LA MARSELLESA | ivars, 2000

La marsellesa

El pánico, quien lo haya experimentado lo sabe, es el más humano, el más atávico de los sentimientos, el más simple. Pero no hablo del pánico masivo que se produce en una catástrofe, o del pánico a un acontecimiento cualquiera por muy espeluznante que pueda ser. Hablo del pánico a uno mismo, a la respuesta refleja de nuestra llegada al mundo mucho tiempo después de haber nacido. Anne Marie, la niña de los pies sucios, es una marsellesa que tiene la boca grande y los ojos extraordinarios. La boca puede comerse cualquier mundo imaginable, los ojos cualquier mundo inimaginable. Su francés es suave y un poco atolondrado, imprevisible. En otras lenguas no es la misma. Con ella tuve dos sentimientos pánicos, uno razonable, el otro, bastante común. Después de envidiar juntos en el cine a Alesandro Baricco y al pianista de su novela -al que dio a luz  y mató en un transatlántico sin que jamás pisara tierra firme: 1900-, nos tomamos unos vinos en la Cava Baja y comenzamos una discusión que confirmaba, una vez más, la hipótesis del aleteo de mariposa que termina convertido en huracán. Yo decía hipótesis, ella metáfora. Huracán al fin. El viento que se produce en el  suburbano cuando el tren se acerca no mejoró la situación. En esos segundos de espera que se intercalan en su trayectoria, subí al metro, volví la vista por ver si ella venía, la vi, con cara muy enfadada, acercarse a las puertas, caer en el espacio que separa el vagón del andén, el cuerpo suspendido por los pechos, su cabeza y sus manos agitándose, ser rescatada por un hombretón que el destino puso allí, tragarme con sus ojos, amarme. Inmediatamente después de este pánico primero, comenzó el segundo.

Desde hacía un par de semanas, a principios de verano, compartíamos estancia, con muchas otras personas de distintas procedencias, en un palacete en Madrid. Una bonita cápsula espacial -en la que el tiempo se detiene, te detiene-, que el gobierno francés destina al intercambio cultural. Ella, en una pequeña habitación del segundo piso del ala este; yo, en un estudio grande del ala oeste, también en el segundo piso. Ella, estudiando el idioma con el que no sabíamos comunicarnos; yo, subiendo de polizón a algún antiguo dirigible para que su comandante me expulsara,  amordazado  y ciego, sobre las aguas claras de sus ojos o bajando al infierno de la autopista condensada, por ver si algún fugitivo me tomaba como rehén, para abandonarme luego, apaleado y sediento, en el desierto de sus muslos blancos. Pero los movimientos que nos unieron, fueron laterales: de su habitación a la mía, de la mía a la suya; apenas nos separaba… la biblioteca. La vida, aunque uno insista en lo contrario, tiene infinitos atajos que nos evitan los tópicos.

En el camino, Anne Marie se ensuciaba los pies y dejaba caer gotas al suelo desde su pelo recién lavado. Hasta el episodio del metro, aquello no fue para mí más que un delicioso ir y venir de su cama a la mía, de mis piernas a su espalda,  de su lavabo a mi ducha, de sus hombros a mis sienes, de mi sofá a su mesa, de sus caderas a mis labios… El vértigo en el metro, aquella mirada, lo cambió todo. Yo no había nacido en ese transatlántico, pero sabía que podía hundirme con él fondeado cerca de Marsella. Yo no tocaba el piano, pero mis manos, estaba seguro, se habrían dislocado por oír la música de su quilla, de sus bodegas, de su cubierta. El miedo a dejar de flotar y a perder la normalidad de mis articulaciones abrió la grieta del pánico. Esta vez, no entre el andén fijo y el vagón móvil, sino entre mi hipotética catatonia y la metafórica aceleración de sus latidos. Quizás también, el pánico a oír tan sólo el eco encapsulado de nuestros latidos o de sus ausencias.

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