EN MEDIO | ivars, 2000-2012

En medio [1]

[…] En medio, empezar por “en medio”. Por en medio, eso dice él, y yo también. Está bien. Por en medio, pero luego llegar a todo, sin perderse nada. Llegar hasta el principio y hasta el final, si no nada se entiende, digo yo, alguien dijo. Está bien. Lo miro y casi no me lo creo. Resucitado de entre los muertos, dice él, y se ríe. Debería conocerlo, pero no es así, aunque llevemos ya este tiempo juntos, casi dos años. […] Voy con él, aquí estamos, en medio, en medio de esto. En medio de su proyecto, que he hecho mío, en medio de la vida. En medio. No hay principio ni final, eso dice él. Yo no, pero está bien. No me duelen los cortes. Veintitrés meses, mucho recorrido en medio de este continente. Miles de muertos. Disparamos los dos cuando es fácil. Cuando es difícil me encargo yo. Hoy hemos disparado los dos, estaba fácil, solo hambre y enfermedades. Él tampoco me conoce pero cree que lo está consiguiendo. Apuntar, disparar, juntos, nos une, dice. Me cuenta muchas cosas. Ayer, por ejemplo, “Convertí mi vida en una pizarra donde anotar los acontecimientos y sus relaciones.” Está bien, le creo. Está bien la subjetividad: “subjetivo”. Pero mejor “objetivo”. El objetivo, el blanco, la diana. Target. […] Estamos en medio de un suburbio destruido. En + hacia a. S.[2] Todas iguales, todos iguales. Los muertos también: iguales. Las heridas de ayer supuran un poco pero no me duelen. Tendré que buscar antibióticos. Mañana lo dejaré aquí para que descanse. Tengo que ir a algún sitio que no hayan quemado […].

Dos pescadores

Mi afición a la combinatoria se originó de manera cruel. Conocí los fenómenos de la intermitencia y la discontinuidad desde la cuna; el cálculo de probabilidades de la existencia y del dolor un poco más tarde Mi padre era pescador y eso suponía ausencias de varias semanas y presencias siempre más breves. Costeaba por Marruecos. Ceuta, Tánger, Tetuán, Larache, eran para mí lugares exóticos en los que mi padre se ganaba mi vida y de donde me traía cosas extrañas que otros niños del barrio no tenían. Recuerdo, sobre todo, un perrito que movía las orejas y al que se le encendían los ojos. También me traía sustos. A mi madre le gustó poner el suelo de la cocina de color negro, y una enorme langosta moviendo sus escandalosas extremidades sobre aquel fondo siniestro me hizo correr enloquecido por los escasos diez metros de la casa en su distancia más larga. Los dos animales me iniciaron en la desconfianza y en la curiosidad por el movimiento, ajeno y propio.

Mi padre era la paella, las conservas traídas de ultramar, la cerveza Victoria, los dulces… la risa de mi madre, Victoria también. Mi padre era el vaivén que despertaba nuestra rutina y la convertía en fiesta o en despedida siempre temerosa. Cada cual tiene su propia versión de lo que es un niño, no voy a contar más de la mía. Hablaré solamente de mi afición al cálculo probabilístico. Una tarde llegaron a casa, muy serios, varios familiares. Se impuso la continuidad de la desaparición, el vaciamiento radical, el adiós al vaivén. Después de las primeras semanas de aturdimiento, el niño de ocho años al que sobre todo le gustaban los columpios, comenzó un nuevo juego: Mi hermano había muerto al poco de nacer, yo aún no había llegado. Mi hermano murió mucho antes de que mi padre desapareciera en el estrecho, pero su muerte no tuvo consistencia para mí hasta que la de mi padre me la reveló. La muerte de un recién nacido y la de un adulto ya entrado en años empezaron a interrogar mi mente. Comencé a calcular cuándo me tocaría a mí. Dadas ambas muertes y su orden cronológico, ¿quién vendría a continuación? ¿Sería el ritmo: pequeño-grande-pequeño? O quizás le tocase a un niño primero, luego dos adultos y luego otra vez un niño. También estudié la posibilidad de que fuera primero un niño, luego un adulto viejo, luego un adulto joven (mi hermana, trece años mayor que yo) y luego otra vez el más pequeño.

Creo que agoté todas las combinaciones posibles. Convertí mi vida en una pizarra donde anotar los acontecimientos y sus relaciones. Pero estas cábalas se reducían a mi familia – nunca pensé que el ritmo de las muertes afectase a otros -, nada más que a nosotros, a los tres que quedábamos. La vida, que seguía, consiguió hacerme olvidar el juego macabro que entretenía mis horas muertas. El nacimiento de la hija de mi hermana amplió mi mundo, el mundo. Han pasado ya muchos años desde entonces, pero sigo aficionado a las discontinuidades y a los vaivenes, a los ritmos y a las probabilidades, a los azares y a su orden. Es solo que aquel balanceo simple de mi cuerpo en el columpio se ha complicado un poco; a través del dolor y la crueldad de los primeros “por qué” se fue abriendo paso la mirada que, ahora, mece mis propios interrogantes. A pesar de todo, hay que seguir pescando: en el estrecho, donde las corrientes se disputan la hegemonía, o en el absolutismo del océano, en el que las olas apenas son nada.

