CAMBIO DE EJE | ivars, 2002

Cambio de eje

Espiar consiste en observar sin ser visto, escuchar sin ser oído, tocar sin ser detectado, gustar sin ser degustado, olisquear sin ser olfateado. Un topo, un huele braguetas, un infiltrado, un fisgón, un merodeador.

Mi atolondramiento económico hizo que, durante el disfrute de una beca, perdiera unos billetes de tren bala que había comprado en España. Estos pases solo pueden comprarse desde fuera del país y su uso está permitido exclusivamente a los extranjeros. Yo los necesitaba para moverme a lo largo de la isla de Honshu (a lo ancho, Japón se transita peor). Adiós a mis previstos viajes a Kioto, Nagoya, Osaka, Hiroshima, etc. Un grave contratiempo para mi economía. Comprar unos billetes nuevos, allí, me costaba una fortuna que no podía permitirme. Abrumado por el error de cálculo y sin muchas opciones, recibí como caída del cielo la oferta de lo que yo, románticamente, quería considerar un acto de espionaje -aunque fuese industrial y no político o militar. Un amigo me envió desde Madrid un e-mail en el que me comentaba que alguien de un portal de calzado español, concretamente mallorquín, quería tener una documentación exhaustiva de qué tipo de zapatos de mujer se vendían en Japón y, de camino, saber qué novedades mundiales se presentaban allí. La agencia intermediaria me haría una transferencia para que me comprase una cámara de fotos y luego me pagaría una buena cantidad de pasta por foto enviada. Cuando leí el correo, no me llegaba a creer que tras ese fatídico fallo la vida me diese otra oportunidad prácticamente a renglón seguido. El azar parecía mi aliado. Cuando recibí noticias de la persona de contacto y las especificaciones sobre las transferencias me puse a bailar de contento. Fotografiar escaparates de zapatos no era lo peor que me podía pasar, y además argumenté a la agencia que estaba bien “espiar” en Tokio pero que estaría mejor hacerlo también en otras ciudades del país para ampliar el muestrario. Accedieron gustosamente y me pagaron los viajes. Un verdadero chollo; iba a recuperar lo perdido y ganarme unos cuartos que sobrepasaban mis mejores expectativas.

Me puse manos a la obra con dedicación, ya recuperaría el tiempo perdido en esto para seguir más adelante mis investigaciones sobre la influencia del arte occidental en los artistas japoneses contemporáneos. Pero a medida que iba desarrollando la estrategia para captar la información requerida empecé a percibir algunas cuestiones que me acompañaron durante aquellos días. ¿No había sido siempre Japón, desde el final de la guerra, el que imitaba las producciones occidentales?¿No era España una de las mayores y mejores productoras de calzado del mundo?¿No se desvivían muchas jovencitas japonesas por tener determinadas marcas españolas embelleciendo sus cuidados piececitos?¿No era para muchas amas de casa, ejecutivos nipones y estudiantes, un lujo calzarse sandalias, chanclas, botas, bailarinas, mocasines, etc. Made in Spain? ¿Es que ahora debíamos pensar solamente en fabricar para ellos, seguir sus gustos y tendencias? ¿Quién seguía a quién? Recordé entonces, lo había olvidado ya, que un par de años antes de la aventura fisgona, tuve sensaciones similares la primera vez que oteé la superficie del centro de Tokio. Cuando salí del metro y accedí a Ginza, esa especie de Quinta Avenida oriental, no pude resistirme a llamar a una de mis mejores amigas para decirle que posiblemente los occidentales estábamos equivocados, que el eje del mundo se había desplazado, inadvertidamente para nosotros, del Atlántico al Pacífico, y que no estábamos dándonos cuenta de la importancia que aquel giro tendría en nuestras vidas y en las de nuestros descendientes.

De todos modos yo no era sociólogo, así que dejé mis cuitas en el apartamento. Salí por las calles de Tokio cuando de la masa humana apenas quedaban ejecutivos meando cerveza y whisky en cada rincón y secretarias riéndoles nerviosamente las gracias a sus jefes antes de acostarlos. Tenía la sensación de ser un tarado o un pervertido, una especie de fetichista, cuando algunos noctámbulos me miraban con sorna mientras fotografiaba como un poseso los escaparates de zapatos de mujer en las más innovadoras tiendas de la capital: sandalias bajas, altas, altísimas, con cintas, sin cintas, con bisutería, metálicas, de plástico, botines, botas altas, de mosquetero, militares de mil colores, zapatos de piel, de ante, impermeables, bailarinas, merceditas, manoletinas, dedos fuera, dedos dentro, talón cubierto, talón descubierto, sin tacón, con tacón: bajo, medio, alto, altísimo, vertiginoso, suicida. En otras ciudades fue menos humillante pero la sensación de ridículo me persiguió durante aquella semana de espión. Cuando terminé mi reportaje y envié por fin el material a España, me sentí liberado y con algo más de pasta en los bolsillos (hasta tuve dinero para comprarme en una tienda especializada de Asakusa una más que aceptable guitarra española: Yamaha CG171SF). Sin embargo, la semana de alivio económico había resultado demasiado gravosa intelectualmente como para continuar considerando algún futuro al estudio de cómo los artistas occidentales influimos en las producciones japonesas contemporáneas. Por tanto,  me dispuse a cambiar de eje. Me fui a Hiroshima y me compré unos chanclos de madera con los que acompañaba el riff de Smoke in the water. No conseguí pasar de ese punteo y tuve rozaduras en los pies. Una amiga, mientras me curaba, me recitó un haiku de Den Sute-jo, discípula de Basho:

Mañana nevada.

Por todas partes,

Huellas de chanclos

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