LA TELE DE DAISUKE | ivars, 2000

La tele de Daisuke

No era la primera vez que vivía en Japón pero sí en Tokio. Las derivas de la vida me llevaron a compartir un chalecito en Kitarashi No con un músico veinte años más joven que yo. Me recibió en el aeropuerto de Narita, con cierta desgana, el uno de abril, y me condujo por el caos de tráfico hasta el apacible barrio en las afueras de la metrópoli. Nevaba cuando me mostró la habitación con un espléndido tatami y abrió los soji que daban acceso a un típico jardín japonés quizás un poco abigarrado y decorado con algunos tendederos de plástico. Le supliqué que cerrara, estaba helado.

Los padres de Daisuke me habían invitado a pasar tres meses allí mientras ellos se relamían con el sushi que conseguían preparar en la Costa del Sol con un baratísimo pescado de primera y bajo un clima mucho más razonable.

El joven músico se ganaba poco la vida. Tampoco tenía necesidad de esforzarse mucho. (La adolescencia alargada hasta que la sopa boba se acabe es algo usual en España pero en Japón resultaba un tanto insólito si exceptuamos a los hikikomori, esa nueva forma juvenil, acomodaticia y subvencionada de la misantropía).

Sin duda Daisuke era un adelantado a su tiempo. (Qué difícil será mantener un país como ese con una juventud que no quiere saber nada del permanente esfuerzo, humillante y nacionalista, de unos padres que vivieron la postguerra, pensaba yo). Y majo. A pesar de la desidia mostrada el primer día, hicimos pronto buenas migas. Él preparaba platos como un profesional, lo había hecho en California durante un par de años, y yo me los comía. Mariko, su novia, a veces venía desde su pueblo para quedarse unos días. Solía traernos sake de una destilería de su pueblo, y yo me lo bebía. Como una o dos veces en semana, repentinamente, Daisuke salía de casa al amanecer y volvía tarde, con ojeras, y muy silencioso. Lo llamaban de una industria conservera y trabajaba muchas horas metido en una cámara frigorífica. Le pagaban bien y no había compromiso laboral. Pero, sobre todo, Daisuke se pasaba los días y las noches agitándose sobre un sillón de muelles flojos en la habitación que estaba justo encima de la mía. Música techno y saltitos sobre el sillón ruidoso compusieron la banda sonora de aquellos tres meses.

Yo estaba a mis cosas, pero la convivencia con el muchacho fue divertida. A veces me invitaba, creo que en un acto de caridad con el viejo occidental, a algún concierto de su tribu o a alguna fiesta privada en algún garito en el que corría todo lo necesario. Sin amigos como él, mi punto de vista sobre Japón sería aún más tópico que el del ínclito Roland Barthes en su Imperio de los Signos.

Una mañana temprano de un domingo primaveral, sonaba un chorro de agua en el jardín. Abrí las correderas y me puse esas infames chanclas de plástico que usan los japos y que les da un aire entre maruja y ninja. Seguí el sonido del agua, y antes de llegar a ver a Daisuke vi cómo un enorme televisor desnudo recibía la presión desmesurada de una manguera. Daisuke sonrió cuando me vio con esa pinta y con la cara de pasmo que se me había quedado. Enseguida le pregunté por qué estaba estallando un chorro de agua sobre las lámparas y circuitos de la tele. -Le estoy dando su última oportunidad -me dijo- mientras de vez en cuando desviaba un chorro sobre la carcasa del televisor tirada sobre el césped-. Y a continuación me explicó que es costumbre en Japón, donde saben realmente de cacharros, someter a los aparatos electrónicos que han dejado de funcionar, y que no parecen tener arreglo, a una limpieza última; lo hacen por si fuese el polvo acumulado el causante de cierto parasitismo eléctrico que impide el buen rendimiento de la máquina. Lamentándome por no tener una cámara disponible para regresar a España con un suvenir audiovisual de Japón, me quedé sentado en una piedra esperando hasta que Daisuke decidiese dar por terminada la última oportunidad de aquel cacharro. Lo hizo. Llegó Mariko, hicieron un desayuno monumental y luego nos fuimos en coche a un Spa cerca del Mar de la China. Creo que Daisuke y Mariko no relacionaban ambos chorros de agua. Yo, creo que por mi edad, sí.

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