 

[…] Cuenta muchas cosas pero no cuenta números. Yo sí, cifras. Dice muchas cosas y a veces respira mal. Duerme. Le he traído más medicinas. Hoy no hay disparos. Problemas técnicos. Habrá que esperar. Dormiremos bien […]. Lo miro dormir, voy comprendiendo, ya sé mucho de él pero aún no es bastante, aunque a veces sea demasiado. […]. La semana que viene o el mes que viene iremos a G. Dicen que muchos muertos, hambre dicen. Azar dice él. […]. No hemos ido a G, demasiado lejos. Seguimos en a. S. Hace tres semanas hubo muchos disparos. Shoot, Shot, Shot. Él no vino. Ahora, aquí, cincuenta y nueve muertos, treintaiséis  niños. Huele. Ha venido conmigo, esto era fácil, solo epidemia. Ya los habían trasladado, por poco no lo conseguimos. Les hemos disparado mientras los tiraban a la fosa. Azar dice él. Habla, no para de hablar, me cuenta cosas. Respira mucho mejor desde que tiene las medicinas. Y dispara mejor, le he enseñado algunos trucos. A veces parece que no aprendió nada. Lo suyo es filosofar, pensar. Está bien. Está obsesionado. Desesperado. Siempre dice azar, o acontecimiento, o algo así. Yo también lo estaba en Boston, desesperado, pero ya no, ahora estoy aquí, con este […]. Bien, aprendiendo, interpretando, sin discutir. En U, E1, SL, RDC. Campamentos y, sobre todo coches. Contando muertos y disparando. No, primero disparo y luego cuento muertos interesantes, lo de interesante lo dice él, yo no. A veces tengo que tener cuidado de no disparar varias veces al mismo objetivo. Es difícil, son todos iguales. Fíjate bien, dice él. Tengo mucha sed, faltan diez minutos. Bebo y disuelvo píldoras. No me pasaré. […]. Viaje. Nos persiguen pero nos dejan libres. Salvoconducto […]. Una banda ha acabado con otra. Aniquilados. He disparado mucho. Somos buitres en países con gobiernos buitres llenos de buitres que vienen de todos lados: buitres negros, amarillos y blancos. Todos iguales, en todos las mismas manos con las mismas manchas rojas. No quieren testigos. […]. Tuve que dejarle en un pozo seco, no lo vieron. Azar dice él. Puede ser, pero la muerte es destino. Morir antes o después es azar, así o de otro modo es azar, pero muerte es destino. Yo tengo mis propias ideas. Me lee historias, para contradecirme. Sin discutir. Es como su biblia. Él ha escrito su historia sagrada con parábolas. Yo también, no cuentos. Esto. Solo un poco, para acordarme. Mejor hacer, ahora hacemos. Esto no es biblia, es acción. […]. Les han cortado los huevos a todos y luego los han colgado. Algunas cabezas cortadas, cuerpos colgados por los pies. Sin cabeza no se puede colgar, las cabezas no se agitan más. Cables, sogas, a menudo el cuero se rompe. Acero. Algunos se empalman, vivos mirando y muertos colgando. Colgar un muerto es publicidad para los putos […], eso dice él. Luego los buitres oteamos, disparamos a los muertos colgados y a las cabezas cortadas y metemos nuestras cabezas sin plumas entre los cadáveres, cabezas calvas de buitre para no mancharnos de sangre. Inteligencia buitre. Cabeza cortada peor que cabeza rapada. Detalles. No sé si están bien los detalles, algunos sí. Tuve que […] a uno antes de dispararle, luego le disparé. A él no le ha gustado, pero gracias a mí está […]. Controles. Habrá que pagar. Saldremos de a. S. Él está bien, gracias a mí. Parece que se olvida de eso. Misantropía. Me lo ha explicado con ejemplos, sobre todo el suyo. Me explica muchas cosas pero creo que me desprecia, o me las explica porque me desprecia, para que se note la diferencia: quién es quién.  […]. No sabe a dónde va. Está perdido, más que nunca. Lo cuido, casi siempre disparo yo. Respira un poco mejor cada día. […].  Motor roto, sin agua. Sin agua se está deshidratando, respira muy mal. Muchos días sin muertos, demasiados. Cuento y todavía no son suficientes. Muchos, variados. Pero no suficientes. Él quiere variedad, aunque no para de repetirse: variedad, variedad, variedad. Yo número, cada vez mayor. Yo aprendo, millones digo yo, pero él no, ni cuenta ni aprende. Variados, dice: macedonia de muertos: colores, sexos, edades, ricos y pobres, de hambre o a cuchillo, ahorcados o fusilados, ametrallados, apedreados o atropellados, vaginas reventadas, ojos saltados, malaria, lepra, sida, amebiasis, hepatitis, cólera, tripanosomas, meningitis. El azar de la muerte, dice él. Sus metáforas, dogmas de azar y miedo. Se ríe de la acción, pero la necesita. Me necesita. Está aquí, contemplativo incoherente. Mejor sin contemplaciones. Coherencia absoluta. Contar en línea recta hasta llegar a destino. Él se pierde en esto o aquello: detalles, detalles, detalles. Pero mi acción le da de beber. Bebe y se repone. Y me lee: “Cuando leí que Godard había dicho que todo niño es un preso político, no me di cuenta. Unos años más tarde, recordé un cruel juego infantil al que solíamos jugar allá a principios de los setenta en las aulas de un colegio agustino.” Etc. Pequeño ritual. Espejismos que la arena de este desierto ni oye ni escucha. Aquí. S, cH3. Las biblias sirven cuentos, no bebidas. Alucinas un oasis y te mueres. Alucinas mandamientos y te matas. Yo seguiré disparando a los muertos. Mejor. Shooting glances. Y no pensar. Él pretende una redención tibia. Sobre todo la suya. Yo no. Mi reloj no funciona ya.

