LA MEMORIA DE Y EL OJO DEL | ivars 2012

La memoria de y el ojo del

No supe morirme bien. Me lo dijo el director, hace muchos años, en la escuela. No era lo mío, tampoco. Cambio de posición. Otra vez. Habría que cambiar el relleno de la almohada. Cambio de. Mucho latín, mucho latín, decía mi padre. Así que no le hice caso y ahora estoy como estoy, todo de memoria. Bien. Sin latín. Me levanto. Solo me queda escribir, parece lo más fácil y lo más barato. (De un tirón, me acuerdo de todo). Lo más cómodo: escribir. Sin latín y sin batín.

Es temprano. Miraré afuera. Miro. Pasa la vecina que nunca me ve. Los geranios sí que se mueren bien, tienen un gusano de las cavernas que los horada de parte a parte. Están como yo, agujereados. A veces pienso que se me van a salir los humores por los agujeros del alma. Pero son cosas distintas, eso dicen, aunque yo no estoy tan seguro. Me haré café, no se me saldrá por el agujero de la envidia. Voy adentro. Mejor riego antes, no me gusta que vean que cuido mis plantas como si no tuviese otra cosa que hacer. Aunque me da igual lo que vean y oigan los topos dorados, ni oyen ni ven los topos dorados. Ahora sí, voy a.

Mi hermana es más inteligente que su marido, eso dice ella. Pero los dos están en la ruina. Aquí hay una tradición que libera cada año a un preso en un paso de Semana Santa. El último liberado fue él, mi cuñado. Tapado con cucurucho y túnica de nazareno nadie lo vio, pero toda la familia sintió mucha vergüenza. El café se me sale por abajo. Miro y veo segmentos muy oscuros, no negros como mi negra, negro-verde, pero no es envidia, ni café, serán las espinacas de ayer. El café sale por donde tiene que salir. La vergüenza de la familia es importante, quizá lo más importante, para la familia. Yo quisiera mantenerlas, vergüenza y familia, pero no sé cómo. Voy afuera. Deberían haber dejado los geranios en Sudáfrica, esa manía de transportarlo todo, todo en todos lados.

Pasa otra vez la vecina que no me ve y la negra me llama desde la habitación. Los domingos quiere el desayuno en la cama. Voy adentro. El cuarto del niño apesta. Unos pétalos de geranio en la bandeja y zumo, unas tostadas con aceite y mermelada de naranja. Beso y voy afuera. Lo escribo todo en mi mente, sin faltas. Tengo memoria de elefante con memoria de elefante. Me enseñaron a memorizar. Voy adentro, cambio al niño, lo llevo con su madre, retiro la bandeja, voy a la cocina, voy afuera, miro el geranio, aplasto una oruga verde, pero habrá más. Entro, me lavo y bajo. Compro tabaco de pipa y periódico. Anuncios. Leo anuncios en el café de al lado, El Café de al lado, pero no tomo café. Hablo con Rosita la madre de Rosita camarera. Hoy el suplemento trae un cuento, lo leeré en el baño. Subo. No estoy en la ruina, soy la ruina. Un ruina, dicen por aquí. Pero solo comparto la ruina con mi mujer. Ella lo quiere así. Y con el niño, claro. Y con papá negro. Voy afuera con la madalena. En verano no pegan las madalenas. Voy adentro por otra madalena y zumo. Tengo tiempo aún, antes de que se levanten. Están retozando, les oigo jugar. Voy afuera, me toco la cara. Ahora entro. Me afeito mi cara blanca ahora más blanca, con la espuma. Iremos a la playa de las conchitas blancas. Los niños son delicados, hay que ponerles cremas blancas.

Llama mi hermano, él no está arruinado, ni es un ruina. Lo cumple todo. También cuando llama cumple. Él sí aprendió latín y tiene batín. Mis hermanos no se hablan, ya no tienen de qué, eso dicen. Pero pasan por mí para saber, como si yo fuese un agujero por el que se miran. Me he desmayado. Estoy inconsciente. Despierto. He pedido el suplemento. Quiero leer el cuento, es de médicos. Una casualidad.

