CUCHILLOS Y TIJERAS | ivars, 2000

Cuchillos y tijeras

-Acero inoxidable de primera clase, empuñadura de resina de poliéster. Dos cuchillos. Mil pesetas. Para toda la vida, para todos los usos. Dos cuchillos y unas tijeras de regalo… todo por mil pesetas…

Sin alzar demasiado la voz, casi sin gesticular, sin acercarse mucho, sólo lo imprescindible. Para nosotros podía haber pasado tan desapercibido como las señoras con el carrito de la compra, los carteros con el carrito de cartas o los traperos con el carrito de cartones. No tenía nada de extraño que mientras un grupo de amigos tomábamos unas sidras en Madrid, en una de las terrazas de la calle Princesa, se nos acercase un vendedor de cuchillos ambulante. Algún comentario ingenioso hizo que reparásemos en él. Se fue.

Mi viaje hasta la estación de Atocha en el tren de la mañana había sido entretenido. Una película, de las de poner sonrisa comunitaria de auricular a auricular mientras tu cuello se retuerce hacia el monitor, me había anestesiado por unas horas. Así que, cuando llegué al restaurante asturiano, en el que estábamos todos citados, me encontraba mejor de lo que suelo en estos casos.  Nos íbamos a Navalagamella, un pueblecito de las afueras de la capital, a un encuentro de performances organizado por Nieves Correa con su envidiable habilidad para conseguir que el dinero invierta su flujo natural y viaje desde algún lugar hermético a otro inconcebible. Allí estaban Fernando Baena y Anna, su mujer, Santi Salvador, Patricia Escario, Miguel Lorente, algunas caras conocidas y otras por conocer. Era viernes y estaríamos en el pueblo hasta el domingo a mediodía. Reunión de mentes lúcidas en un rincón oculto del país. Fernando trenzó con ramas y cuerdas una esfera, de dos metros de diámetro, que se fue metamorfoseando mientras rodaba desde el campo hasta el lugar donde haríamos la fiesta; Patricia pintó con colores vivos, y mucha paciencia, sobre el óxido del parque infantil; Santi socratizaba nuestra vida diaria; Oscar Abril, lo conocí entonces, nos hizo participar en su Low Tech Music: sonidos de cremalleras, cerrar un libro de golpe cuando se termina de leer una página, masticar

zanahorias junto al oído de cada uno de los presentes…; Nieves, celebró su cumpleaños con sangría y música de los años veinte; Hilario, también lo conocí aquellos días, vendía, sobre una mesa plegable, duros a cuatro pesetas… creo que fue su debut; Joan Casellas hacía una performance esotérica en un claro del bosque; dos chicas de Lleida, muy jóvenes, de las que no recuerdo sus nombres, se tapaban los ojos y se llamaban a ciegas en una plaza hasta dar la una con la otra; Miguel creo que hizo un dibujo; Lluís Alabert, descomponía el interior de una mandarina y volvía a meter los gajos desordenados en la cáscara que luego cosía con hilo y aguja, luego dio una conferencia-performance; comentarios, acotaciones, con líneas de segmentos por los rincones del pueblo y  una performance sin éxito en el mercadillo del domingo fueron mi justificación.  El sábado por la tarde, después del concierto de Oscar y algunas acciones en el teatrillo del pueblo, la discusión. Se unieron algunos cómplices venidos de la capital, Aledo y Li Way-Way, el neceser y el perro de Li Way-Way, no recuerdo si vinieron Rafa Lamata y su casco, y Rafa Suárez y su cámara, un amigo de Fernando, creo que Johanna y, supongo que, más gente. Nuestras impresiones, nuestras ideas, nuestras diferencias, nuestras impertinencias, nuestra sabiduría, nuestra inteligencia, nuestros desprecios, nuestras equivalencias, nuestras mentes abiertas, nuestros futuros, nuestros…

Lo pasamos bien, ¿cómo no? (Nunca olvidaré el escueto cuerpo mod de Oscar alzado sobre sus puntillas, dejando ver sus calcetines blancos, el índice de su mano derecha señalando al cielo infinito al tiempo que decía Surrrrrreallllissssmmo con paródicas maneras dalinianas y acento catalán profundo).

Agotado, más por la falta de sueño que por el trabajo, hice los casi seiscientos kilómetros de vuelta en el autobús del domingo por la noche; como siempre, había perdido el último tren. Apenas me enteré del viaje. Al llegar a Málaga tenía cosas que hacer. Me aseé un poco, dejé la mochila en consigna y me fui al centro. Cuando iba por Puerta del Mar me encontré a un amigo que no veía desde hacía meses. Me invitó a desayunar en una cafetería de la plaza. Llevábamos unos minutos charlando cuando oigo a mi espalda…

-Acero inoxidable de primera clase, empuñadura de resina de poliéster. Dos cuchillos. Mil pesetas. Para toda la vida, para todos los usos. Dos cuchillos y unas tijeras de regalo… todo por mil pesetas.

No pude evitar preguntarle, más que por saber, para que se contrariase tanto como yo, si no era él el mismo que el viernes estaba en Princesa en el asturiano. Sin mucho sobresalto me dijo que sí y luego insistió en que le comprara el lote.

Nunca he podido dejar de pensar que los cuchillos eran comillas que habían sido elegantemente puestas a nuestro “lúcido” fin de semana. Nunca he querido imaginar para qué eran las tijeras.

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