Moscas muertas

Cuando leí que Godard había dicho que todo niño es un preso político, no me di cuenta. Unos años más tarde, recordé un cruel juego infantil al que solíamos jugar allá a principios de los setenta en las aulas de un colegio agustino. Entonces comenzaba cierta apertura del Régimen –nuestros padres lo notaban: los castigos corporales en el cole habían disminuido- y de la curia romana -el Concilio Vaticano II había introducido los aires pop en las iglesias: versiones de The Beatles para la Santa Misa y coloridos collages para los murales ecuménicos para los trabajos de religión. Sin embargo, algunos capones, tortazos o tirones de patillas aún se les escapaban a ciertos curas y a casi todos los somatenes, la guardia paramilitar de la dictadura que impartía las lecciones de “política” y educación física.

En las tardes de la última primavera, ya con el calor metido en las aulas, solíamos cazar furtivamente las moscas que se colaban en clase para distraer a casi todos los compañeros. Una vez capturadas en el aire a golpe de mano, con la habilidad fruto del duro entrenamiento, les quitábamos las alas y las hacíamos bailar su propia danza fúnebre por encima del pupitre. No era la tortura de la mosca en el papel engomado de Kafka, pero se le parecía. Durante un rato observábamos sus atormentadas evoluciones antes de meterlas en medio del libro de texto más gordo que teníamos. Sus horas concluían en un certero y estruendoso cierre del tocho que las aplastaba dejando ver composiciones cubistas de las que salía un minúsculo hilillo de sangre. Despachurradas sobre los párrafos o sobre alguna foto de “nuestro tiempo”, solíamos dibujar a su alrededor un pequeño rectángulo a modo de nicho con una cruz sobre uno de sus lados. Este conjunto de esquelas mortuorias -a veces poníamos debajo un melifluo R. I. P. con caligrafía inglesa- conformaban un cementerio que se exhibía durante semanas entre los compañeros como trofeo de caza; todos competíamos contando el número de bajas causadas entre aquellos insignificantes dípteros. Alguna vez alcancé el pódium.

Cuando leí la frase de Godard no caí en la cuenta. Hace pocos días, leyendo un mal artículo de una desvencijada periodista madrileña titulado no sé qué de las moscas, recordé los hábitos cinegéticos de mi infancia. El libro en el que aplastábamos las moscas, aún vivas, estaba repleto de adoctrinamiento político; por ejemplo, las Leyes Orgánicas del Estado que el Caudillo, Francisco Franco, había proclamado para legitimar su tiranía durante más de treinta años. Formación del Espíritu Nacional era el título del libro de texto y también el de la asignatura mediante la que nos instruían para ser buenos españoles. Aprendimos mucho en esas condiciones.

Los cementerios de la Formación del Espíritu Nacional constituyen una prueba empírica de la sabiduría de la frase “Todo niño es un preso político”. Qué no daría yo ahora por poder abrir las páginas engalanadas por la muerte, “desenterrar” los cadáveres de los insectos que acompañaron mi niñez -hacer de mi culpa un ejercicio de memoria histórica- y lanzarlos al aire, en algún lugar cercano al Mediterráneo, por ver si alguna milagrosa brisa marina convierte su sal en alas, se las devuelve, para que incordien de nuevo nuestras vidas y dejen, como tantas otras cosas, de revolotear en mi conciencia.