Salgo del hospital. Los geranios se han muerto del todo. Vuelvo a plantar geranios y vuelvo al hospital para que me digan. No se va el calor ni los gusanos desaparecen nunca. Ley de vida, dicen. No era un agujero en el corazón, no se me saldrá la mala sangre, ni la buena, ni la linfa. Cosas de cabeza, dicen otra vez. Mi mujer no les cree. Manuel piensa mucho, eso es todo, dice ella. En la playa de las conchitas blancas la enterramos, jugando. Agujeros en la cabeza. Como una fuente. Es verdad que pienso mucho. Ella lo sabe. Le gusta. Dice mi negra: Manuel está pensando. Y se le erizan los pezones. Sabe que ya solo sirvo para pensar. No supe interpretar la muerte, el teatro no es lo mío. Ni cambiar el mundo, ni aprender latín ni llevar batín, ni sé cuidar geranios aunque debiera saber, solo riego con la regadera que tiene agujeros como yo, y sé ponerle al pan aceite y mermelada de, pequeñas cosas de casa, muy pequeñas, y sabía navegar y observar bichos pero ya no. He estudiado muchísimo, hace tiempo, me falló el latín, yo le fallé a él, y a mi padre, y él a mí, peor para él. Y he viajado muchísimo, antes y después de enrolarme. No servir ya para otras cosas no me importa. Pensar está bien. Pero por los agujeros del alma no me salen humores, no se me salen los líquidos. Por los agujeros del alma salen otros agujeros. Los agujeros del traje de nazareno de mi cuñado por donde miraba cuando lo llevaron en procesión. O los agujeros de la codicia. O los agujeros de mis calcetines. O los agujeros por los que entro en mi negra. A ella le gusta que piense, me ve hacerlo, se humedece cuando me ve pensar. Salgo afuera. Hace tiempo que no veo a la vecina que no me ve. Por los agujeros del alma se me salen sus agujeros, deben ser preciosos. No tomaré la medicación de los agujeros, hoy quiero que se me salgan cosas. También me entraron. Me entró arena en el alma cuando la enterramos en la playa de. A la negra. Y cuando la desenterramos se salió la arena, del alma. Como las historias que se me salen. Entro. Ha salido con el niño, les he visto salir y les he dicho adiós desde arriba. Las historias son agujeros en los que algunos quieren colarse. O fugarse. Está bien fugarse. Ellos no se han fugado, solo han salido a comprar almejas finas. Y melocotones. Y manzanas sin agujeros.

Iremos otra vez a la playa de las conchitas blancas con papá negro. Nos ponemos las gorras de colores y la crema blanca, ella no, la negra no se quema, eso dice. Papá Augusto nos lleva en su barca, él se pone un montón de crema aunque es más negro que la negra. Siempre quiso ser blanco. Rema. Llevo al niño en brazos y lo asomo por la borda para que vea los peces. La historia de los peces no tiene fin, sobre todo cuando se juntan y dan vueltas. Y le cuento una historia a papá Augusto, y a la negra, y a Mircea. Mircea no tiene diminutivo. Es un nombre de hombre, eslavo. Se ríen con la historia aunque no la termino. No es porque no me acuerde, sí me acuerdo, es que no quiero terminarla, y eso les hace más gracia. No sé qué le puede hacer gracia a Mircea, pero también se ríe. Hoy dormiremos bien, como todos los días, cansados por la brisa del mar. Hay gente que duerme mal. No saben ir a la playa de. Ni sacar agujeros, ni meterse gusanos por los agujeros del alma y hacer que se pierdan en el laberinto de agujeros y se mueran de aburrimiento.

