MOSCAS MUERTAS | ivars, 2008

Moscas muertas

Cuando leí que Godard había dicho que todo niño es un preso político, no me di cuenta. Unos años más tarde, recordé un cruel juego infantil al que solíamos jugar allá a principios de los setenta en las aulas de un colegio agustino. Entonces comenzaba cierta apertura del Régimen –nuestros padres lo notaban: los castigos corporales en el cole habían disminuido- y de la curia romana -el Concilio Vaticano II había introducido los aires pop en las iglesias: versiones de The Beatles para la Santa Misa y coloridos collages para los murales ecuménicos de los trabajos de religión. Sin embargo algunos capones, tortazos o tirones de patillas aún se les escapaban a ciertos curas y a casi todos los somatenes, la guardia paramilitar de la dictadura que impartía las lecciones de “política” y educación física.

En las tardes de la última primavera, ya con el calor metido en las aulas, solíamos cazar furtivamente las moscas que se colaban en clase para distraer a casi todos los compañeros. Una vez capturadas en el aire a golpe de mano, con la habilidad fruto del duro entrenamiento, les quitábamos las alas y las hacíamos bailar su propia danza fúnebre por encima del pupitre. No era la tortura de la mosca en el papel engomado de Kafka, pero se le parecía. Durante un rato observábamos sus atormentadas evoluciones antes de meterlas en medio del libro de texto más gordo que teníamos. Sus horas concluían en un certero y estruendoso cierre del tocho que las aplastaba dejando ver composiciones cubistas de las que salía un minúsculo hilillo de sangre. Despachurradas sobre los párrafos o sobre alguna foto de “nuestro tiempo”, solíamos dibujar a su alrededor un pequeño rectángulo a modo de nicho con una cruz sobre uno de sus lados. Este conjunto de esquelas mortuorias -a veces poníamos debajo un melifluo R. I. P. con caligrafía inglesa- conformaban un cementerio que se exhibía durante semanas entre los compañeros como trofeo de caza; todos competíamos contando el número de bajas causadas entre aquellos insignificantes dípteros. Alguna vez alcancé el pódium.

Cuando leí la frase de Godard no caí en la cuenta. Hace pocos días, leyendo un mal artículo de una desvencijada periodista madrileña titulado no sé qué de las moscas, recordé los hábitos cinegéticos de mi infancia. El libro en el que aplastábamos las moscas, aún vivas, estaba repleto de adoctrinamiento político; por ejemplo, las Leyes Orgánicas del Estado que el Caudillo, Francisco Franco, había proclamado para legitimar su tiranía durante más de treinta años. Formación del Espíritu Nacional era el título del libro de texto y también el de la asignatura mediante la que nos instruían para ser buenos españoles. Aprendimos mucho en esas condiciones.

Los cementerios de la Formación del Espíritu Nacional constituyen una prueba empírica de la sabiduría de la frase “Todo niño es un preso político”. Qué no daría yo ahora por poder abrir las páginas decoradas por la muerte, “desenterrar” los cadáveres de los insectos que acompañaron mi niñez -hacer de mi culpa un ejercicio de memoria histórica- y lanzarlos al aire, en algún lugar cercano al Mediterráneo, por ver si alguna milagrosa brisa marina convierte su sal en alas, se las devuelve, para que incordien de nuevo nuestras vidas y dejen, como tantas otras cosas, de revolotear en mi conciencia.

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