LA TROMPA | ivars, 2000

La trompa

Durante un año asistí, lunes, miércoles y sábados, a un curso de ciencias cognitivas: inteligencia artificial, algoritmos y sistemas expertos; conexionismo y lenguajes artificiales; lógicas borrosas y redes neuronales; La nueva mente del emperador, el libro de cabecera de los cerebros insomnes, y el MIT (el Instituto Tecnológico de Massachusset), donde se investigan los despertares del mañana; sistemas de visión artificial y psicologías del conocimiento… Estaba apasionado. Mi curiosidad y mi afición al peligro me empujaban, clase tras clase, a acercarme al lugar donde sabía que mi mente sería trepanada, mi espíritu aspirado y mis instintos sometidos al tormento del vacío: Carmen. La descripción de sus atractivos podría ser muy pormenorizada, estoy acostumbrado a este tipo de precisiones. No quiero, sin embargo, rescatar de mi memoria más de lo imprescindible. Durante el desayuno de los sábados, los cafés de los intermedios en las frías tardes del invierno, o las cervezas después de algunas clases, trataba, por todos los medios inteligentes, naturales o artificiales, de conquistar su abismo. Inútil. Ella me hablaba de las trompas. La mujer de caderas algoritmicas y treinticuatro años de miradas expertas estaba enamorada de un trompista.  Creo que fue entonces cuando experimenté verdadero interés por la inteligencia, la suya. La trompa no parece, a primera vista, un instrumento de los que enamoren. No es la consabida voz interior del chelo; no son las manos enloquecidas del piano ni tiene el perfil del saxo ni  el vientre pegado de la guitarra; no es la voluptuosa tuba; no se levanta al cielo ni baja al infierno como la trompeta o el trombón;  ni siquiera late, sencillamente, como las percusiones. La trompa es una oreja grande y sorda, un montón de metal enroscado, en brazos de quienes no dan más que para el acompañamiento y sólo necesitan tres dedos. Eso pensaba.

A Carmen le gustaba leer en alemán a los escritores alemanes y desentenderse de sus compañeros del instituto en el que daba clases de filosofía. Me hablaba de la alegría salvaje, como si yo supiera algo de eso, y de la tristeza infinita, como si yo no supiera nada de eso. Y del trompista.

Un sábado, después de las clases de la mañana, me besó. Fue, sobre todo, una explicación silenciosa, larga y profunda. Mis labios y mis pensamientos palidecían mientras me explicaba por qué mis ojos, obstinados en rozar su mirada, no eran suficiente; por qué mis manos, retenidas en los bolsillos, no se atreverían a acompañar sus ritmos; por qué mi locura nunca podría descansar junto a la suya, ni el rumor de mis ideas susurrarle algo desconocido, o por qué mis luces no encenderían sus pliegues. Utilizando el silenciador de sus armas, nadie me ha hablado con más claridad. Sentí la asfixia de mi propia incapacidad. La presión de su aliento taponaba mis oídos, su lengua enredaba mis palabras, su saliva desbordaba las comisuras de mi inteligencia, mis pulmones eran ahogados por los suyos.  En mi garganta mutilada se fue desvelando el secreto: el músico sabía respirar, aguantar la respiración; yo, no. Sin apenas moverse, el trompista, conseguía aspirar de una vez el mundo entero, completo, retenerlo en su pecho durante el tiempo que hiciese falta, hacerlo danzar dentro de los enrevesados tubos para devolverlo, lentamente, como una suave brisa, convertido en otro. Y así. Desde entonces, cada vez que el aire está en calma sé que él está tocando. Todo parece igual, pero no. Estamos bailando dentro de su trompa para que ella convierta su inteligencia en una de las bellas artes. Cómo salimos del instrumento carece de importancia.

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