Hoy no me levantaré. El mar suena en las caracolas y en el balcón de los geranios supervivientes. La negra me cuidará cuando vuelva de la calle. Me ha dejado en la cama unos pétalos de pelargonio en la bandeja y zumo, unas tostadas con y mermelada de. Papá Augusto ha echado una estera junto a mi cama y duerme. Cuando suena el teléfono no lo cogemos, hoy no es día de hablar con mis hermanos ni con los hermanos dominicanos. En las vigas del techo hay agujeros emocionantes. Miles. Se lo digo a papá Augusto y él me pone un paño frío en la frente. Me dice que tenía que haber tomado las pastillas tapa-agujeros. Le cuento la historia de los santones, de cuando siendo muy joven, en la India, pasé por el agujero de las llagas de Cristo y aparecí en Groenlandia estudiando un oso blanco. Los santones a los que les conté la historia dijeron que fue Shiva quien me transportó. Oigo a la negra cantar con el niño en el baño y a papá Augusto preparar la cena. Todos dormimos y la negra me enseña su agujero nuevo. Dice que nadie lo ha probado todavía. Mircea, que tiene nombre de, salió por el agujero viejo, pero este es nuevo. Cada día la negra tiene un agujero nuevo para mí. Me pide que y empieza a brillarle.

Salgo. Voy afuera y apoyo un pie en la balaustrada. He sudado mucho esta noche, y la negra también. Mircea volverá con papá Augusto. Del cole. Se fueron temprano. Ya no enseñan latín, menos mal. Yo le enseño las estrellas y las clases de conchas. Le enseño los agujeros de las termitas en el cielo de la casa. Y las telas de araña en el cañizo del porche. Hace fresco esta mañana. Es temprano. Riego un geranio y aplasto un, esa manía de todo en. No me echo de menos. Así estoy bien. Claro que me acuerdo, me acuerdo de todo lo que era. Todos se hicieron historias y salieron por el agujero de salir historias. Aunque a veces vuelven las historias gusano y entran por los agujeros de entrar historias y tengo que llevarlos al laberinto de los agujeros para que se. Mircea, la negra y papá Augusto no son historias. Voy adentro, me lavo y bajo. Compro tabaco de y periódico. Anuncios, solo anuncios. Leo anuncios en el café de al lado, El Café de al lado, pero no tomo. Hoy el suplemento trae un, lo leeré en el baño. Repetir está bien. Es como fugarse, canturreando siempre la misma canción. Sin pensar. Como los santones cuando cantan sus cosas, sin pensar. Está bien. Como cuando me fugué de los niños que no podían fugarse. Canturreando mucho. Sin pensar. Todos muertos. Sin. Los gusanos de plomo se metieron en sus cuerpecitos, haciendo agujeros. Canturreando no se piensa, no se tiene miedo. Los centinelas estaban ciegos de victoria, como los topos dorados.

En el baño leo otro cuento de médicos. Otra vez 700 caracteres. Está bien repetirse. Pero ¿cuántos agujeros? ¿Cuántos espacios en blanco? Prodigios blancos. Salgo afuera. En dominicana no fue igual. No había que fugarse. Fui a la playa con la negra y bailamos bachata y merengue en Barahona. Y jugamos al balón con cuatro poetas locos que hacían muchas trampas. Nos duchamos en el cuartel de la playa. Ella no, mi negra no, ni la mami, solo papá Augusto y yo. Les dimos unos pesos a los soldados y salimos frescos hacia la guagua, sin agujeros de sal que pican en la piel. No me gustan los cuentos de, no los leeré más, son precisos, están locos. En Barahona no enterramos a la negra, solamente lo hacemos en la. Y nos reímos cuando sale de la arena y parece una tarta de chocolate con azúcar por encima. De la arena sale una tarta y de la tarta sale una negra y de la negra sale una boca y de la boca salen unos dientes más blancos que el azúcar. Entro. Las madalenas se acaban y habrá que comerse los mantecados de Navidad. La negra ahora, no va mucho a la calle. Comeremos mantecados de. Está bien. Me acuerdo de todo, antes de la Navidad cuando no había mantecados. Antes de Mircea, y antes de papá Augusto, y antes de la negra, y antes de que pasara cada día la vecina que no.