[…] Cubiertos de polvo. Tenemos que volver a K, = =, no hay salida por aquí. Comprar voluntades […], eso le digo. Toca esperar. Buscar salida por K. Run out of money, ni donde cambiar oro. Western Union. Es un cobarde, él sí ha sido un preso político, un preso de la política. Un parásito de las pequeñas ideas. Arte. La mise-en-scenè de la enfermedad, el horror y la muerte. Esto sí que lo es, en vivo, en carne viva y muerta, no su petit expérience bourgeoise. Detalles, perdido en detalles, pequeñas angustias, temores. Pequeña costurera dando puntaditas. Azar, dice él. Sin cojones[3], digo yo. Tejiendo y destejiendo dice él. Yo no. Pero aprendo. Cada vez mejor: saber lo que sí tengo que hacer una vez sabido lo que no tengo que hacer: “De los animales nunca he sabido fiarme. Su cercanía involucra demasiado mi atención. Me aterra su ejemplaridad.”, dice en su sermón. No he aplastado una araña gigante y peluda que se paseaba por mi mochila. Hoy comemos tortuga y bebemos Coca-Cola. Mañana no. Combinatoria de humores, digo yo. Yo también animal, el primero. Los buitres no tienen buen olfato, por eso comen lo que haga falta. […]

 

Animales

De los animales nunca he sabido fiarme. Su cercanía involucra demasiado mi atención, me aterra su ejemplaridad. Elijo tres acontecimientos que se sucedieron en un breve periodo de tiempo.

Uno. Somnoliento por el calor y el humo de la chimenea, me despertaron las penúltimas crepitaciones. Había que salir por más leña. A las puertas de casa, sobre las losas de barro cocido, apareció una araña algo más grande de lo habitual. No es de los animales que más me atemorizan; imaginar un encuentro con una minúscula serpiente ha sido desde mi infancia la mejor posibilidad de sentir el pánico que la vida no me proporcionaba. Pero el pánico no es un sentimiento complejo, apenas es un instinto. Las ocho patas y el bulbo peludo no me sugerían otra cosa que la decisión de acabar con ella. Antes de ese día no había reparado jamás en encontrar razones para no hacerlo. Jugué con sus recorridos antes de aplastarla con el pie. Lo recuerdo primero con ojos cinematográficos lentos: las extremidades articuladas iban cediendo al peso de mi cuerpo hasta que el abdomen entró en contacto con el suelo; luego comenzó el crujido quitinoso y las cubiertas, craqueladas, comenzaban a separase y a expulsar algún líquido. A partir de ese momento, la cámara de mi memoria acelera los acontecimientos: mis ojos, inútilmente, pretenden atender a la explosión radial en la que cientos de minúsculas arañas, me parecen miles, se alejan vertiginosamente del instante anterior. Es fácil recrearse en las rutinas de la muerte; es imposible seguir las trayectorias de la sorpresa.

Dos. El miedo, la lejanía de la civilización y mi ignorancia hicieron que agujerease repetidamente el cuerpo de un perro moribundo que nos había -no acompañado- merodeado durante años. La mirada demente y la agitación intempestiva de su cuello siempre me habían inquietado. Su próxima desaparición, aunque fuese a mis manos, no me entristecía en absoluto (Rolling era un perro necesariamente peligroso, su hoja de servicios en la policía había sido demasiado turbia incluso para el ejercicio “legítimo” de la violencia).

Me trajeron lo necesario: guantes de látex, agujas, jeringas, las recomendaciones de un veterinario y un veneno inmediatamente mortal. En el cuello, en el vientre, en las patas, la aguja entraba una y otra vez en busca de alguna vena suficiente. Su obstinación y mi torpeza hicieron que el proceso durase varias horas. Los ojos pétreos, el ritmo agresivo de su respiración y una cierta mueca parecida a una sonrisa maliciosa, se hacían cómplices de mi desesperación. Tara, la compañera de Rolling, optó por alejarse de allí; más tarde supe que tenía algunas cosas que hacer, y que mi desdén hacia los animales me había incapacitado para percibirlas. Mi respiro de alivio y un fuerte gruñido lejano siguieron al último aliento del perro. Le dije adiós a la repulsión que siempre me había producido aquel animal odioso.

Varios días después, olvidado ya del maldito animal, alguien me hizo notar que Tara había desaparecido. Estúpidamente, lo atribuí a algún sentimiento de abandono. Pero esa misma tarde oí unos gemidos. Siguiendo el sonido me acerqué a un arbusto. La perra estaba tendida sobre un costado. Me miró y, sin dejar de hacerlo, de repente, comenzó a expulsar, una tras otra, varias ensangrentadas y minúsculas representaciones de Rolling. Tara había disimulado las razones de la mueca de su compañero y había escogido la escena y el momento preciso para provocar mi asco impotente y multiplicado.

