YUMIKO | ivars, 2012

Yumiko

Nos llamaron sin muchas explicaciones desde un extraño lugar esotérico. Yumiko yacía postrada sobre un tatami y la rodeaban dos mujeres y un viejo que, de rodillas, acercaban sus manos al cuerpo de la joven. Las dos mujeres se levantaron cuando me vieron aparecer. Me acerqué a la muchacha y pregunté  al más viejo qué había pasado. “Ha caído inconsciente, me dio a entender el anciano, nosotros no podemos hacer nada, por eso les hemos llamado”. Revisé las pupilas, la tensión arterial y concluí intuitivamente que había intentado suicidarse. Conseguimos reanimarla allí mismo, y me preguntó mi nombre. “Lucas, repitió la muchacha, déjame ir con mis antepasados”. “Tus antepasados pueden esperar, yo no”, le dije a la japonesa sin saber muy bien por qué habían salido esas palabras de mis labios. Me enamoré perdidamente de ella.

Esta historia se inició hace poco en un lugar del sur de España. Yo soy joven, médico casi recién licenciado y en ese momento estaba prestando mis servicios como suplente en urgencias durante las vacaciones de verano; el resto del año, son tiempos difíciles, andaba de aquí para allá haciendo guardias interminables para sustituir a otros compañeros más acomodados (por su edad, su origen o su expediente; yo era joven, pobre y con notas mediocres). Aunque las pagan generosamente, terminé confirmándome a mí mismo que ese no era mi destino, ni mi vocación. Finalmente lo dejé, no tanto por la dureza del camino sino porque nunca debí iniciar unos estudios que ya entonces me resultaban bastante ajenos. Una locura después de tantos sacrificios y provenir de orígenes tan humildes. Hace cinco o seis años, en tercero de carrera, Elisardo, un amigo de la facultad, cuando vio los estantes de mi pequeña biblioteca abarrotados por novelas, y con los libros de medicina estrictamente necesarios para aprobar (las únicas revistas profesionales pertenecían a la colección Sexual-Médica, una antigualla), ya me lo dijo: “Lucas, tienes nombre de médico, como nuestro patrón, el discípulo de Pablo, pero mejor dedícate a vivir y a contar historias como él, como el evangelista-. Esto no es lo tuyo”. Seguí su consejo. Él me ha confesado hace poco su reciente incorporación al Opus Dei como miembro numerario, ¡célibe!. A pesar de la divergencia de nuestras inclinaciones, le sigo apreciando, como médico y como persona.

Yumiko Satake fue el detonador de la granada que venía armándose en mi cerebro desde hacía mucho tiempo; de esto no me cabe ninguna duda. Me atrapó la trampa del exotismo, me arrastró la pasión, me tiranizó la imposibilidad de penetrar su mente aunque su cuerpo se me ofreciese completamente libre. La convencí de que volviese a vivir y ella me ha convencido, sin pretenderlo, de ella misma. Decidí ser escritor y ella resolvió ser alguien a quien yo protegería de su propia radicalidad. Nos hemos venido a su tierra para calmar sus tendencias autodestructivas en un ambiente protegido, familiar.  Estamos en la casa que sus padres, bastante ricos, tienen en una bonita zona residencial de Chiba. La vivienda es una especie de chalé tipo americano con antejardín amurallado, y está un poco alejada del down-town de Tokio, pero lo suficientemente cerca como para dejarme alcanzar por el vértigo metropolitano.

Yumiko no es tan joven como aparenta a un inexperto “ojos redondos”, unos dieciocho, pero tiene veintisiete años de miradas oblicuas; yo tengo dos más. Ella ha comenzado a regentar un pequeño love-hotel en las afueras propiedad de su tía Kioko-san, y yo he comenzado a escribir por los rincones de la capital fascinado por el mundo recién abierto ante mí y estimulado por el reto que me ofrece la sima insondable de Yumiko. (Todavía no soy un gran escritor, ni siquiera uno bueno -lo de ‘miradas oblicuas’ y ‘sima insondable’ ya lo dicen todo-, pero sí un escritor sincero y decidido a ser excelente algún día. A mí me interesan las letras libres, a pesar de las diatribas de algunos críticos literarios que no se enteran de las últimas tácticas creadoras. Soy un “apropiacionista”. Como dice mi amigo Juan Luis -poco artista pero muy teórico del arte: “Todo es de todos, la propiedad es una estafa, pero la propiedad intelectual es una quimera”).

