CARLOTA | ivars, 2012

Carlota

Era una chica casi normal y corriente, veintiocho años, pasaporte angoleño, domiciliada en Vallecas, con los papeles en regla. En su declaración sostenía que trabajaba como asistenta en varios domicilios de Pozuelo. De no ser por el comentario soez de un colega que se tomó el asunto a chufla, no hubiese sabido de Carlota Bosch ni de su osada denuncia hasta bastante más tarde. Yo, Miguel Andrade, soy periodista, de los que dicen de raza, de la raza de los elefantes, de los elefantes dedicados a la política, a la política nacional, nacional de España; y aquí, y así, empiezo el relato de una historia que nos sorprendió a todos, a mí el primero. Ahora, un poco tarde y mal, todos la conocen por los medios de comunicación. La contaré desde el principio, en línea recta, como solo los periodistas de raza -no los literatos de tribu- sabemos hacerlo. De todos modos, los datos y la acción los puso Carlota; yo apenas he redactado estas páginas poniendo voluntad y oficio, y me he dejado llevar por una profunda admiración.

Aunque la actualidad de Carlota no es nada habitual, el principio es común a tantas familias de exiliados en las que los hijos, los nietos o los biznietos regresan a España en busca de una vida que en su país de origen no era posible. Ella, pasando efímeramente por Cuba, vino desde Angola. El origen de Carlota, para lo que aquí nos interesa, fue: primero, sus bisabuelos españoles; después, sus abuelos cubanos y norteamericanos; y, por último, su padre cubano y su madre angoleña. Excepto los españoles -catalanes- todos negros; la palidez caucasiana se tiñó con el negro afroamericano, el cubano y el angoleño; en el fondo, el mismo tono de negro. Y al vegetal apellido Bosch se le sumó un verdoso e inventado apellido Mopane. No me suelen importar mucho las trazas genealógicas, pero ante mi curiosidad exótica Carlota me contó en nuestro primer encuentro que el mopane es una leguminosa que gusta a los elefantes y a las jirafas, a los babuinos y a los rinocerontes, y al gusano del mopane, la oruga de una mariposa con cuyo contenido también verdoso se han alimentado muchas generaciones de africanos del sur. “Mi nombre, ‘Carlota’, -me reveló la negra (y esto sí que es interesante)- tiene orígenes genuinos”, no genealógicos, parecía querer aclararme.

Pero vayamos, como anuncié, en línea recta. Tras establecer un contacto telefónico más bien frío, Carlota y yo nos encontramos en El Comercial. La elección del lugar fue mía, me gusta ver a la gente desde varios ángulos, multiplicada en los espejos, y porque jugando a ser político de izquierdas a veces trato de leer al revés las portadas de los periódicos que hojean los clientes, casi todos conservadores. A Carlota, sin embargo, la cafetería debió parecerle indiferente, solo miraba el exterior a través de los cristales y a mí de vez en cuando, de tarde en tarde.