Tres. Poco tiempo después de estos acontecimientos, nació mi primer hijo.

 

 […] Tenemos que buscar otra cámara, nos han robado. Esos […]. Cientos de muertos perdidos en las memorias. Comer […], también. Les he disparado y he […] hombre o niña violada o cabra, amasijo, qué más da. Hambre absoluta, ceguera absoluta, acción absoluta. Niñas soldado que no matan como en  un juego de muñecas: ahora esta heridita aquí, qué mono queda el agujerito en la frente, sin piernas bailan fatal. Niñas soldado que matan como limpian, como lavan, como calientan los cojones de sus señores, sin pensar. […]. Su dieta exquisita no se lo permite. Espíritu mezquino, pequeño. Tantos muertos para tan pequeña gloria. Está bien. Sin discutir, yo me lo […], como el buitre,  utilidad, y gracias a eso llegamos a K, yo tirando de él en un trineo por las tierras de U hasta kU. Luego en avioneta. Boston muy lejos, está bien. Llegamos a K. Western Union, good news. Días sin muertos, muchos. Reponer fuerzas junto a sebosos turistas. Safaris de mierda. ¿Quieren caza? Que vengan con nosotros. […]. Hay que volver a S o ir a E, allí hay más muertos. “… las cosas que me pasan a veces”, dice. Sin intención, dice. Y se lo cree. No delira. No es la fiebre la que le hace decir eso. No lo sabe, pero tenía una biblia antes de hacer su biblia en la que dice que él no tiene biblia porque el azar es la suya. Que no es destino, sino que él creó su libro sagrado en alianza con el azar. No azar, en este presente soy yo su destino. No sabe nada. Apenas sabe decir: “crueldad” y “humillación”, eso le basta para sentirse bien, pero no puede vivir sin enseñarme. Piensa que soy yo el necesitado, que necesito de él. Maestro[4], debo decirle siempre, cuéntame otro de tus cuentos para que yo aprenda. Padre, enséñame. […] Once y dos minutos. Reloj de un […] muerto, lo vi después de dispararle. Casi tres años. Ni se muere ni quiere detenerse. Está bien, yo tampoco, peor sería volver ahora, delatarnos ahora, sufrir la cárcel de la satisfacción y del elogio, hacernos con el botín y las medallas. Mejor esta recompensa. La nuestra está aquí. Mucho mejor. Somos lo mismo, pero no. […] Yo estoy mejor insatisfecho, así avanzo. Eran supervivientes, cinco vivos de siete. Un viaje,  = =, poco rentable de lK a mE2, H1. Demasiadas millas para tan poco. Solo dos muertos, poca carroña para buitres tan experimentados. La muerte no se ha terminado de decidir en dos ocasiones. Azar, dice él. El destino, digo yo callando. No discutimos, jamás. […] Calma tensa como en el Faulkner Hospital. Boston […]. Diluvia. Él tiene los tobillos inflamados por las picaduras. Yo también, picaduras. Pocos muertos, pero tendremos que parar, descansar. […]. Salimos. […]. S. Hay que buscar más muertos. La policía nos interroga y […]. Habíamos comprado máquinas en a4, K. Las miran, quisieran quedárselas, las tiran al suelo, pero ellos no entienden nada. Les da igual lo que hagamos. Varios pasaportes, el mercado siempre es negro, cielo rojo. Allá nosotros, se ríen de nuestras caras, aquí no sirven los salvoconductos […], sus sonrisas blancas y vacías en cuerpos corruptos con ametralladoras. Qué más da. O ellos o nosotros, dicen. Dinero, quieren ellos. Les doy. “Dólares, dicen, los nafkas os los metéis por el culo”. Insisten gritando y metiendo el cañón por el sobaco: “¡Dólares!” Doy todo lo que parece que tengo. Lo registran y le encuentran mil dólares en un tubo de medicinas que guardaba junto a la […]. Corruptos o muertos, es lo mismo, digo yo. Tiran las medicinas por el fango. Me registran y me dan en el pecho con la culata. Alguna costilla rota. Nos echan, vivos. No me encuentran dólares metidos en el agujero. Azar dice él. Buena hucha, digo yo. Él dice, según su biblia: ¿Por qué ellos? ¿Por qué no nosotros? Es un estúpido, habla del azar pero luego pide responsabilidades. […] Está cada vez peor. Ejército de blancos, muchachitos de limpio con sus boinas y sus chicles y los ojos aún muy abiertos. En + a GE y luego a N1. Sin muertos muchos días. “Seguramente hay muchas maneras de amortajar a alguien. Yo solo tuve la oportunidad de aprender el modo más sencillo: poner los miembros pegados al cuerpo, colocar algodones en los orificios para evitar secreciones, envolver el cadáver con la misma sábana en la que había muerto, rodear con un poco de esparadrapo el bulto para que siguiera inmóvil, cerrar los ojos del difunto.” No me pregunto estupideces. ¿Quién amortaja a estos? Fábulas. Moralejas. ¡Qué ejemplo para mí!  Sin discutir, discutir no vale de nada. […]. Drama conocido o imaginado en el fondo de sus entrañas. Arte aterrado, de muerte. Está exhausto y teme morir pronto. Hace ocho o nueve años que teme morir pronto. Variedad de los muertos dice él. Y tampoco le digo […].