Aunque el comienzo de esta historia tenga cierto aire afligido, nuestra vida durante este tiempo en Japón no lo ha tenido. Ha sido tensa, pero no triste. Yumiko vive y trabaja sin demasiado convencimiento pero con notable competencia, y yo, por el contrario, me esfuerzo con bizarría en mis tareas -vigilar y escribir- pero con dudosa eficacia. Eso genera una innegable tirantez que dejamos solucionar a nuestros cuerpos o a un cierto humor cínico, a veces negro, no siempre expresado a través de las palabras.

Yumiko tenía antecedentes muy radicales. Durante sus primeros días post-suicidio me hizo un resumen. De muy joven, casi una niña, Yumiko-chan había practicado como “lolita” en compañía de las amorosas fuerzas de asalto desembarcadas por los norteamericanos en Roppongi, la zona más extranjera y promiscua de la capital. A las adolescentes viciosas les encantaba imitar frívolamente -en una especie de revisión del estilo “antiguo”, desconocido por su generación-, a las madres o abuelas que en los años humillantes de la postguerra pusieron sus cuerpos a disposición de la U. S.  Navy para sacarse unos dólares extra con los que sobrevivir en un Tokio arrasado por los bombardeos. Yumiko me habló con cierta melancolía pero sin nostalgia de sus desenfrenos, de sus orgías, de su afición a bailar salsa, a las pollas café con leche de los marines latinos y a los perversos y decorados coños de sus “infantiles” amigas. Fue muy excitante oírle narrar algunos episodios. También me habló de su pasión por el flamenco, por su antigüedad exótica, que le llegó cuando conoció a un gitano rumbero en el parque de España en Osaka; y me contó su vuelta a los orígenes cuando, desencantada del primer viaje a nuestro país (el gitano la abandonó a la semana de llegar a Barcelona para irse con una sueca), se ejercitó en todos y cada uno de los ancestrales ritos nipones: del Origami al Ikebana, del Shodo al Haikú, del Kyudo al Aikido pasando por el Kendo, se vistió de maiko durante meses y aprendió la gastronomía básica: del sushi al sashimi pasando por el okonomiyaki, el nabe, el tepanyaki, el tonkatsu, el sukiyaki, el shabu shabu[1],  etcétera. Y cómo luego, a la edad de veintitrés, con un poco de retraso, entró en fase hikikomori[2]. Se enclaustró en su habitación -como algunos de los eremitas zen-, pero para leer mangas, ver la tele y conectarse a internet. Navegaba por todos los estúpidos mares digitales mientras su madre, o un criado, le pasaba bandejas de chucherías niponas las únicas cuatro o cinco veces en el día que se dejaba ver fugazmente in ictu oculi, en un abrir y cerrar de soji[3]. Ni siquiera se masturbaba, me dijo. Sus padres la sacaron a la fuerza de su estúpido enclaustramiento y la llevaron casualmente de nuevo a España, esta vez a Andalucía. Allí probaron a montar una pequeña cadena de restaurantes japoneses y, de paso, disfrutar de la vida. Yumiko colaboró con ellos al principio pero luego se distanció. La razón fue su amor por un sensei reiki[4], un anciano de unos setenta años que supo “imponerle” las manos magistralmente. Convivió con él y sus promiscuos secuaces en una especie de comuna situada entre Marbella y Ronda hasta el día en que, agonizante en el tatami,  pronunció mi nombre.

Pero ya no puedo continuar esta historia apenas iniciada. Yumiko-san me acaba de dejar con la pluma en la mano, el dedo en el teclado, el culo pegado al tatami de la casa de sus padres y se ha marchado para comprometerse con los pobres niñitos pobres de no sé qué país del “Tercer Mundo”, ha dicho enfáticamente. “Me voy con mis antepasados”, me ha reiterado hace unos minutos; pero ni siquiera me ha explicado dónde queda eso, quizás donde el homo erectus.

