LA HORMA | ivars, 2000

La Horma

Preferí imaginarlo antes que preguntar por qué lo llamaban Viejo. En El Puente de la Horma, un pequeño poblado en las altas montañas de San José de Ocoa, los dominicanos suelen poner extraños y divertidos nombres a sus hijos: atildados nombres marxistas, Lenín; inexplicablemente anatómicos, Angiolo o Hueso; apropiados, Fallo; inapropiados, Mínimo; norteamericanos españolizados, Dayana o Mery… Viejo, por ejemplo, era un moreno de unos veintitrés o veinticuatro años, corpulento y algo gordito pero no en exceso. A Viejo le gustaba que le hicieran fotos o verse en el visor de la cámara de vídeo; siempre buscaba alguna excusa para cruzar por delante del objetivo.

Muchas veces, la potencia del lugar me hizo sentir fuera de sitio; siempre, las miradas directas de los vecinos me hicieron sentir que ya pertenecía a aquella tierra. Subir las pendientes embarradas, entre la ambición de la maleza, me recordaba la pérdida de memoria de mis pies y mis manos, la memoria antigua de su fisiología, de su por qué. Encontrar cada amanecer el café colado por la anciana Auri; el tiempo lento con Rubén mientras me pelaba una caña de azúcar bajo la sombra de un guineo, y me contaba que durante años su mujer no había salido de casa por razones religiosas o cómo aún se practicaba la compra de mujeres, de niñas; las bromas sobre la lentitud de Fallo (tardaba una eternidad en encontrar una cerveza, nunca bien fría, entre el hielo de una  nevera portátil); aprender a bailar bachata intimidado por un montón de curvas; la vista de camiones descubiertos repletos de gente que iban y venían de trabajar en las cebollas o en las coles para soslayar la pobreza extrema; la conversación política alrededor de Estela mientras trenzaba el asiento de una vieja silla… Todo eso, me recordaba la pérdida de memoria de mi sonrisa, o de mis lágrimas, la memoria antigua de su fisiología, de su por qué. Hoy, todo aquello me recuerda que el exotismo siempre será una trampa.

Había que tensar un cable de unos cincuenta metros de largo. La Horma, El Puente de la Horma, era el lugar al que me habían destinado para hacer una escultura dentro de un programa de cooperación iniciado por la Columbia University. Una nativa dominicana que hacía su tesis en esa universidad, hacía las veces de comisaria del proyecto. Y, por supuesto, contaba con el refrendo de la comunidad católica de jesuitas que manejaba la zona. Este proyecto en concreto, trataba de producir un cierto desarrollo turístico en comunidades muy depauperadas como Sabana Larga, El Naranjal, Los Limones, etc. Unos treinta artistas de todo el mundo haríamos esculturas con el fin de que los perezosos turistas que llenan los resort de lujo en otras zonas de la isla tuviesen algún aliciente para decidirse a viajar hasta esos lugares remotos, no tan lejos ya de la frontera con Haití, y dejar allí algunas divisas. Cuando llegué, tuve varias discusiones con la organizadora y con bastantes artistas que se sentían salvadores de mundos. Pero me relacioné bien con otros escultores menos pretenciosos y, sobre todo, con unos cuantos payasos sin fronteras que alguien tuvo la feliz idea de que nos acompañasen. A mí, ya sobre el terreno, y visto lo visto, todo me parecía truculento y me sentí una especie de neocolonialista; no obstante, la palabra de un caballero español es algo muy serio, decidí cumplir mi vergonzante compromiso; me puse la celada de conquistador y abrí hueco entre la vegetación y las almas tropicales.

En la Horma habíamos decidido colgar en una vaguada un laberinto de escalas hechas con peldaños de bambú. En un proyecto “participativo”, cada uno de los habitantes pondría su nombre en un peldaño; Daisy, Aneuri, Rubén, Largo… todos lo hicimos. Teníamos quince días y el tiempo y las lluvias se nos echaban encima. El penúltimo día nos cayó la noche encima, pero, inexorablemente, debíamos continuar -las autoridades políticas y las fuerzas vivas del lugar vendrían a inaugurar a la mañana siguiente. Estaba casi todo listo, tan solo quedaba izar el artilugio que ocuparía un área de unos cien metros cuadrados. Encendimos todo lo disponible: los faros de la jeepeta y de un camión, linternas, candiles… El cableado de acero debía llegar muy lejos entre la vegetación para que aquello pudiese elevarse lo suficiente. Un obstáculo en especial se interponía en la trayectoria de uno de los cables: un árbol de ramas gruesas, poco menores que el tronco principal, unas cincuenta. El árbol era más fuerte que nuestra inteligencia y tenía… más tiempo. Yo no veía el final, ni del cable ni del trabajo. Talar el árbol no era fácil porque estaba rodeado de peñascos y el machete no tenía recorrido suficiente y, desde luego, no teníamos una motosierra. Tampoco podíamos variar la dirección del cable, ese era su sitio. Cuando Viejo, que hasta entonces solo miraba, cruzó la luz de los faros del coche, como solía delante de los objetivos, todo se aceleró. Se encaramó al árbol intransigente. Casi no lo veíamos, a veces destellaban el blanco de sus ojos y el logo de Nike sobre su gorra oscura. Comenzamos a escuchar bramidos de esfuerzo. Y a oír cómo cada una de aquellas potentes ramas era quebrada por la fuerza de sus brazos y de sus manos. Todos quedamos en silencio. Solo sonaba el diálogo entre el crujir de ramas y la estruendosa respiración de Viejo. Juraría que duró unos minutos, pero no pudo ser porque entre lo que había que romper y el tiempo de rotura había una desproporción inhumana, sobrehumana.

La red de escalas colgantes comenzó a elevarse y Viejo descendió. Los nombres de todos, escritos con vistosos colores sobre los peldaños de bambú, estaban, por fin, arriba, suspendidos formando parte del laberinto de escaleras colgantes, una sugestiva trampa que se cernía sobre nuestras cabezas. Viejo me miró y, sin atravesar esta vez la luz de los faros, se fue a redimir sus culpas en la nevera portátil de Fallo. Yo caí enfermo al día siguiente, estaba exhausto, y no pude asistir al evento. En casa del cura Domingo, entre pesadillas y alucinaciones, los ojos de Viejo me vigilaron hasta que recobré no sé qué clase de sentido. Algunos artistas y cooperantes se quedaron por allí durante algún tiempo, pero yo salí para España al día siguiente, dejando mi rastro allá arriba, en la montaña donde se venden niñas y los turistas más audaces ya pueden ser invitados, por un módico precio, a fijar su atención en nuestros bonitos, participativos y piadosos artefactos.

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