 

La rosa de los vientos

Seguramente hay muchas maneras de amortajar a alguien. Yo solo tuve la oportunidad de aprender el modo más sencillo: poner los miembros pegados al cuerpo, colocar algodones en los orificios para evitar secreciones, envolver el cadáver con la misma sábana en la que había muerto, rodear con un poco de esparadrapo el bulto para que siguiera inmóvil, cerrar los ojos del difunto. En los sótanos de una clínica privada -en la que las clases estaban distinguidas por plantas: los ricos en la primera y los desahuciados de los grandes hospitales de la seguridad social en la planta baja-, tuve mi única experiencia.

Martín era un ciego viejo y demente. A diario me tocaba recoger sus excrementos del suelo, junto a su cama. Limpiar a los enfermos era una de mis tareas. Cada mañana volteaba decenas de culos con la excesiva energía de un hombre joven que aquellos pobres inválidos no podían soportar. Las escaras sacras, los cánceres de vulva, las hemorragias intestinales. Tenía que hacerlo rápido, muy rápido. Por mí. El olor me ensordecía y no oía las quejas de los enfermos. Imitaba las maneras de Luisa, una auxiliar endurecida y de risa fácil. Martín había desarrollado algunas rutinas que nos desquiciaban. Su conducta era más propia de un autismo voluntario que de la demencia senil: los ojos siempre entornados -como enfocando-, la mudez voluntaria, la sordera de conveniencia. No encontrábamos explicación a su manía de levantarse de madrugada, ponerse en cuclillas junto al lecho y cagar en el suelo. El baño no estaba lejos y conocía perfectamente el camino. Tampoco lo hacía en la cama, como tantos otros, ni llamaba para que le ayudásemos. Algunas veces, sus compañeros de habitación tocaban el timbre cuando oían los esfuerzos de Martín, pero siempre era tarde.

Una mañana, en la que sufría el abotargamiento propio tras una noche en vela, mis movimientos fueron lentos y pesados, desganados. Con su mano derecha, tatuada en el dorso con la rosa de los vientos, me tocó la cara, la palpó y me dijo: “Tienes un bigotito de los de enamorar”. Después del primer acercamiento, intenté muchas veces hablar con él, explicarle que debía ir al baño, que sabíamos que podía hacerlo. Jamás volvió a hablar conmigo. Lo duchaba y lo peinaba con mucha calma. Pacientemente, le daba la comida. Rasuré su ano cuando le operaron de una fístula sangrante. A pesar de la intimidad que necesariamente nos unía, nunca volvió a hablarme. Enlentecí mis movimientos, evité la brusquedad habitual, por ver si obtenía alguna respuesta. Ni una palabra más. Su hija venía cada fin de mes, le entintaba el dedo, ponía la huella sobre el papel de la pensión y se marchaba inmediatamente. Pasada la única visita mensual, Martín quedaba estreñido durante varios días. A la semana o así, solía recuperar los hábitos intestinales. Una noche, no sabemos cómo lo consiguió, dejó uno de sus regalos en un lugar muy alejado. Había logrado llegar hasta la oficina de contabilidad. Martín se comunicaba con el mundo cagando.

A las siete de la mañana me llamaron de la planta baja. Yo estaba en la de arriba intentando descansar en una cama de ricos. Los ojos de Martín estaban completamente abiertos y muertos. Lo bajé al sótano y seguí las instrucciones: los algodones, la sábana, el esparadrapo. Cuando fui a cerrarle los ojos, no pude. Varias veces apreté los párpados con toda la fuerza de mis dedos; los mantenía un ratito sujetándolos uno contra otro pero se volvían a abrir. Llamé. Luisa se llevó a la lengua el pulgar y el índice de su mano derecha, los humedeció como quien va a pasar la página del periódico, los puso sobre los ojos y apretó durante dos segundos. No se volvieron a abrir. Cuando rehíce la habitación y guardé sus pertenencias en una bolsa para entregárselas a su hija, encontré la despedida de Martín justo en el filo del retrete. Llegado a puerto, había dejado de cagar por la borda.