En la habitación, papá Augusto consuela a Mircea y lo abanica con su gorra de colores y le cuenta que un día yo fui un buen capitán y le lee el cuento de cuando yo fui un. No había ballenas ni contrabandistas en el cuento del buen capitán, pero sí muchos agujeros. De los agujeros de mis ojos brota el mar y lo oigo en las caracolas y en el balcón de. Y oigo a papá Augusto leerle a Mircea. Y la negra me mira con la nariz hinchada que anuncia que tendrá que salir.

Salimos arrojados por la tormenta sobre un minúsculo islote de unos escasos veinte metros cuadrados. El Cano y Betún estaban exhaustos, habían tenido que nadar mucho más que yo porque tuve la fortuna de engancharme a un madero que me sirvió de salvavidas. Unos instantes después, como si se tratase de un enfurecido buque fantasma, la barca también encalló contra el islote destrozando las piernas del Cano. Náufragos del mercante, náufragos del bote salvavidas, y el Cano, con las piernas fragmentadas en mil pedazos, murió una hora más tarde cerca de las Islas de la Luna.

La negra deja de sonreír y se va mucho rato y vuelve y se baña y sale del baño con las trenzas hechas y la nariz deshinchada y entonces ríe. Mircea se queda dormido. Papá Augusto no se da cuenta y sigue leyendo un poco el cuento de cuando fui y se echa sobre la estera del tucán callado y también se duerme. Sueña que pinta tucanes callados sobre sus esteras mágicas. La negra me trae mantecados y los aprieta en el papel con sus manos blancas. Los deshace y me da de comer la Navidad en el calor de agosto. Me da zumo de su boca para tragar y me pide que piense. Y después de que yo piense mucho rato para ella me da un beso de buenas noches, y me toca en el brazo y me dice que papá Augusto debería dejar de contar cuentos a. Los avestruces tienen el ojo más grande que el cerebro, le digo a mi negra. Y la negra ríe. Le digo que las historias ya solo son historias que ya no son. Le digo que el buen capitán se quedó en la historia del buen capitán, que el cerebro de los avestruces no soporta lo que el ojo puede llegar a ver. ¿Que por eso meten la cabeza en el agujero de se-acabó-la-realidad? Eso también es una historia que nunca sucedió. Y nos dormimos abrazados en el silencio de las historias que nunca sucedieron.

La lechera trae la leche y el panadero el pan. La vecina pasa sola, meneando sus agujeros que no. La negra cuela café y papá Augusto sueña esteras sobre las que luego duerme. Y yo no hago nada. Pero estoy bien. Estoy bien porque no hago nada o aunque no haga nada, que yo sé que no es lo mismo. Mircea dibuja la playa de las conchitas blancas en la arena de Playa Negra, y le pone un sol muy alto y muy grande y un barco que no tiene nombre pero lo tendrá. Bajo al café de al lado, El café de, y Rosita camarera me pregunta que si quiero ver anuncios y yo le anuncio que nunca más los veré. Que me aburren los anuncios tanto como los suplementos del periódico que traen cuentos de médicos que ya no. Y Rosita madre de Rosita camarera me pregunta si quiero sardinas y le digo que luego. Subo. Me voy afuera y la vecina pasa con el novio gusano que quiere meterse en sus preciosos. Ya no hay geranios en el balcón, todos son agujeros que se llevó el viento del mar. Riego sin que nadie me, porque parecería que solo hago eso: regar las gitanillas, que bailan para que yo las moje como a mi negra. Entro. Me afeito los pelos que salen por los agujeros de salir barba.

En el hospital me lavan los agujeros en la lavadora de lavar historias. Y me acuerdo de todo, pero casi todo está mojado, como en el naufragio en las Islas de. Mi cuñado se murió de pena, se le afiló la cabeza con el cucurucho de nazareno porque no podía quitárselo por la vergüenza, y así se murió: afilado. Mi hermana no llora nunca porque es lista y los ojos de nazareno ya solo tienen gusanos, y no va a llorar por los gusanos. Mi hermano que no es un ruina ni tiene un Mircea quiere llevarse a Mircea para que aprenda latín y lleve batín y la negra le pega con las trenzas y le escupe en el ojo de avestruz. No lo veré más, no a Mircea, no a él, Mircea se queda, y no aprenderá latín ni llevará. A mi hermano ya no lo veré más y él ya no verá más a mi hermana por mi agujero, por el que se miraban de lejos. No es domingo pero le llevo a mi negra unos pétalos en la bandeja y zumo, unas tostadas con aceite y mermelada de melocotón. Mircea lee a trompicones las historias sin latín que se contaron del buen capitán. El fuego nos calienta los agujeros del hambre y las sardinas de Rosita, la madre de, se alinean en formación de a cinco, se pasan la caña por la cintura y crepitan junto al carbón. Alineadas como los bultitos en la empalizada, aquellos que no supimos distinguir antes de Navidad. Antes de que me fugase de los niños que no.