“A mi madre los cubanos la llamaban Mopane, la guapa Mopane, como el árbol, pero no se llamaba así. Tenía dieciséis años cuando se enamoró del subteniente Saúl Bosch, y en ocho meses y medio me mecían en sus brazos. Yo nací en 1984, en Rosalinda. Mi padre tuvo que volver a Cuba pero siguió ocupándose de nosotras.” Eso me contó Carlota mientras de reojo observaba una partida de ajedrez que acababa de comenzar en la mesa de al lado, junto al ventanal. Negras y blancas, pensé de un modo que ahora me avergüenza. Y me contó lo del árbol de hojas simétricas como alas de mariposa y lo de la oruga que nutre de proteínas a los africanos australes y lo de la mariposa que sale de esa oruga y lo de los gusanos sudafricanos que pretendían poner un gobierno títere en Angola, afín al apartheid, con la ayuda de la C. I. A., los chinos, los zaireños, los últimos portugueses con intereses en la zona, la abstención de la U. R. S. S. y un sinfín de… La Guerra Fría de Spassky y Fischer jugándose el título mundial de ajedrez en Reikiavik, pensé de un modo que ahora considero correcto. O el Che médico contra el Che guerrillero jugándose… Y me vinieron de golpe a la memoria de elefante periodista los años de la dictadura de Franco. Mi atención se desperdigaba por senderos ignotos cuando Carlota me reclamó vagamente. “Me pusieron Carlota por la Operación Carlota, y a la operación la llamaron con ese nombre en homenaje a la esclava”. Después de esas escasas palabras pronunciadas con sigilo, recuperé la línea y creí que empezaba a entender los motivos de aquella joven de ojos brillantes y calmados que no querían mirarme. La Operación Carlota había significado el compromiso definitivo del régimen cubano con el pueblo angoleño y la entrada en una guerra que resumía -en un territorio rico en materias primas, sobre todo petróleo-, el rastro de iniquidades dejado por la primera mitad del siglo XX. Mi edad, pensé yo entonces con acierto, es una buena baza para conseguir sonsacar a Carlota; puedo ser un buen interlocutor para ella. Yo sí había vivido la época en la que los residuales regímenes totalitarios de la península ibérica por fin aflojaron las amarras de las colonias y las dejaron como buques a la deriva al alcance de todas las aves carroñeras que en el mundo se repartían los despojos (el Sáhara Español, por ejemplo, a merced de Marruecos). “¿Quién es la esclava?”, le pregunté mirando a unos ojos que de pronto me miraron fijamente. “Todos”, me respondió con un tono que enseguida rectificó. Pensé que rápidamente se había dado cuenta de que yo no era responsable de “lo que fuese” y que enseguida me explicaría con menos acritud quién era Carlota la esclava. Carlota, la joven que estaba frente a mí y a quien yo buscaba con escaso éxito la mirada en todos los espejos, me lo explicó; pero ahora sé que el cambio de tono no se debió a que yo no fuese responsable de “lo que fuese”. Miró a la partida de al lado y con una media sonrisa y bajando los ojos me pareció que me pedía disculpas. Tampoco eso fue así. La negra no entiende de disculpas, ya no. Mientras sacaba un archivador de su bolso, me contó: “Ma Carlota fue descuartizada. Ataron sus miembros a varios caballos y la rompieron. Fue en Matanzas, a mediados del XIX, en un ingenio de azúcar propiedad de españoles llamado Triunvirato, donde la esclava se sublevó. Aquí tiene algo que publicaron en Granma hace unos años”. Me dio una funda de plástico que había extraído de la carpeta de anillas. Efectivamente: GRANMA, Edición digital. La Habana, 10 de Noviembre de 2005, por Marta Rojas. Con un lenguaje erizado, la articulista explicaba la rebelión de esclavos afrocubanos que fue aplastada por los españoles -un tal general O’ Donnell a la cabeza- con la connivencia de los norteamericanos. Carlota se había convertido en un símbolo, una heroína nacional en defensa de sus libertades y su dignidad; una negra lucumí de origen yoruba que blandió el machete y la desesperación para abrirse paso entre las atrocidades cometidas contra los esclavos durante el tiempo inicuo que llamaron  “El año del cuero”. “Se comunicaban con los tambores, me dijo Carlota, y los españoles no supieron entender sus mensajes. Fue un éxito aunque luego acabaran con ellos”. Y me vino a la mente la historia del pobre Turing, el matemático que tanto hizo por descifrar Enigma, la máquina de codificación de mensajes nazis durante la segunda Guerra Mundial. La historia del científico británico y su amado muchachito dio mucho que hablar en el Londres de su época y… La memoria de elefante me había desviado nuevamente la atención pero no, ahora, del pulso de la escritura. Sigo en línea, con Carlota, que me habla y saca otra fundita de plástico, esta vez con “Un artículo del 77, de Gabriel García Márquez sobre la Operación Carlota, cuando creyeron que ya todo había terminado gracias a la victoria del MPLA y los cubanos sobre la UNILTA sudafricana y los americanos”, dijo Carlota. Me lo da para que lo lea, lo miro sin sacarlo del plástico, pero yo -que no quiero salir de El Comercial sin saber lo más importante de mi entrevista con Carlota-, entonces, me echo sobre la mesa mientras ella sigue rebuscando en su archivador seguramente para ofrecerme nuevas  fotocopias, avanzo los codos y con mis manos muy cerca de su cara le devuelvo el artículo casi en su chata nariz; me mira y le digo: “Háblame de la denuncia”. “Otro día, me dijo rápidamente echándose para atrás, ahora tengo que marcharme”. Cogió los plásticos y los introdujo en su bolso de cualquier manera. “Pero… Bueno, dime qué quieres conseguir” le pregunté mientras se levantaba dejando cinco euros sobre la mesa de mármol. “De ningún modo, le dije vehementemente, pago yo”. “Tocar los tambores, olokumí, tocar los tambores” dijo Carlota sin mirarme mientras volvía a poner sobre la mesa el billete que yo le devolvía. “Envíame la denuncia, por favor…” balbuceé en cuanto pude reaccionar. No creí que me hubiese oído, ya casi estaba atravesando la puerta giratoria del local. Fue una despedida tan fría y altiva como la primera conversación telefónica, y tan críptica como el lenguaje de los tambores de los que me habló. La vi pasar por delante del ventanal ajustándose el bolso en bandolera y mirando desde fuera la partida. Negras y blancos, pensé otra vez torpemente.

