NY. NY. | ivars, 2000

NY. NY.

Las señoras Spottorno, madre e hija, representan en mi vida el reconocimiento de una verdad incontrovertible y el recuerdo de una contradicción insalvable. Conocer a la Sra. Spottorno madre supuso la primera, última y divertida ocasión en que: subí a una discreta limusina de cinco plazas (no era una Hummer ni nada parecido); probé caviar beluga con pan inglés y bebí un vodka excelente en un restaurante ruso; asistí, somnoliento, a un musical popular en el Radio City Music Hall de Nueva York. (Todo en la misma noche nevada del 21 de noviembre de 1994. Un recorrido inesperado y agotador por mi curiosidad). Conocer a la Sra. Spottorno hija supuso: poder hacer una performance en Broadway St.; comer pavo en el Thanksgiving Day, asistir en la Academia de Música de Brooklyn a Two Cigarettes in the Dark de Pina Baush; visitar en Tribeca un loft lleno de artistas españoles en busca de fortuna que vivían como en un gallinero; aguantar estoicamente la petulancia de un famosísimo artista catalán y soportar la simpleza de una crítica española de andar por casa que se había ido a hacer las Américas (artista y crítica vivían uno encima de la otra o al revés); ver comer a mendigos de las papeleras; ir a tomar por primera vez Dim sum con té de jazmín y degustar cócteles en un decadente y refinado antro modernista del que no retuve el nombre para escuchar a un cuarteto de jazz del que tampoco recuerdo cómo se llamaban. (Todo en el mismo día, el 24 de noviembre de 1994. Una curiosidad recorrida por lo inesperado y el agotamiento).

La Sra. Spottorno madre vivía en la calle 77 esquina con la quinta, genuino East Side, en el mismo edificio en que al parecer tuvo lugar la truculenta historia de El misterio Von Bullow (Reversal of fortune, es el título original), la película en la que intervenían Jeremy Irons y Glenn Close… Un edificio con chef privado, hornacinas con mármoles y alabastros, porteros con charreteras y cámaras de seguridad y personal de servicio por todos lados. La señora tenía sus abogados y administradores en Singapur y hablaba con ellos todos los días. Por una serie de azares largos de explicar, la vieja republicana me había alojado durante quince días en lo que ella llamaba su pequeño apartamento -más de cuatrocientos metros cuadrados (aunque, desde luego, los había de varias veces su tamaño)- en el centro del mundo. Cada mañana, al encontrarnos para el desayuno, me zampaba besos de bienvenida como si no me hubiese visto en meses; cada noche, caía aturdida por el vodka con Ginger Ale mientras oía en la radio no sé qué programa que le gustaba a morir. Nunca salía caminando -dolor en las piernas, decía (siempre pensé que además era miedo en todo el cuerpo)-, un larguísimo automóvil la esperaba en la calle, el chófer la acompañaba bajo palio por la acera y luego, una vez en el coche, la llevaba sobre todo al médico, a la peluquería, o la iba dejando y recogiendo en la puerta de tiendas y tiendas. Era amable y rica, de noble origen ítalo suizo, casta de los Malaspina, educada como una dama centroeuropea podía ser casquivana como una americana profunda. Su exmarido criaba caballos en Vermont.

La noche del musical y del ruso me fascinó y me preocupó que la limusina nos recogiese a la puerta de casa, nos llevase al teatro, diera vueltas a la manzana y nos estuviese esperando en la puerta a la hora en punto de salida para que apenas unos copos de nieve cayeran sobre nuestros abrigos. Nunca he ido más incómodo en un coche que en esa ocasión. Nos acompañaba una joven amiga de la señora. Al entrar al coche, Mrs. Spottorno le dijo a la joven que entrase ella primero. Después lo hizo la vieja y, finalmente, yo. Pero como la señora estaba mal de las piernas, quedó tan al exterior del asiento -agarrada temerosamente al asidero sobre la ventanilla de mi lado-  que yo, al entrar, tenía unos quince centímetros para sentarme mientras el resto de aquel enorme vehículo permanecía vacío. La joven me miraba desde el otro lado del asiento, en el que disfrutaba de un espacio gigante,  y yo, apretujado como estaba contra la puerta, le sonreía por debajo del chaneloso sobaco Nº5 de la vieja que no soltó el asidero hasta que después de veinticinco minutos llegamos al Radio City.  Jamás pensé que un número pudiese resultar tan tóxico. El musical era Cats, un horror de gatos maullando canciones en una espectacular puesta en escena que decepcionaba cualquier expectativa de la glamurosa noche neoyorquina. El ruso, en el que todo el mundo me hablaba en francés, tampoco estuvo mal. Mi chaqueta de cuadros, comprada de saldo en unos grandes almacenes patrios, pedía a gritos ser escondida en alguna matrioska gigante. Un niño de unos nueve años, repeinado y gordo, enchaquetado y relamido -acompañado por unos padres de media sonrisa  y una hermana entera de organdí- movía el nudo de su corbata Hermès (eso me apuntó la joven amiga) cada vez que engullía enormes cucharones de caviar. En realidad, yo deseaba que todos, excepto la discreta y joven amiga, fuésemos lanzados a bordo de cohetes Soyuz hasta alcanzar las profundidades del Volga. Pero hube de conformarme con que la tarjeta platino de la vieja nos sacase de allí.