Papá Augusto se muere como dormido sobre su estera del tucán callado y Mircea le lee a trompicones la historia sin latín. Hemos ido a enterrarlo a la playa de las, pero no nos dejan. Mircea a trompicones le lee a papá negro la historia sin y lo dejamos en el agujero que algunos llaman hoyo. Cubierto con su estera del tucán callado y con espuma del mar tapándole el agujero del culo y los de la nariz y la boca y los de las orejas para que no se le salgan los humores y no le entren gusanos verdes que quieren ser mariposas, ni se cuelen ojos de avestruz, ni correteen por dentro los topos dorados. Mircea le lee la historia sin latín para que se duerma un rato aunque ya no esté.

Protegidos por los restos de la barca que destrozó las piernas del Cano, lloramos quince noches hasta que nos rescataron en un fétido buque que surcaba el mar de esas islas. Comíamos sardinas podridas y Betún las vomitaba por la borda para regocijo de las gaviotas carroñeras. Y trabajamos como esclavos. El Cano se perdería la liberación, pero había que aguantar hasta el final, en su honor. En el puerto nos esperaba un comando que nos condujo hasta los demás insurrectos rojos. Betún me siguió a mi nuevo destino, un barco fluvial. Yo al mando de veinte hombres, como recién nombrado capitán, y muchas cajas que transportar hasta los destacamentos tierra adentro.

Mircea llora por los agujeros de llorar el mar, y ríe, y habla con papá Augusto que no está. La negra riñe a papá Augusto que no está y papá Augusto que no está me pone un paño frío en los agujeros de la regadera. Papá Augusto que no está me riñe porque no tomé los medicamentos de tapar agujeros y yo les empiezo a contar la historia de cuando estudié muchísimo pero luego, enfadado, me aburrí de tanto y me enrolé con los cambiamundos que me contaron la historia de Cuba, y la de la China, y la de Mozambique y Angola, Nicaragua y El Salvador, y la de Rusia y la del mundo que cambiará. La negra se ríe porque sabe que esas historias ya no están pero Mircea no sabe que esas historias se fueron por los agujeros de escaparse historias y le dice a papá Augusto que no está que. Me acuerdo de todo. Tengo memoria de, que tiene las orejas muy grandes pero sus ojos no son grandes como los del. Yo tampoco tengo los ojos como el avestruz. Salgo. Entro. Voy afuera y las gitanillas bailan para mí sin que los gusanos sepan encontrar sus agujeros. Pasa el carro fresco de los cocos y los limones y la negra compra tres cocos: uno para ella, otro para mí, medio para Mircea y medio para papá Augusto que no. Por el agujero de mi coco que no es el agujero de la envidia pasa la vecina que no me ve. Y Mircea le dice a papá Augusto que no está que si desde donde está ve más que el avestruz y oye más que el elefante y se acuerda mejor de todo. Papá Augusto solo se come su medio coco y se duerme sobre su estera de. Mircea lo mira y luego mira el cielo de las termitas y sueña con los cambiamundos. La negra me dice: ven Manuel, piensa Manuel, piensa. Y el agujero nuevo brilla con el rocío y el panadero trae una hermosa barra de y el agujero nuevo la lleva dentro y la lechera trae leche caliente y la negra dice te quiero y yo cierro los ojos y espero que claree el día para traerle a mi negra unos pétalos de gitanilla en la bandeja y unas tostadas con aceite y mermelada de fresa.