Aquella negrita aguerrida no iba a ser una presa fácil para una dentadura tan postiza como la mía. Tendría que trabajar mucho más de lo que pensaba. Sin embargo era una buena oportunidad, había algo muy serio en esa mujer y, que yo supiese, nadie le había estado siguiendo la pista (a nadie interesa una denuncia como esa formulada por una negrata pobre, no demasiado guapa y probablemente pirada). Me encerré en casa a repasar mis notas y a estudiar todo lo que me pareció importante para poder comprender el contexto y para que Carlota en la próxima entrevista, si es que la había, pudiese llegar a sentir no solo que la estaba interrogando sino que me estaba apegando a su “causa”. (Afilar y retorcer el colmillo, como el de los elefantes). Leí en internet el artículo rectilíneo de mi admirado Gabo, publicado en la edición 53 de la revista Tricontinental, y miré páginas oficiales del gobierno cubano, de sus adeptos, de los disidentes cubanos y de Angola, y del mopane… y recapitulé: El feo subteniente Saúl Bosch (tenía que ser feo) había dejado embarazada a la guapa Mopane en la Residencia Rosalinda, un lugar de esparcimiento, el descanso del guerrero, donde los oficiales cubanos festejaban sus victorias y lloraban sus derrotas bebiendo y fornicando con las nativas y las azafatas de la Cubana de Aviación. A la hija la llamaron Carlota por la Operación, y a esta por la esclava. El capitán se vuelve a la isla y veintiocho años después Carlota Bosch ¿Mopane?, pasaporte angoleño y empleada de hogar, se presenta en una comisaría y se auto-denuncia por genocidio y crímenes contra la humanidad. Los policías se quedan atónitos pero reciben la declaración que Carlota firma. Carlota se recupera de un mareo en la misma comisaría, el tonto Gabriel me lo cuenta como si nada y casi todo sigue su curso legal. Tres días más tarde, me entrevisto con la descendiente ideológica de la esclava y me come como si fuese un nutritivo gusano africano, se pone sus alas de mariposa con prisas y se va con aire fresco, en silencio, por delante de los cristales de El Comercial; se me queda la postiza abierta, como un pez en una pecera, y las entendederas me dan vueltas como la puerta giratoria del local. Faltan datos, me digo, de ahora y de entonces.

Volví a preguntar al tonto Gabriel cómo había sido la cosa. “Yo estaba allí para cubrir el tema de una reyerta entre ñetas y latin kings, me dijo el tonto. Vi entrar el culito prieto y dirigirse al mostrador. ‘Quiero poner una denuncia’ dijo. La agente que la atendió, viendo que cojeaba un poco, le preguntó si era una denuncia por malos tratos. ‘No, dijo la prieta, esto es solo un accidente doméstico. Quiero hacer una denuncia de crímenes contra la humanidad’. La poli miró a dos compañeros que en ese momento habían levantado los ojos de sus respectivos informes. López, uno que conozco, me miró con cara de ‘otra pirada que se aburre’ y eso fue todo. La agente la hizo pasar, le tomó declaración y ya no sé más.” “Bueno, sí, rectificó el tonto Gabriel, se cayó redonda y llamaron a urgencias, no fue nada, un mareo, dijo el médico”. El tonto Gabriel me preguntó a qué se debía mi interés por el culito prieto y “¿Tú sabes que ‘prieto’, además de ‘durito’, significa ‘negro’?”, me dijo riéndose. Le metí un Montecristo en la boca mientras se reía y le expliqué el origen de la moderna vitola que lo rodeaba. Le pedí que llamara al tal López, el mismo que al parecer le había pasado el teléfono de Carlota, para conseguir una copia de la denuncia; hizo la llamada pero el policía le comunicó, y el tonto Gabriel a mí: “Imposible”. Terminé la breve disertación habanera sobre la nueva vitola Edmundo, y dejé al tonto Gabriel en su mesa del viejo departamento de elefantes tontos de la redacción. Lleva más de cuarenta años de oficio y no se entera de nada; Gabriel Guzmán será el matusalén más tonto del diario. A veces un tonto útil y, a su manera, gracioso.