 

[…] Sus sermones me hacen reír, pero no discuto. Sermón del Humanismo, también aprendido en Boston, y aquí y allá. Por todos lados el mismo sermón. Algún día tendrá que […] para acabar con sus renacimientos y sus resurrecciones. Pero no discutir. Las costillas no parecen rotas. La pierna me duele menos, la morfina es buena. N2 aterrado. No se han dado cuenta los […] estos. Novatos que empuñan el machete, niños muy pequeños que aún no han probado el concierto de la Kalashnikova. […]. No hay disparos, solamente desgarros y orejas y miembros amputados, y una embarazada con el vientre abierto. Huesos pequeñísimos, como de pollo pero más blandos. Bebés y fetos machacados en grandes morteros de mijo. Todos los alegres colores del continente fundidos en un gris ceniciento con reflejos dorados de fango, dice él. Color destino, digo yo. Muchas inundaciones. Muchos muertos. Nadie llora, no queda nadie. Cadáveres en un tableau mort, balsa de la medusa que algún afluente transportará por los ríos de la muerte, dice él. No habrá más renacimientos. Nos comeremos el uno al otro, sin discutir. Y me habló de palomas que no se comen unas a otras: “Todas las palomas comenzaron la danza ritual y alimenticia que las caracteriza: buche arriba, buche abajo, pasitos laterales, el estribillo del arrullo, buche arriba, buche abajo… Cada vez que se acercaba un vehículo todas las palomas aleteaban un poco para apartarse, y en cuanto desparecía el peligro volvían al baile y a sus picoteos.” Las reglas de la naturaleza son las reglas de la naturaleza. Las mías son las mías.

 

Las palomas de Picasso

Sabido es que desde 1949, año en que Picasso hiciera un cartel para el Congreso Mundial por la Paz después de la Segunda Guerra Mundial, la paloma mensajera -que salió del Arca y volvió con una ramita de olivo para confirmar a Noé que habían descendido las aguas del Diluvio- se convirtió en símbolo de la paz. Desde entonces, la paloma ya no se asocia solamente con la transmisión de mensajes, sino que, por obra y arte de Picasso, ha evolucionado hacia la transmisión de mensajes eminentemente pacíficos. Picasso llamó a su hija, nacida en ese mismo año, Paloma.

Me contaron la siguiente historia mientras tomaba café en la terraza del Café Bruselas, justo delante de la casa donde nació Picasso. Una pequeña historia que ocurrió en Málaga en el mismo sitio en el que nos encontrábamos:

Mi amiga y una amiga suya tomaban una cerveza en esa terraza, al filo de una calle muy transitada por el tráfico rodado. Las palomas de la Plaza de la Merced forman parte del paisaje cotidiano. De vez en cuando, se arremolinan alrededor de cualquier cosa que sea o parezca comida. En esa ocasión, justo en la esquina de la plaza, y frente a la mesa que compartían mi amiga y su amiga, varias palomas, entre diez y quince, cayeron sobre varios trozos de pan que alguien había esparcido por allí (entonces era una plaza entre sucia y solidaria). Todas las palomas comenzaron la danza ritual y alimenticia que las caracteriza: buche arriba, buche abajo, pasitos laterales, el estribillo del arrullo, buche arriba, buche abajo… Cada vez que se acercaba un vehículo todas las palomas aleteaban un poco para apartarse, y en cuanto desparecía el peligro volvían al baile y a sus picoteos.

Mi amiga y su amiga, medio adormecidas por el calor del verano, guardaban silencio mientras observaban el sincronizado espectáculo de convivencia intermitente entre lo natural y lo artificial, y refrescaban sus gaznates con las delicias de la cebada. Repentinamente, mientras las palomas glotoneaban gozosamente, se acercó un coche que no iba a mayor velocidad de lo usual en ese tramo de calle. Todas las palomas aletearon, excepto una que insistió en seguir comiendo. Justo al terminar de pasar el coche, mi amiga y su amiga, vieron el rastro de sangre y despojos que había dejado el encuentro. No es difícil suponer que se les atragantó la cerveza. Sin embargo, las palomas supervivientes parecían festejar con sus bailes el acontecimiento: el aumento de ración.

Mi amiga me contó este episodio justo en el mismo sitio que había ocurrido, y reflexionaba sobre qué pudo sucederle a aquella paloma “suicida” para soslayar su conducta genéticamente establecida y eludir su deber de auto-conservación. “Evolución, dije yo, quería más”. Mi amiga, al hilo de mi comentario, recordó una famosa frase de un torero muy popular con la que respondió a un corresponsal extranjero a la pregunta por el sentido de la vida para él, acerca de por qué se dedicaba a un arte tan peligroso. “Porque la vida no es suficiente”, respondió el matador.

Sabido es también que el Congreso Mundial por la Paz de 1949 estaba animado y financiado mayoritariamente por el Partido Comunista de la URSS, y que desde ese cónclave internacional no se trataba de hacer progresar la paz, sino que exclusivamente se proponían hacer frente a la nuclearización progresiva de Estados Unidos. La Unión Soviética aún no había conseguido desarrollar la producción de la bomba atómica y pretendía el desarme unilateral de Occidente.

