PLIEGUES Y MÁS PLIEGUES | ivars, 2011

Pliegues y más pliegues

La costa portuguesa tiene infinitos recovecos, como casi todas. Y las mujeres portuguesas tienen infinitos pliegues, como casi todas. Surcar el sur del país vecino no tiene demasiado mérito: no es un volcán en erupción, sus olas no son tsunamis, su calor no es infernal. Surcar sus miradas tiene más peligro. En una primavera radiante que me estaba destrozando por dentro, mi estado depresivo y agitado me llevaron en Faro a la búsqueda de la Rua do Crimen. Alguien debía morir, probablemente yo. Allí, entre la masa blanquinegra de salsa y techno, la trama de recovecos nocturnos perfumados de marihuana y mujer se engancharon a los de mis entrañas y le dieron la vuelta a mis pliegues cerebrales. Más tarde, mis vísceras y los pliegues íntimos de Suzana se aliaron para hacerme sentir uno de los hombres más ridículos de la Tierra.

Después de conversaciones enredadas entre las dos lenguas y de gestos enredados en la interpretación mutua, Suzana me invitó a comer al día siguiente en el centro de la villa que otro tiempo iluminaba los barcos de las huestes árabes. Bacalao y queso, vino y feijoada en una taberna. Las delicias de la comida y el vino festejaban nuestro encuentro entre risas y melancolías, entre estertores de amores pasados y rescoldos de amores presentes, entre las rutinas de la propia patria y las locuras de patrias ajenas.

Invitado a café de Brasil en su casa de Tavira, Suzana me habló de sus accidentes amorosos, académicos, sociales, de escalada y de tráfico (todo un repertorio de calamidades). Y me adelantó que quería enseñarme las graves cicatrices que le habían quedado de un impacto tremendo entre el coche de su hermano y las siniestras vallas de un tramo en obras en la carretera de Sevilla a Huelva cuando volvía de un examen. Y me enseñó fotos de sus escaladas y de sus excursiones y de sus novios y de sus novias y de sus perros y de sus fiestas y de sus familias y de sus ojos miopes y grandes. Y me habló de su abuela y de su abuelo y de su hermano y de su hermana pero no de sus padres. Y me enseñó sus textos, sus estudios, sus artículos y su libro de poemas. Y me leyó un poema de sus playas y de sus luces y luego otro de su viaje al centro del amor y otro de su sueño interrumpido y otro de la música de sus caderas. Y me hablaba de la excelencia con ese acento que no puede animarte.

Y se fue de la cocina. Y me llamó desde otra habitación. Y desnuda me mostró las cicatrices que rodeaban como un rododendro asesino las piernas de acero que algún dios le había otorgado. Y me dijo: toca. Y no pude: mis intestinos trenzados hasta la exasperación del dolor más agudo luchaban por eliminar los frijoles y las fotos de mi familia, expulsar las cartas de amor de mis amantes y el vino del Algarve, evacuar mis viajes exóticos y el queso de figo y almendras, desalojar mis miserias y el bacalao con migas y espinacas, excretar el café de Brasil y mis angustias.

Y Suzana apuntó en sus pliegues y en sus cicatrices otro accidente.

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