Pero no fue una declaración oral; Carlota la llevaba escrita y se la entregó a la policía que la atendió; ante ella la firmó y pidió una copia. La denuncia que Carlota me envió por fax a la redacción dos días después de nuestro primer encuentro, rezaba como sigue:

AL JUZGADO QUE CORRESPONDA:

Yo, doña Carlota Bosch Mopane, 24 años, empleada de hogar, soltera, con Tarjeta de Residencia, NIE: Y-3805003-N, y residente en la calle Manuel de Parra, nº 13, 3º, puerta 4, de Madrid, expongo:

QUE,

Desde mi mayoría de edad vengo cometiendo sistemáticamente los siguientes delitos:

  1.  DELITO DE OMISIÓN DEL DEBER DE SOCORRO
  2. COMPLICIDAD manifiesta en los DELITOS DE GENOCIDIO Y LESA HUMANIDAD

Todos ellos contra las poblaciones africanas y de otras regiones del mundo como marcan:

  1. Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal. Cap. II. Art. 607. Delitos de Genocidio
  2. Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal. Cap. II. bis. Art. 607. Bis. Delitos de Lesa Humanidad.
  3. Art. 19 del Código penal. Omisión del deber de Socorro.

Firmado, a 13 de febrero de 2012

Carlota Bosch Mopane

De psiquiatría o de activismo político radical, pero desde luego era un casus belli con el que debía continuar. Y Carlota parecía dispuesta a colaborar a pesar de su estudiada indiferencia, de lo contrario no me habría enviado la copia de la denuncia con una nota: Así quiero que suenen los tambores, olokumí. Por favor, no me conteste a este fax. Ya nos veremos.  Entendí que me enviaba el fax desde un sitio poco seguro para ella, quizás uno de los domicilios en los que trabajaba. Volví a intentar contactar con la negra pero no cogía el móvil. Después de algunas vueltas, conseguí encontrarla en uno de sus trabajos. Había estado unos días cuidando por las noches a la anciana madre del dueño del chalé mientras este estaba de viaje; y ella, la negra Carlota, era chica para todo varios días por semana y, circunstancialmente, algunas noches. Según me informé antes de ir, el dueño era un marchante de arte bastante sospechoso (¿Hay alguno que no lo sea?) fichado por la poli. No era en Pozuelo, sino en Aravaca; llegué casi al anochecer. Me abrió la puerta un jovencísimo criado con pinta de malayo. Mi memoria de elefante dice: Iba vestido con chaleco burdeos de rayas doradas que le quedaba un poco grande; camisa blanca de cuello mao con abotonadura y gemelos de perlas negras; fajín de fondo verde bordado en oro como si fuera una tela de Damasco; zaragüelles algo más negros que el color de su piel y mucho más brillantes, y babuchas de fantasía con lentejuelas rojas y negras; el paquetito lo culminaba un turbante blanco torcido, como sin acabar de hacer, y una ceremonia que pareciese que estaban atendiéndome en casa de un excéntrico hacendado virginiano. Todo era como de otra época: “La señorita Carlota le atenderá por la puerta de servicio, Monsieur”, me dijo el joven. En realidad no debí esperar otra cosa, yo no iba a comprarme un falso Dalí ni a vender una máscara africana del siglo XVI pasada de contrabando. “Entra por aquí”, me dijo sin sorpresa Carlota cuando me abrió la puerta lateral de la mansión. Me condujo por una estrecha escalera al cuarto de la plancha; ella dijo “office”. “Disculpa, tengo el móvil estropeado y no he tenido tiempo de… Pasa, el dueño no está, pero solo puedo atenderte unos minutos, no quiero líos innecesarios”, dijo Carlota mientras quitaba ropa planchada de una silla que me ofreció para que me sentase. Me había tuteado, era una buena señal; sentí cómo se me alargaba el colmillo izquierdo -que no era postizo- y se retorcía entre los flujos de saliva que anunciaban el hambre periodística. Y me miraba. De pie frente a mí, vestida con delantal blanco sobre una batita negra y mientras se quitaba unos guantes de plástico rosa me preguntó “¿Qué te parece la denuncia?”. “Que estás loca”, le dije. Bajó los ojos un instante pero inmediatamente puso los brazos en jarras, volvió a mirarme y dijo “Tú también, si no ¿qué haces aquí? ¿No estarás intentando ligar conmigo?” Y sonrió con una dentadura envidiable. Se me encogió el colmillo y sentí que necesitaba un vaso de agua; se lo pedí. Cogió el bote de espray con el que pulverizaba el agua para planchar, lo abrió, le quitó el mecanismo y me dijo “Toma, es muy buena, mejor que la del grifo, sin cal ni cloro ni nada de eso, la cocina queda lejos y por ahí anda…”. No cogí ese bote infame pero sí le pregunté reponiéndome y con un poco de sorna, “¿El lacayo malayo?”