DIENTES O CAMELLOS | ivars, 2005

Dientes o camellos

Las araucarias son un tipo de conífera que al contrario que la mayoría de ellas parece abrir sus brazos y hojas a la lluvia. Son de una verticalidad invertida, ingrávida, ascendente. Otras especies similares como abetos, pinos y pinsapos parecen indiferentes al agua y la gravedad tira de sus ramas hacia abajo. Si las araucarias se usasen para árbol de navidad quizás lo apropiado sería que los adornos colgasen hacia arriba, como flotando. Esauira está llena de araucarias. Y de surfistas. Sus playas acogen alemanes y otras especies nórdicas expectantes sobre la arena al mínimo movimiento del aire. Cuando la brisa comienza a soplar y el mar a embravecerse, abren los brazos sobre sus tablas en busca de la ola que los arrastrará entre el viento atlántico y la calima de un desierto no tan lejano.

A esa parte de Marruecos, entre Casablanca y Agadir, me llevaron la oportunidad de trabajar y conocer mejor a nuestro vecino del sur. El trabajo consistía en el diseño de bases de madera. En una cochera perdida entre los barrios más humildes de la ex-colonia francesa, construiríamos expositores de cedro para una joyería parisina con la ayuda barata de los artesanos del lugar. Fueron unos días fascinantes para mi curiosidad meridional, y unos días dilapidados en mis imposibilidades como diseñador y mis culpabilidades septentrionales. Fueron unos días útiles para comprender qué es eso de la globalización, y útiles además para darme cuenta que a veces tardo mucho en darme cuenta -casi siempre necesito un fuerte desencadenante.

Para ayudarme en las cuestiones de trabajo, me acompañaron un gemólogo oriundo afincado en Madrid y un buscavidas granadino con conocimiento del terreno. Para compartir la fascinación del territorio, vinieron conmigo mi novia de entonces y su hermana, ambas de origen hispano chino, unas “mestizas muy guapas”. Entre idas y venidas del trabajo y de la sensualidad, de serrín mezclado con sudor y té y hachís mezclado con amores, solíamos atrevernos en lugares poco frecuentados por los turistas: fuese el único sitio, al margen de los hoteles, donde la población civil decía tener un retrete a la manera europea -el observatorio meteorológico (nosotros lo comprobamos y lo probamos); fuese un verdadero hammán casi a oscuras donde compartías el baño con hombres de diversas edades y condiciones -no podré olvidar jamás cómo un joven sin piernas tirado en el suelo que no llegaba a la embocadura del pozo me pidió que le enjuagase con un cubo de goma -; fuese algún local donde sólo se sirve alcohol bajo la estricta vigilancia de policías convenientemente borrachos. En este último, viví el episodio más tópico y menos típico de aquellos días, a finales del siglo XX.

Mientras tomábamos unas cervezas los dos españoles, las dos mestizas, el oriundo y dos amigos del lugar, vimos cómo dos moteros marroquíes con ropas de cuero y fijador travolta en el pelo entraron en el local y se pidieron unas cervezas en la barra y se pusieron a conversar con el poli beodo de turno. Desde luego, los flamantes encuerados no tenían ni el aspecto ni los modales de la mayoría de sus encantadores paisanos. En la parte delantera del pantalón expresaban la masculinidad ceñida por el cuero; en la trasera expresaban las posibilidades de una larga navaja. Ellos, desde el principio, nos observaban con intensidad, nosotros a ellos también pero con la intensidad emboscada bajo un cierto distraimiento. Después de un rato de nuestras conversaciones y las suyas, de sus bebidas y las nuestras, uno de los nómadas motorizados se acercó a mí con ademanes bruscos y comenzó a hablarme de forma amenazadora en ese idioma dulce y embriagador que te envuelve como un turbante. La sorpresa primera dio paso a mi semblante de inquietud dirigido a los dos amigos marroquíes que nos acompañaban. Karim y Mohamed, con cara de preocupación, pero forzando la sonrisa, me transmitían mediante signos que no respondiera, que el encuerado estaba bebido y que ni siquiera ellos conseguían entender lo que decía. Sin embargo, enseguida, todos comprendimos el lenguaje universal: el joven motero se llevó la mano a la boca y con la velocidad de un rayo luminoso soltó su dentadura de oro, llena de babas, sobre la mesa, junto a mi cerveza y los restos de cáscaras de pistachos. Hizo esto con su mano izquierda mientras que la derecha señalaba a mi novia y golpeaba, desafiante, mi hombro. Mis amigos marroquíes y el oriundo se levantaron casi con la velocidad del rayo dorado y empezaron a increpar al impetuoso negociador. El amigo de éste y el policía borracho se iban acercando despaciosamente, cogidos de la mano, mientras sus manos sueltas se acercaban al arma blanca y al arma de fuego. El círculo de discusión se hizo estruendoso mientras los cuatro europeos permanecíamos sentados en medio del “turbante”. Me hubiese gustado que hubieran sido la sensatez y la prudencia las que me impidieron levantarme, pero fue el temblor de mis piernas. Tras unos minutos eternos la discusión parecía no tener otra salida que los golpes y las heridas. Pero todo quedó en nada. Supongo que mis amigos marroquíes se emplearon a fondo en las retahílas del idioma y de la virilidad. El turbante dialéctico se deshizo y salimos indemnes del local, pero el temblor de piernas tardó bastante rato en desaparecer.

Aquella misma noche, fumándome un porro terapéutico con mi chica en el balcón de la habitación del hotel -mientras veíamos entre ramas de araucaria a algunos surferos en la playa limpiar sus tablas y preparar sus útiles para el día siguiente- pensé que todo hubiese sido más “típico” si la oferta, en lugar de oro y babas, hubiese consistido en unos cien camellos bien enjaezados, bebiendo té con menta junto a un oasis de principios del siglo XX mientras atusaba mis bigotes engominados bajo la sombra de una jaima. Una justa y pacífica negociación, bien ponderada, y asistida por una docena de feroces legionarios haciendo relucir sus doradas dentaduras con el destello de sus sables.

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