Estoy escribiendo este cuento en mi casa, a unos cincuenta metros del suceso de las palomas y del lugar donde nació el pintor. Y me pregunto si eso de “la vida no es suficiente” debemos entenderlo en clave torera, digamos, como evolución individual, o en clave nuclear, digamos, como evolución planetaria. Salgo a la calle, me acerco a la casa del pintor que actualmente es una fundación (un negocio turístico que lleva su nombre), miro a las palomas en el cielo y pienso que todos los verdaderos mensajes, los verdaderamente interesantes, siempre están ocultos. Una de las palomas suelta sus excrementos sobre mi pecho, cerca del corazón. Tendré que interpretarlo.

Y mi amiga de entonces, que ahora es mi mujer, le contó en mi presencia a su padre el pequeño relato sobre las palomas de Picasso que yo creía terminado. Y él, luego de oírlo, nos dijo: “A finales de los años cuarenta, mi padre paseaba un día por el parque y se encontró una paloma atropellada, muerta y tirada en el suelo; la guardó en la chaqueta procurando que nadie le viese hacerlo. Llegó a casa y dijo a su esposa: ‘Mira, con esto puedes hacer un caldito para los niños’. Y se puso a desplumarla”.

 

[…] Tenemos que salir de aquí, no aguantará mucho en estas condiciones. Volveremos por […] y, por fin, M1 y sin los […] encima. Las medicinas para todo él y para mi pierna. Cien veces los he leído, ya he aprendido a cortar el suministro de la fe. Él enseña y enseña, y yo no le discuto. ¿Para qué? La opinión es cosa de cobardes, de pusilánimes. Acción. Contados y recontados: doce mil quinientos catorce aunque si no nos ponemos […] pueden ser más de diecisiete mil. Él tiene más que suficiente, dice. Es solo un símbolo, dice. Es un […] simbólico y un moribundo que nunca muere, y nunca morirá gracias a mí. Un […]. Actuar en la realidad, mierda de símbolos. Hay que mejorar el proyecto, incluso rehacerlo. Reinterpretarlo todo. Volver a empezar por en medio. Quizás sin él. Eso está bien. Lo dejaré un mes aquí, con medicinas y monjitas. Iré a BF. No hemos estado en BF. Allí hay muchos. […]. Fácil la caza en la Patria de los Hombres Íntegros. Muchos números. Y sin tener que tirar de él. No discutir, hacer. Está un poco mejor. Primero de N2 a M3. Hay que clasificar. Pierna perfecta. Él sigue enseñando: “Osaka, Noviembre de 1998”. Caravana de camellos y de turistas todoterreno.

 

Yo no entiendo mi fortuna

 Osaka, Noviembre de 1998. Acudo con Satori Arai y Noda Seichii a tres pequeños garitos donde dos mujeres y un hombre aceptan que se grabe en vídeo mientras interpretan las líneas de mis manos. No entiendo ni una palabra y a ellos les falta el feed-back necesario para poder articular mis impresiones con su discurso. Al finalizar la grabación, doy instrucciones a mis colaboradores para que no me desvelen nada.

Más tarde, en Kioto, durante la inauguración de la exposición titulada Spaces for banishing (Espacios para el destierro) -en un edificio que antes de convertirse en sala de exposiciones había sido fábrica de kimonos y, mucho antes, teatro kabuki del barrio textil de Nishijin- todos los asistentes, gracias a una video-proyección, pueden saber qué me profetizaron los fortune teller. Todos pueden entender lo que dicen; todos, excepto yo. Ellos miran y oyen en silencio la proyección, en un pequeño teatrillo dispuesto para la ocasión. Me observan tímidamente, esbozan sonrisas y hacen discretos comentarios entre ellos. Algunos no pueden evitar acercarse a mí. Quieren avisarme de los peligros de mi tensión arterial y mis pulmones. Por señas o en inglés, les indico que no deben revelarme nada acerca de lo que están oyendo. Sonríen.

Algún tiempo después, ya de regreso en España, le pido a Hisae Yanase que me cuente qué se decía en el vídeo acerca de mi futuro. Oídas sus palabras, y aunque algunas predicciones se estén cumpliendo, sigo sin entender mi fortuna.

 


[1] N. de T. El original de este capítulo fue escrito en francés. Hemos traducido todo el texto al español excepto las voces inglesas y aquellas expresiones francesas que por su origen o contexto hemos considerado oportuno dejarlas en su lengua original.

[2] N. de E. Por cuestiones de seguridad, aunque de manera poco sofisticada, aparecen en el original  letras y símbolos que suponemos se corresponden con ciudades, países y medios de transporte. Estos últimos: “+”, como avión  y “= =”, como coche.

[3] N. de T. En español en el original.

[4] N. de E. Subrayado en el original.

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