. “Es indonesio, no malasio”, me dijo Carlota con autoridad. “Bueno, pues el indonesio”, le dije con resignación ante la nueva derrota mientras interrumpiéndome me empezaba a contar “El jefe y él son uña y carne, y no…”. “Yo diría carne y carne ¿no?”, la interrumpí, vencedor por fin, con más sorna aún. Y la atención de mi mente se desvió otra vez al muchachito de Turing, Arnold Murray. Y de él me fui a Wilde y a su efebo. Pero enseguida volví al tal Murray, que metió en casa del matemático a un tipo para  robarle. Turing lo pilló in fraganti y lo denunció, pero lo que no esperaba es que al reconocer con normalidad su condición sexual durante el juicio fuese imputado y condenado por sus prácticas en la cama. “No habrás venido aquí para cotillear ¿verdad?”, Carlota me recondujo por el trayecto rectilíneo de nuestra conversación y salí de la tortuosa senda de los elefantes. Me puse muy serio, retomé el pulso y le dije lo que pensaba: “Carlota faltan datos, de tu vida y de los motivos de tu denuncia. Si piensas que esto lo vas a sacar adelante tú sola creo que te equivocas, necesitas a los medios, aunque te repela tratar con ellos. Yo puedo ayudarte si confías en mis intenciones”. Y le hice la pregunta que un paquidermo de colmillo retorcido tenía que hacer: “¿Hay alguien más detrás de esto?”. Carlota resopló y a continuación se sentó en el suelo, a un metro de mí, con las piernas cruzadas sobre una pequeña alfombrilla. Mirándome intermitentemente, desarrolló el relato de sus últimos años. Al principio, miraba al suelo. “Estoy viva de milagro, dijo. Ma Mopane murió de sida o algo así, no fue diagnosticada, hace doce años. Yo no lo contraje. Mi padre, ya primer teniente, me llevó a Cuba y me dejó con una ‘familia de la Revolución’. Allí pude aprender el idioma, estudiar el bachiller, terminar décimo y empezar en la universidad; y fui feliz durante unos años jugando al ajedrez con los mejores y atendiendo mis exámenes. Pero la cosa acabó cuando Pa Saúl, que estaba asintomático, también enfermó. Fui a verle y me suplicó que me marchase de allí. Para colmo de males, la familia con la que estaba alojada había sido acusada de traición y los varones fueron encarcelados uno a uno por diversas causas. Aún siguen en prisión”. Se miró el blanco encallecido de sus manos mientras se frotaba una con otra. Continuó, “Mi padre me dijo que había hecho cuanto estaba en su mano por ellos, y por mí, pero que le quedaba poco tiempo y pocos recursos, y que su auténtica mujer estaba muy harta de la situación, tenían cinco bocas que alimentar y la Revolución estaba llegando a su fin -dejaron de creer en ella mucho tiempo atrás”. Me miró de repente, como forzada por los movimientos de mi cabeza que buscaban sus ojos y siguió el relato, “A través de sus contactos, supongo que con bastantes dificultades y más de un disgusto, me buscó embarque para España con algunas recomendaciones, me proporcionó papeles en regla como disidente y el dinero necesario para reiniciar mis estudios de derecho. Todo eso a espaldas de su familia cubana. Mi padre, por encima de cualquier cosa, creía en la educación y en la ley; a pesar de su pasado, o por eso mismo, no creía en la fuerza de las armas. Murió hace cuatro años”. Otra vez dejó de mirarme, con la voz en un hilo me dio algunos detalles más: “El dinero voló, la familia de acogida en Sevilla que mi padre me había preparado se quedó con todo y me echó a la calle en cuestión de semanas. Eran cubanos exiliados en los que mi padre confiaba porque eran amigos fraternos desde antes de que la revolución empezase. Ni llegué a matricularme en la universidad ni los contactos tampoco quisieron saber nada de mí, todo fueron excusas y desprecios. Sin destino razonable me vine a Madrid, y va para tres años que me renuevan los papeles y limpio casas. Eso es todo de lo de entonces. Y no hay nadie detrás, solo esta pequeña historia”, eso dijo, y volvió a dirigirme sus ojos serenos.

