OJOS | ivars, 2003

Ojos

Nunca he sabido muy bien por qué en español a los ciegos se les llama invidentes, videntes a los que ven “más allá”, visionarios a aquellos que mueven el mundo a golpe de fe y, sin embargo, el común de los mortales que podemos ver, simplemente, el mundo que nos rodea, carecemos de denominación genuina.

He perdido mucho el tiempo a lo largo de mi vida, especialmente cuando era bastante joven. Y aunque viendo mi trayectoria vital en forma de curriculum cualquiera podría decir que me he esforzado bastante, puedo asegurar que simplemente he obtenido bastante rendimiento a cuatro o cinco cosas en las que he puesto algún entusiasmo durante algún tiempo. Así que, el aburrimiento, deambular sin objetivos, acometer pequeñas empresas con escasas energías y un cierto diletantismo nada propio de alguien con escasos recursos económicos han hecho de mí un ser curioso para los demás y, para mí mismo, un curioso poco empleado en el empeño. Podría decir, que de las pocas cosas que se me han dado razonablemente bien se puede destacar cierta capacidad de observación de lo que me rodea; claro que esto es muy subjetivo pues solamente doy mucha importancia a aquello que observo y prácticamente ninguna a aquello que se me escapa.

Esta es la pequeña historia de algo que no se me escapó del todo. Durante unas largas vacaciones en la playa adquirí la costumbre de pasear cuando casi nadie ocupaba las calles. A pesar de que era un poco después de mediodía y el calor era insoportable, solía recorrer las calles de la pequeña localidad vaciadas de gente. Casi todos estaban refrescándose en el mar o se refugiaban en bares y heladerías o practicaban el noble deporte nacional de la siesta. Las calles estaban desiertas y silenciosas. Solía comprarme un cucurucho de helado para diabéticos (decían que no engordaba) y caminaba sin rumbo fijo por el centro del pueblo. He de decir que también era un momento extraño del día en el que algunas chicas salían de sus trabajos de dependientas por un par de horas, con el bikini aún mal puesto y se encaminaban presurosas a la arena para darse un chapuzón y volver luego a continuar con sus tareas con el frescor del mar y de la ducha en sus cuerpos. Aquel desfile era más estimulante para un joven de veintitantos y con relamidas perspectivas de interpretación de los hechos que la inmovilidad de los cuerpos tostados al sol. Una especie de pasarela de chicas contoneándose en bikini por las calles es más interesante que una especie de escena funeraria de cuerpos, alineados e impertérritos, sobre la arena que algún día los cubrirá.

Uno de los paseos bajo el sol, que procuraba de todos modos que fuese de sombra en sombra, me llevó hasta una esquina de una de las calles principales. Al pasar por delante de una caseta de vendedores de cupones de ciegos percibí un sonido muy tenue, humano pero casi musical. (No soy jugador así que seguramente había pasado bastantes veces por el lugar pero nunca había me había percatado de la caseta de cristales que albergaba la pequeña oficina de la Organización Nacional de Ciegos de España, la ONCE como la llamaba todo el mundo). Me acerqué y tras el reflejo tórrido de los cristales vi cómo una joven que miraba al infinito en ida y vuelta frente a la ventanilla se movía despaciosamente sobre las rodillas de un hombre que cabeceaba en todas direcciones. Yo estaba a escasos metros del vaivén. Me acerqué sigilosamente. Me acerqué tanto que desde la propia ventanilla -casi podía sentir su aliento- pude ver la felicidad cómplice de dos seres invidentes que se habían olvidado de mirar al mundo y de que estaban a la vista de cualquiera. A pesar de mi afición por las pasarelas de bikinis, no fue ningún afán de voyeurismo lo que me retuvo allí durante unos instantes mirando la escena más sensual y recatada que jamás haya visto. Fue la visión, entre la invidencia y la videncia, de lo que no importa que se escape a nuestros ojos.

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