Se fue ayer, pero hace dos días que me expresó sin palabras sus intenciones. Ocurrió así:

Fue una mañana temprano de un domingo de junio, después de uno de los habituales terremotos que solían despertarme. Sonaba un chorro de agua en el jardín y Yumiko no estaba junto a mí. Habíamos dormido poco porque hasta muy tarde le leí algunos fragmentos de mis cuentos más recientes sobre nuestra vida en Japón que titulé Cuentos de Tokio[5]. Cuando abrí los soji, salí al jardín y me puse unas de esas infames chanclas de plástico tan usadas por los japos y que les da un aire entre maruja y ninja. Seguí el sonido del agua y antes de divisar a Yumiko vi cómo un enorme y viejo televisor, recibía la presión desmesurada de una manguera. Mi novia apenas sonrió cuando me vio con esa pinta y con la cara de pasmo que se me debió quedar. Enseguida le pregunté por qué estaba estallando un chorro de agua sobre las lámparas y circuitos de la tele. “Le estoy dando su última oportunidad”, me dijo sin mirarme mientras desviaba el chorro sobre la carcasa del televisor tirada sobre el césped-. Y a continuación, con la cortesía habitual pero con cierta desgana, me explicó que es costumbre en Japón, donde verdaderamente saben de cacharros, someter a los aparatos electrónicos estropeados, y aparentemente finiquitados, a una limpieza última; lo hacen por si fuese el polvo acumulado el causante de cierto parasitismo eléctrico que impide el buen funcionamiento de la máquina. Me senté sobre una piedra del jardín a esperar que mi chica decidiese dar por terminada “The last chance” y pudiésemos por fin preparar el desayuno. Lo hizo. Paró el caño por un instante e inmediatamente volvió a abrir el grifo dirigiendo la máxima presión del agua contra mí.

Eso fue todo, sin palabras, como solíamos. Se marchó hace cuatro días. Sus padres me dejan seguir viviendo aquí. Desde ayer que volvieron de Corea, me pasan de vez en cuando una bandeja con chuches y deliciosos tsukemono[6] de Kioto; son muy amables y bastante hippies a pesar de ser muy ricos. Regresarán esta noche a España. Dicen que puedo irme con ellos, me pagarían el viaje si yo quisiera. O, como es mi gusto, puedo quedarme aquí todo el tiempo que considere conveniente. Me dejarán algo de dinero en la caja fuerte y, aunque por ahora no necesitan criados -eso me ha dicho okâsan[7]esta tarde-, seguramente enviarán a alguien para cuidar de todo, de mí también. Yo, por mi parte, no renuncio a nada; continuaré esta historia algún día si las musas me acompañan y consigo hacer regresar a Yumiko del Pleistoceno. Entretanto, seré un escritor empeñado en serlo, aquí, sobre el tatami que guarda su olor radical. Por otra parte, he decidido apropiarme para la literatura de un formato científico que me enseñaron en la universidad, muy útil para resumir ponencias destinadas a congresos médicos. Con esa audaz traslación de las ciencias a las letras, brevedad y precisión, contaré mis vivencias y las de algunos excompañeros, aún en la profesión, con los que me sigo relacionando por internet. Adoptando las estrictas normas científicas, comprimiré todas mis ideas en solo 700 caracteres (sin contar los espacios). Lo haré de un modo funcional, operativo, eléctrico, también radical, limpio -sin el polvo de la verborrea parásita que todo lo desluce. Y cuando haya practicado mucho, convenceré a Yumiko para que vuelva junto a mí. ¿Cómo? Le enviaré mis magnéticos micro-relatos a través de un agujero de gusano[8]. ¿Adónde?

Despierto. (Se han marchado y no me han dejado la combinación).


[1] N. de E. Diferentes artes tradicionales japonesas y especialidades gastronómicas.

[2] N. de E. En Japón, se denomina con este sustantivo a aquellos que entran en un aislamiento casi absoluto debido a una cierta fobia social.

[3] N. de E. Puertas correderas tradicionales.

[4] N. de E. Literalmente, maestro de reiki. El reiki es una práctica sanadora pseudocientífica basada en la canalización de energías a través de la imposición de manos.

[5] N. de E. Se refiere a la película de Yasujirō Ozu, Tokyo Monogatari, 1953, traducida como Cuentos de Tokio.

[6] N. de E. Encurtidos de diversos alimentos.

[7] N. de E. “Mamá” en japonés.

[8] N. de E. “Agujero de gusano” es una expresión metafórica usada en Relatividad General. Expresa la posibilidad teórica de un “atajo” a través del espacio-tiempo. El nombre alude al trayecto más corto recorrido por un gusano si tuviese que ir de un lado a otro de una manzana: la línea recta.

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