La postiza se había ido desencajando a medida que Carlota hablaba. La negra lo hizo con una eficacia y una dignidad -africana, eso me pareció en aquel momento y ahora me ratifico- que ya hubiera querido yo ver en mis mimados sobrinos europeos que van a colegios carísimos. Guardamos silencio los dos, tomé un buche del bote de espray y cuando iba a decirle algo sonó un timbre. Carlota se levantó de un salto como una gacela -eso pensé torpemente-, se sujetó la cofia y empujándome escaleras abajo hacia la puerta de servicio, me dijo “Tienes que marcharte, seguramente la vieja se ha vuelto a hacer sus necesidades, va para rato. Ya te llamo yo y nos vemos en un sitio más tranquilo. ¿Podrás venir a Vallecas?”. “Sí negra” le dije con un cariño poco habitual en mí. Me dio un beso en la mejilla. Arranqué mi flamante Saab de segunda mano y decidí callejear por la ciudad. Era tarde y el tráfico rodado apenas molestaba; me incordiaban mucho más los atascos de mi gran cerebro paquidérmico y los embrollos de mi vergüenza. Sentí que el colmillo se emboscaba en las encías y que la postiza necesitaba un trago purificador, desinfectante. Aparqué en segunda fila, me bebí deprisa un ron con cola a la salud de Carlota, encendí un habano de bonita vitola Edmundo y me fui a casa dando muchos rodeos, listo para pasar una noche inquieta.

Antes de elaborar una estrategia tenía que volver a hablar con ella, y lo hice en su casa de Vallecas, calle Manuel de Parra, nº 13, 3º, puerta 4, como constaba en el parte de denuncia. Me abrió otra negra, de unos treinta y largos, con un raro acento portugués. Me dijo que Carlota había salido a comprar, que volvería enseguida, que me estaban esperando. Me preguntó si quería café, y mientras lo preparaba me dijo “Me llamo Neves, ¿te gusta?”. Me pareció encantadora, con buenos pechos a la vista de su escote y bastante guapa. Y en la memoria de elefante aparecieron los pechos que le salieron a Turing cuando tuvo que escoger entre la cárcel o la castración química. Eligió los estrógenos que… “Está un poco loca esta chiquilla ¿no piensa usted eso?” dijo Neves, y salí de mi “memoria Turing” para entrar en otra más reciente: “No, creo que es una mujer estupenda”. “Yo también lo creo, solo estaba bromeando. ¿Azúcar?”, dijo Neves. Mientras manteníamos una conversación trivial sobre la dura vida del inmigrante, me entretuve en escudriñar el ambiente. Limpio, colorido, lleno de estanterías con pocos libros y muchos archivadores, algunos mapas en la pared y un ajedrez de plástico sobre una mesa también de plástico; parecía más una oficina “sumergida” que el salón-comedor de un piso. La foto invertida del Ché de Korda sobre el bidé llamó mi atención en lo poco que podía ver del cuarto de baño desde allí. Y al final del pasillo, sobre una diana de dardos, “Es mía, dijo Neves, a Carlota no le gusta esto”, otra foto de alguien que no reconocí, no tanto por los agujeros que sobre ella se habían multiplicado cuanto porque el personaje, sobre fondo de bandera norteamericana, bastante calvo y con gafas de pasta, me resultaba familiar, seguro que era muy famoso, pero no conseguía recordarlo. La memoria de elefante tiene lapsus de su tamaño, pensé. “Tengo que salir, mejor la espera aquí, seguro que está al llegar”, me dijo Neves. Me incomodó un poco la situación pero me encogí de hombros, dije “Vale”, y me dispuse a encender un purito pequeño. “¿Puedo?”, murmuré casi para que no me oyese. “Pues va a tener que ser en el balcón, y no eches humo a los geranios que nos cuesta mucho mantenerlos”, me dijo la de nombre blanco y negros y hermosos pechos, y se fue.

