con varias obras orquestales de los jóvenes compositores. Él mismo me había preguntado horas antes si me importaba que para finalizar el acto un chelista interpretara una pieza suya sobre el lecho de espejos rotos de Europe’s Swing; le parecía un fin de fiesta exquisito: “mi partitura sonando sincopadamente en tu escenografía quebrada”, me dijo. Accedí, naturalmente, aunque no podía imaginar lo significativa y divertida que habría de ser esa propuesta para mí. Después de la cena llegó el momento cumbre de “la partitura sonando sincopadamente sobre mi escenografía quebrada”, entonces vi que la mano que subía y bajaba por el mástil del chelo era la misma que un par de días antes me había saludado desde el sofá de mi apartamento. La  música onanista sonaba, la mano se deslizaba sobre el palo de madera como una caricia ejemplar y los espejos reflejaban la imagen del orgásmico chino flaco por todos lados. Tremendo espectáculo. Finalizada la sonata y finalizados los aplausos, uno de los viejos hippies del lugar hizo sonar inesperadamente el Fever de Ella[3] en los altavoces. Ese arranque –sumado a ciertas dosis de alcohol acumuladas en mis venas-, me quitó instantáneamente la fiebre. Aquello apuntaba bien, la fiesta daba comienzo. Una estonia rubia y lánguida me sacó a bailar -también ella quería brillar sobre el lecho de espejos rotos. Nuestra imagen, como antes la del chino flaco, se reflejaba sobre los fragmentos. Y estábamos rodeados de cadenas en lo que parecía una reluciente jaula de oro. Nos sentíamos como las atrevidas gogós en las discotecas de los ochenta, rodeadas por algunos mirones de tenebroso pasado. Como no teníamos mucho estilo, lo compensamos con mucho ardor y destrozamos aún más los espejos y nuestros zapatos. Dejó de sonar la canción, la fiebre volvió y la rubia se fue con otro. Regresé solo a mi habitación después de que me sintiese muy caliente y un poco delirante. Recuerdo perfectamente que en la penumbra del cuarto que olía a humedades,  mi manta comenzó a subir y bajar en las sombras chinescas de mis cavilaciones eurocéntricas.


[1] N. de E. Burgenland, Tierra de los Castillos.

[2] N. de E. Se refiere a Eurovisión, festival de música en el que compiten cada año todos los países europeos.

[3] N. de E. Ella Fitzgerald

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