En el hospital dicen que tengo agujeros de ser feliz, una regadera de pensar cosas bonitas. No como mi hermana. Ya no me pondrán más en la lavadora de los agujeros, no sirve de nada, dijeron, y la negra está contenta. Salgo afuera. Pero yo me acuerdo de todo: que los elefantes ven mal y que ya no son paquidermos. Digo adiós a papá Augusto que no está pero que camina apoyado en el hombro de Mircea. Cuando queremos enterrar a Mircea en la arena de la playa de las conchitas blancas, Mircea, que no tiene diminutivo, ya no cabe. Y la negra se ríe, y Mircea se ríe, y papá Augusto que no está, se ríe. Y Mircea me cuenta la historia de cuando yo aunque sabe que yo me acuerdo, que yo me acuerdo de todo.

El veintidós de noviembre iniciamos el desembarco en los manglares. Porteadores, marineros y soldados cargamos en piraguas doscientas treintaiséis cajas con explosivos y armas de combate y las llevamos a tierra firme donde nos esperaban más porteadores, algunos insurrectos rojos y un camión que salió enseguida. Teníamos que dirigirnos a la montaña y establecer un puesto de abastecimiento. Recibimos dos emboscadas de los grupos azules. En el primer ataque, Betún me salvó la vida cuando disparó a un azul que, apostado en un árbol, iba a dispararme. De ese combate salimos ilesos, pero los huidos buscaron refuerzos. La siguiente emboscada, bajo una lluvia torrencial, la repelimos igualmente, a base de fuego de mortero, pero yo no pude salvarle la vida a Betún, le partieron la columna con kilos de metralla. Continuamos varias jornadas soportando los aguaceros, pero ni Betún ni el Cano me acompañaban ya. Cuando llegamos al territorio tomado por los nuestros, nos recibieron con fiesta y banquete. Las mujeres bailaban y los hombres las besaban en el cuello y luego las fornicaban. El comandante rojo, un poco borracho, me susurró al oído que me impondría una o dos medallas. Yo le dije que también a Hans Ziel y a Sancho Ramírez Vettòn: dos medallas rojas y grandes, a título póstumo.

 

La negra le dice a Mircea que tengo que descansar de mis agujeros. Papá Augusto nos llevará a la, aunque ya no reme. Mircea cuenta que ha visto a mi, que por fin llora y que ya no es tan lista y que en el fondo echa de menos al afilado. Yo echo de menos las madalenas con zumo. Mi negra me las compra en la tienda de las madalenas baratas y luego se pone su agujero viejo y se va a. Me entran los gusanos en el laberinto de los agujeros y papá Augusto que no está me acuesta con él en su estera del tucán callado y estamos así, callados, muchas horas. Rosita la del café de, El café de, canta canciones de las que me acuerdo. No hay miedo cuando se canta. Está bien cantar y repetir estribillos. Afuera llueve y los santones cantan. No tendré que regar las margaritas. Mircea me trae leche caliente con coñac y pan y yo lo miro sin diminutivos porque ya no cabe en la playa de las conchitas blancas. Mircea canta en el puerto canciones de marinero y lleva un tatuaje de amor blanco. Y se afeita con la espuma blanca que yo le traje de la blanca Groenlandia aunque ya no se pone crema blanca para ir a. Papá Augusto que ya no está sigue poniéndose crema blanca hasta en la calva que se tapa con la gorra de.