Después de apagar el cigarro en la tierra húmeda de las macetas, mientras hojeaba algunos papeles que tenían sobre la mesa -apuntes del Código Penal español, citas, jurisprudencias, etc.-, llegó Carlota. “Hola, traigo dulces, dijo desde la cocina, voy un momento al baño. ¿Miguel?”, dijo. “Sí, vale, estoy aquí”, le contesté en voz alta. Oí tirar de la cisterna, correr el agua del lavabo y abrir la puerta donde el Che se ocultaba cabeza abajo. “¿Café? ¿Miguel, quieres café? Está muy rico, es angoleño” dijo Carlota sin que aún pudiese verla. “No gracias, contesté, ya me puso Neves, es verdad que está muy rica”. Y pensé en ese “me puso”. (No sé por qué, pero ahora que lo pienso no pensé en ese “está muy rica” del que sí me di cuenta cuando salí de allí). Por fin llegó la negra Carlota adonde yo estaba, lucía radiante. No la había visto antes tan… Iba vestida con unos vaqueros y una camisa de flores, y el pelo recogido en un moño impenetrable sujeto con cintas de colores. Apartó los papeles y puso sobre la mesa una bandeja con dulces y un café para ella. Se sentó a mi lado, muy cerca. “¿No quieres beber algo? ¿Una infusión? ¿Agua? Alcohol no tenemos… El agua es mineral”, dijo sonriendo. “No gracias, dije. Carlota, he venido para que termines de contarme cómo has llegado hasta aquí, ya he tenido suficiente conversación con Neves, muy simpática tu amiga”. “Neves es mi compañera de piso, me explicó Carlota, la conocí hace tres años, también trabaja de asistenta y, bueno, está separada desde entonces, no tiene hijos, solo me tiene a mí y…”. “No he venido a cotillear”, dije muy serio. Me retiré un poco de la mesa, crucé las piernas y apoyé bien el cuerpo en el respaldo de la silla. En esta ocasión quería que Carlota sintiese mi autoridad, que me respetase de verdad; eso me parecía importante si íbamos a emprender juntos algún camino. “¿Por qué has puesto semejante denuncia?” Carlota se levantó, dejó un poco de mala gana en la bandeja el medio dulce que se estaba comiendo, respiró profundamente y comenzó su explicación: “Ya te lo dije Miguel, los tambores. Llevan años persiguiéndome los tambores de aquellos esclavos en Cuba, los de mi tierra, los latidos de mis hermanos, los latidos de todos los que sufren mientras nosotros no hacemos nada”. Se fue hacia el balcón abierto y desde allí continuó su respuesta: “He leído literatura y he visto películas sobre nosotros, he escuchado músicas sobre nosotros y he visto cómo organizan conciertos para nosotros, he visto hacer leyes internacionales para cuidarnos y a gentes perder la vida por prestarnos ayuda: médicos, enfermeros, cámaras, ingenieros reporteras, fotógrafos… ¿Viste lo que les ocurrió a los Sanjuán? Nos visitan famosos y se hacen fotos con nosotros -algunos aconsejados por los charity experts for advice, como los llaman, para que la foto o el vídeo sean los más rentables mediáticamente. Exceptuando a estos miserables hay mucha gente honestamente involucrada y que han conseguido logros importantes. Incluso muchos de nosotros mismos, los desheredados de la Tierra, hemos hecho cosas por nosotros mismos con cierto éxito”. Sacó la colilla de la maceta y se entretuvo con ella en los dedos mientras continuaba su discurso: “Pero la cosa sigue, Miguel, y los cambios son lentos y los niños mueren o son explotados o llevados a filas; el sida no solo se tragó a mis padres sino a millones de personas que no pueden pagar los tratamientos y a los que la Iglesia prohíbe usar condones. No pienso seguir haciéndote la lista de agravios, tú también la conoces; todos la conocen. Me preguntas por qué y yo te pregunto por qué no. Creo que la ley ha de servir para algo, y si no sirve para liberar a las personas hay que retorcerla hasta que se enfrente a sí misma. Si yo soy culpable, si consigo demostrar mi culpabilidad, podré demostrar que todos somos culpables. ¿Una batalla perdida? ¿Cuántas guerras hemos perdido ya? Yo no tengo nada que perder. Dime ¿puedo perder más?”. “¿Quiénes son ‘nosotros’, Carlota?”, le pregunté. Y continué “Es un gran problema el ‘nosotros’: ¿Vosotros los negros? ¿Vosotros los negros pobres? ¿Vosotros los negros pobres africanos? ¿Yo soy vosotros, uno de los vuestros?”. Carlota volvió a entrar en la habitación que hacía de salón oficina, puso la colilla sobre una servilleta de papel, luego tendió su mano, cogió la mía y me llevó al final del pasillo, delante de la diana de Neves. “Nosotros los que no somos tan cínicos como éste ni tan fuertes como aquél”, y me señaló la foto del Che bocabajo. Volviendo al salón, continuó: “Todos los que no queremos abusar de los demás y queremos vivir en paz y repartir lo mucho o poco que haya. ¿Tú crees que dentro de un tiempo no seremos todos acusados de lo que yo ahora me acuso? Estaremos ya muertos, pero seguiremos siendo culpables de genocidio. ¿Unos más y otros menos? No, Miguel, llegado el tiempo, la culpa ni se fragmenta ni se gradúa. O eres culpable o eres inocente, luego vienen los arrepentimientos y los subterfugios para sentirte, de alguna manera inicua, menos responsable. Pero todos lo sabemos, la sentencia aún no enunciada dice: Culpables; y los tambores llevan siglos diciéndolo”. Turing volvió a colarse por la trompa del elefante que se arraiga en mi memoria de elefante: “Indecencia grave y perversión sexual” fueron las acusaciones, las mismas que a Wilde medio siglo antes. El matemático que descifraba los tambores alemanes, con sus pechos crecidos y una impotencia desesperante con apenas cuarenta y dos años, se murió de varias hipótesis.