La Sra. Spottorno hija, vivía en la cincuenta y tantos del West Side con su marido Jim y sus hijas. Jimmy, como le llamaban todos, fue uno de los reporteros que trabajaron al lado de Harold Evans, entonces director de The Sunday Times, en la denuncia de un dramático escándalo de salud pública. Un horror producido por negligencia científica y mala fe política (o al revés) cuyo protagonista principal fue la industria farmacéutica alemana a finales de los años cincuenta.[1] Ella, Melissa Spottorno, se dedicaba a sus amistades y a intentar hacer un poco de arte por aquí y por allá y a viajar con sus hijas para que aprendieran idiomas (ya hablaban razonablemente bien español y francés y, desde luego, inglés). Charlotte y Olga estudiaban en el mismo colegio que Chelsea Clinton, pero su aspecto y sus maneras se correspondían con los de una familia de progres adinerados nada ostentosos. Melissa y su marido parecían, lo eran, gente comprometida, ¿demócratas? Ella filmó la performance que hice en Broadway, a la altura del 542 th, bastante lejos del bullicio de Times Square. Y, además, mantuvo en secreto mis movimientos para que la Sra. Spottorno madre, Anne, no supiera que su pobre huésped pobre andaba por las calles de la ciudad haciendo cosas raras y quién sabe si delictivas.

Durante mi estancia en Nueva York viví una especie de doble vida, incluso doble atuendo, según estuviese con la madre o con la hija. Fui a Cats y a Two Cigarettes…, comí delicias y bebí vodka en tubitos de ensayo en un ruso y comida cantonesa en un chino popular, subí en limusina e hice una performance en la calle ante la indiferencia de los apresurados transeúntes, viví el lujo en un edificio cuya comunidad de propietarios había impedido la compra de una casa a un Rolling Stones por no tener la clase suficiente y visité las tiendas más chic, y deambulé por el Bronx, y compré algún suvenir súper kitsch y pinché analgésicos que la providencia puso en mi equipaje para aliviar el cólico nefrítico a un colega español que no tenía pasta ni seguro de enfermedad. Me sentí una especie de agente doble, un infiltrado, entre dos formas de vivir la riqueza.

El Día de Acción de Gracias tomamos el brunch en una taberna del East Side y luego fuimos a dar un paseo por Central Park, todos juntos menos la Sra. Spottorno madre (las piernas…) que nos esperaba en casa de Melissa y Jimmy. Allí asistí al ritual doméstico norteamericano por excelencia. Ella, sí Ella, la asistenta de la Sra. Spottorno madre, se había desplazado a casa de la Sra. Spottorno hija para cocinar el rito; nadie indultó al pavo. Aquellas dos semanas en Nueva York reconocí la verdad incontrovertible y constaté la contradicción insalvable de las que hablaba al principio. Y nadie puede indultarme. El título de la performance que llevé a cabo en Broadway era: MY SILENCE AND MY SPACE ARE YOURS. TAKE IT. Así sea, o lo que sea.


[1] Una catástrofe que causó terribles malformaciones de nacimiento en las extremidades y órganos internos de muchos europeos y africanos por suministrar a las embarazadas un antiemético, la talidomida (al parecer, sintetizada por un médico con pasado nazi y comercializada con diversos nombres por la Chemie Grünenthal), sin haber hecho los suficientes ensayos clínicos. Muchos afectados se suicidaron cuando, de adolescentes, no consiguieron superar los estragos físicos y psicológicos que sufrían. En España, cuando sus efectos fueron descubiertos, se tardó mucho en prohibirla, nunca se reconoció a los enfermos y siguen esperando justicia. En África, India y Brasil sigue prescribiéndose para tratar la lepra y siguen naciendo niños sin brazos ni piernas, por ejemplo, y a través de internet se sigue vendiendo, fraudulentamente, para eliminar el acné. Ya lo dijo Teodor Adorno, “Escribir poesía después de Auswitchz, es un acto de barbarie”, y Auswitchz sigue aquí, entre nosotros, más presente que nunca, pero no le hemos sabido escuchar y no paramos el parloteo.

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