La negra vuelve. Se baña y se. Ya tiene su agujero nuevo y saca vino y pollo y asa pimientos en la lumbre y se pinta los labios del color de la mermelada de y está feliz pero me dice que hoy no hace falta que piense para ella, que mejor mañana que no tendrá que ir a la calle. Y yo la quiero. Ya no veo nunca a la vecina que no me ve. Hay una nueva que tampoco me ve, la cuarta hija de Rosita la madre de Rosita la camarera tampoco me ve.  Ha crecido mucho pero a papá Augusto que no está tampoco lo ve. Mircea sí ve a papá Augusto, y la negra también lo ve y yo también lo veo a veces pescando agujeros. Y nos reímos pescando agujeros con cebo de gusanos. La negra me trae el desayuno a la cama otra vez aunque aún es de noche. Trae pétalos de margarita y zumo, pan con aceite y miel de caña. Ahora sí me dice que piense, y por un momento me parece que no puedo, solo la miro que me mira esperando mis. Entonces veo sus pezones tiesos y sé que estoy pensando. Su agujero nuevo brilla y pienso en la nueva vecina que no me ve y la negra se ríe porque me ve pensar y a veces hasta sabe que pienso en los agujeros de la vecina que tampoco me. Mircea está en el quicio de la puerta y me ve pensar dentro del agujero de. Y Mircea ríe, y papá Augusto que no está que estaba escondido bajo su estera de tucán callado se destapa y ríe, y la negra ríe y baila como reían y bailaban las gitanillas cuando yo las mojaba, cuando yo las regaba, pero ya se murieron, sin gusanos, de viejas, hace tiempo. Los agujeros del alma se me llenan de brisa y me acuerdo cuando miraba el mundo sin los ojos de avestruz que tienen los cambiamundos. Nos dejan a solas Mircea y papá Augusto que no. La negra me dice que piense más, que hoy quiere más. Y ríe y baila. Y yo me acuerdo de las risas y los bailes allá en la selva y de los soldados que besaban a las mujeres en el cuello y en los pechos. Paro de pensar para ella y salgo fuera a regar las margaritas que se deshojan porque quieren saber si las quiero. Nadie me ve, casi ha amanecido. Aquí no hay avestruces con ojos grandes de, tan solo hay topos dorados que ni oyen ni.

Estuvimos tres semanas esperando la orden de ataque contra la guarnición que había destruido varios poblados, ultrajado a todas las mujeres y secuestrado a niños y niñas, también violadas, para hacerlos soldados de su bandera y chuparles sus grandes pollas negras. En turnos: bebíamos y dormíamos y bebíamos y comíamos y fornicábamos y bebíamos. Nadie daba la orden, pero los enemigos, mejor que nosotros, sabían que lo haríamos en cualquier momento. Antes del asalto decisivo, uno de los sargentos fue destacado en una avanzadilla. Fue muerto a mitad de camino con todos sus compañeros rojos. A mí me enviaron después. Con cuatro hombres bajo mi mando, nos abrimos paso entre la selva a través de lugares que parecían no haber recibido pisados humanas en cientos de años. Cuarenta kilómetros de marcha y un muerto por accidente. En ninguno de los dos poblados que encontramos en el camino nos quisieron acoger siquiera unas horas para reponer fuerzas. Los azules habían atemorizado a todos y no era raro encontrar en sitios bien visibles gente colgada de postes, hombres con los genitales desgarrados y mujeres con los pechos sajados. Todos degollados. Llegamos a una colina desguarnecida y, arrastrándonos, pudimos ver a lo lejos una empalizada llena de soldados apostados, unos trescientos: observadores disciplinados e impertérritos que apenas se movían. Divisamos un grupo expedicionario que parecía dirigirse hacia nuestras posiciones de retaguardia avanzando en zigzag. Entre nosotros y la empalizada se abría un largo descampado de una milla más o menos. No podíamos arriesgarnos a que nos vieran, así que dimos media vuelta tratando de evitar encontrarnos con los azules que habían salido en dirección a nuestra base. Procuramos ser más veloces que ellos para llegar a tiempo de avisar a nuestro mando, y fueron repelidos horas más tarde. Volvimos en línea recta.

Mircea se tatúa otro amor blanco. Ya van cinco. No enterramos a la negra en la playa de las conchitas blancas y papá Augusto que ya no está, tampoco rema. La negra está muy gorda, tiene las piernas gordas como el infinito y ya se le hincha muy poco la nariz. Y yo estoy flaco como la filaria que se le metió dentro a mi negra. Salgo. Voy afuera. Miro poco. No bajo por. Mi hermana, como mi hermano, tampoco tiene un Mircea y ahora llora mucho. A veces se sienta en la estera del tucán callado sin darse cuenta de que está ahí papá Augusto que no está. La negra no le lleva zumo ni madalenas a mi hermana. Mi hermana no sabe ir a la playa de las conchitas blancas ni reírse como la negra. Mi hermana es una historia que ya tampoco está aunque ahora esté aquí, a mi lado. Mircea no es una historia, ni sus tatuajes blancos son una historia, ni el tucán callado es una historia, ni los agujeros ni los dientes blancos de la negra son una.