Continuamos un rato hablando y ya no divagué ni un segundo. Mi mente estuvo absolutamente concentrada en escuchar los argumentos de Carlota y en razonar lo mejor que pude. Llegué a una conclusión bastante plausible: lo normal es que un juez de a pie sobreseyese el caso si no había algo más contundente que un trozo de papel dejado en una comisaría. Le argumenté con mi mejor retórica que necesitaríamos del eco de los medios, y me ofrecí a abrir esa brecha a través de un largo artículo sobre sus intenciones en mi diario, un periódico en papel de tirada nacional. Estaba seguro de que podría convencer al redactor jefe para que publicase el texto en un lugar destacado y por fin podría empezar la fiesta. Carlota me expresó sus dudas, me dijo que si se escapaba de nuestras manos, como era de suponer, el sensacionalismo podría dañar la causa. Le concedí una parte de razón pero le argumenté que si pretendía seguir adelante sin aprovechar el tirón mediático no tendría causa que defender. Y a continuación, en un tono casi apocalíptico, le dije “Ya sabes que somos un arma de doble filo, Carlota, pero sin los medios no hay nada que hacer”. Ella volvió a refutarme hablando de la legitimidad del hecho y, por tanto, de la eficacia indiscutible de lo meramente legal, y yo, que la entendía muy bien, le dije que lo pensase, que Miguel Andrade estaría ahí si ella estimaba que mi ayuda podía ser oportuna, y me comprometí a guardar silencio mientras ella no me diese su Ok. Me acompañó hasta la calle y luego hasta el coche. Llegó Neves y Carlota se despidió esta vez sin darme un beso, pero dijo mirándome a los ojos que olukumí significa “mi amigo”.

De allí fui directamente a casa de un famoso juez de la Audiencia Nacional, un viejo amigo. Cuando llegué sin avisar lo pillé en el portal, se disponía a salir de viaje, estaban esperándole el chófer y los escoltas. Me dijo que subiese al vehículo y, después de escuchar con paciencia mi relato, me dijo con prisas “Miguel, no tengo tiempo, pero como bien sabes, las causas se inventan”; eso fue todo. Desde mi coche llamé a Carlota y le conté lo que había dicho el juez. “Está bien, blanco, tú ganas”, me dijo la negra. Inicié la acometida con el mejor artículo que había escrito en mi larga vida de elefante de raza. Menos el tonto Gabriel, me felicitaron todos. Otros medios se hicieron eco y en internet llegamos a ser trending topic (hasta me gustó el término). Todo iba en línea recta, hacia el zénit. Tuvimos varias conversaciones telefónicas, hicimos entrevistas y reportajes con fotos de Carlota. Como yo había previsto, fue un rotundo éxito mediático. Dos semanas más tarde recibí un fax que no es necesario que lo recuerde mi memoria de elefante porque lo tengo delante de mí, metido en una fundita de plástico. “Estoy en Angola. He sido expulsada de España, escoltada hasta el aeropuerto. No me han renovado la residencia, me dieron largas para hacerlo y me caducó hace una semana. Una falta de cálculo: siempre hice bien las aperturas pero nunca se me dio el jaque mate. Carlota.” Desde luego el asunto trajo cola; yo mismo inicié una campaña de descrédito contra las instituciones de Inmigración y contra el Gobierno. Estuvimos meses reclamando el regreso de Carlota e intentamos que la denuncia siguiese su curso, pero no le permitieron el regreso y la denuncia fue archivada por “incomparecencia del denunciante”. Todo fue en vano: solo recibimos excusas y desprecios. Hay activistas y cooperantes que van a visitarla a Angola y traen fotos de sus ojos calmados bajo la sombra del árbol del mopane. Yo aún me sigo carteando con ella por internet, le envío parrafadas elefantiásicas y ella me envía recortes y artículos. Allí también le hacen la vida imposible.

Escribiendo estas líneas, con un fuerte dolor de colmillo y la dentadura postiza remojándose en un vaso de agua, la memoria de elefante me ha traído de nuevo al criptógrafo londinense que desbarató la eficacia de Enigma. Turing no quiso defenderse de su condición de homosexual, no creyó que fuese necesario llegar a eso en tiempos tan audaces. Solamente escribió un triste y falso silogismo para defender sus propuestas lógicas sobre la inteligencia artificial del rechazo social que le había supuesto su opción sexual:

Turing cree que las máquinas piensan

Turing yace con hombres

Luego las máquinas no piensan

Sobre su muerte se han enunciado varias hipótesis: una de ellas el asesinato; otra, el accidente imprudente al comer una manzana impregnada con materiales venenosos de su propio laboratorio; y, la última, el suicidio con grandes dosis de…

 

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