En la carta del hospital dice la negra que dice que vaya otra vez a la lavadora de agujeros que tienen una nueva, pero yo no quiero ir, y la negra tampoco quiere que vaya, que ya estamos viejos para lavarnos los, y Mircea tampoco quiere, y nos reímos de la carta del. Le cuento a Mircea que tengo los agujeros limpios, que no hay por qué limpiarlos, que los sucios son ellos, y la negra ríe con sus dientes de morderme la oreja y las tetillas. También me acuerdo de que no quise nunca tener los agujeros sucios y por eso no quise aprender el latín con el que se hicieron leyes y santos. Aunque estudié muchísimo para viajar y escribir. Y enrolarme con los. Con ellos me los ensucié. Lo recuerdo todo y pienso mucho. Pienso todo de lo que me acuerdo y como me acuerdo de todo, todo lo pienso. De todo pienso cuando la negra se va a la calle con su agujero viejo y trae zumos y mantecados y madalenas y almejas finas y miel de. Y yo la quiero, por eso y sin eso. Y ella a mí aunque sea su ruina, el ruina que estudió todos los pájaros y las orugas y los elefantes y los pingüinos que no quisieron navegar conmigo. Y me desmayo. Estoy inconsciente y me ponen la gota y la negra me abraza y dice que no irá a la calle hasta que me despierte. Papá Augusto que no está viene a verme y se echa a mi lado y le dice a Mircea que venga y nos cuente la historia de cuando. La negra se va a la calle para comprarme madalenas porque ya he despertado y Mircea me lee el final de cuando fui un buen capitán.

Conseguimos nuestro propósito y la expedición se puso en marcha. Avanzamos en tres columnas de unos ochenta hombres cada una. La del centro la mandaba yo. En la retaguardia marchaba el comandante con el equipo de transmisiones y los sanitarios y algunas mujeres que no disparaban. Los morteros y las ametralladoras distribuidas por igual en las tres columnas. Y el camión dando un rodeo para alcanzarnos cuando todo hubiese concluido. Llegamos dos días más tarde a la colina. Mi columna subió la ladera y nos apostamos en la cara oculta de la cima. Las otras dos llegaron por los flancos sin novedad. El comandante dio orden de atacar un poco antes del amanecer. Yo, con un grupo de hombres, tendría que acercarme a la empalizada cuando cayese la noche y esperar allí el inicio del combate e iniciar el asalto cuerpo a cuerpo.

El fuego de cobertura empezó muy temprano. Silbando sobre nuestras cabezas miles de disparos, decenas de granadas lanzadas con morteros. Pero ninguna respuesta del enemigo. Refugiándome del fuego amigo subí yo solo a ver qué pasaba. Todos los soldados eran niños que estaban atados a los palos y amordazados, deshidratados, famélicos, entre sus propios excrementos, unos trescientos. Unos cien ya muertos de la muerte azul o de balas y metralla roja. Grité a los hombres “Alto el fuego”, pero nadie me oyó. Comencé a llamar a los que me habían acompañado pero ninguno subió conmigo. Desaté uno por uno a todos los niños que pude para que liberasen a los demás y pudiesen bajar de la empalizada hacia la trinchera. Nos refugiamos allí abajo. Una niña me golpeó con una estaca y perdí el conocimiento. Cuando desperté, sentí la cabeza mojada y las manos atadas a la espalda. El comandante estaba frente a mí y dijo que me fusilarían al día siguiente por traición, con todos los niños supervivientes.  Engañé a los topos dorados y me fugué con la ayuda del elefante y del pingüino, del colibrí y del oso. Decidí vivir de otra manera y escribir de.

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